9- Para pasar el frío
Pov María
Me temblaban las manos. No por nervios, sino por el frío. Apenas cruzamos la puerta, me saqué los zapatos y me metí en la cama sin siquiera cambiarme. Ella se rió bajito y me dijo que parecía un perrito mojado. No respondí. Solo me tapé hasta el cuello y cerré los ojos, como si eso bastara para detener la noche. El vino que tomamos en la cena empezaba a hacer su efecto: me sentía más liviana, más blanda.
La escuché ir a la cocina. Unos segundos después, sentí la cama hundirse a mi lado. Su aliento cálido me rozó el cuello.
—¿Estás muy heladita? —susurró.
Asentí. Pero entonces deslizó una mano por debajo de las mantas, directamente hasta mi vientre, y su palma ardía.
—Ya... Te voy a calentar yo —dijo.
Y no fue una metáfora.
Su mano bajó un poco más, hasta colarse por el elástico de mi calzón.
—No digas nada. Solo abre las piernas —me pidió, o más bien me ordenó, pegando su cuerpo al mío.
Gemí bajito. No por lo que hacía, sino por cómo lo decía. Era tan tierna cuando quería, pero cuando se ponía así, autoritaria y caliente, me confundía.
—Estás mojadita —murmuró, mientras sus dedos comenzaban a moverme el alma.
Me besó el cuello con desesperación. Su lengua bajó por mi clavícula y me arrancó la polera sin preguntar. Sus manos me apretaban los pechos con una ansiedad casi actoral. Todo era tan exagerado, tan intenso, tan… performático.
—Quiero escucharte gemir, María. No te hagas la calladita esta vez.
Lo dijo tan fuerte, tan cerca del oído, que me hizo temblar. Pero no supe si de placer o de culpa.
Me mordí los labios para no gemir. No quería. No debía. Pero ella gemía por las dos. Como si estuviéramos grabando una porno amateur.
—¡Ah… María, ahh…! —gritaba, mientras me lamía los pezones como una actriz sin miedo al ridículo.
Yo solo pensaba en él. En lo que había hecho. En cómo su boca había estado donde ahora estaba la de ella.
Pero cuando su lengua bajó por mi vientre, y sus dedos entraron sin pedir permiso, algo se quebró.
Ya fue, pensé.
Abrí las piernas del todo. Le tomé la cabeza con las dos manos. Y empujé.
Si iba a ser una mierda, al menos que gima como una santa. Al menos que mi culpa sirviera de algo.
Gemí. Fuerte. Fingido. Me esforcé. Por ella. Por mí. Por todo lo que estaba destruyendo.
Y aún así, no logré sentirme limpia.
Mis caderas se movían al ritmo de su lengua, pero su voz me sacaba del trance.
—¡Ahhh! ¡Sííí! ¡Esooo, María, máás! —gritaba como si estuviéramos frente a una audiencia invisible.
Yo no sabía si lo decía en serio o si me estaba perdonando con cada gemido sobreactuado. Pero me dejé llevar. Le sujeté el rostro con fuerza. Hundí mis dedos en su pelo y me retorcí bajo su lengua, exagerando también mis movimientos.
Ella jadeaba sin pausa, como si estuviera poseída. Hasta gritó mi nombre de nuevo, dos veces seguidas.
Me esforcé por corresponderle. Le acaricié la espalda, la bajé hasta su cintura, tiré de su ropa interior. La quise hacer gemir de verdad pero no supe si lo logré.
Porque su alboroto no tenía pausa. Y entre cada gemido, yo pensaba:
¿Gemía por placer o porque sabía lo que hice?
Le quité las bragas de un tirón y la atraje hacia mi cara, como si fuera yo la dominante. Como si tuviera el control. Pero la verdad es que estaba desesperada por redimirme.
Hundí la lengua entre sus labios. Estaba caliente, hinchada, húmeda… y empapada. Me aferré a sus muslos y lamí con furia. La succioné con hambre, presioné mi boca contra ella hasta que me costaba respirar. Quería que se corriera. Quería hacerla gritar algo que no fuera una actuación.
Pero solo me lanzó otro gemido estrepitoso.
—¡Dios mío! ¡Qué rica la tienes! ¡Me vuelves loca!
Mi culpa se mezcló con una excitación venenosa. La metí más profundo. La saboreé toda. Quise ahogarme en ella.
Ella empezó a menearse sobre mi cara, frotándose con fuerza. Gritaba como si estuviéramos grabando una porno amateur. Y yo... yo solo pensaba que debía compensarla. Hacerla gozar hasta que olvidara lo que hice.
Tragarla toda. Hacerla temblar.
Fingir que era amor.
—¡Sí, sí, sí…! ¡Así…! —gritaba como una actriz barata, con los muslos apretando mi cara como si quisiera fundirse conmigo.
Yo no respondía. Solo abría más la boca y metía la lengua tan adentro como podía. Ella se restregaba contra mí, resbalando entera por mi cara, mojándome con esa mezcla dulce y salada que me ardía en la garganta. Me tragué cada gota, cada rugido, cada exageración.
—¡Fóllame con la lengua, María! ¡Hazlo como si quisieras romperme!
Me agarró del pelo, me marcó el ritmo. Y obedecí. Hundí la lengua con rabia. Dibujé círculos, subí, bajé, golpeé con la punta en su clítoris una y otra vez hasta que su espalda se arqueó entera.
Ella chillaba como si estuviera en una película. Me llamó puta. Me llamó perra. Me dijo que era suya.
Y yo, atrapada entre el asco y el placer, me esforzaba más. Con los dedos le abrí los labios, la lengua la follaba con fuerza. Hundí la cara, ronroneé, gemí entre jadeos.
Me masturbé al mismo tiempo, desesperada por irme con ella.
Y justo entonces, me pidió algo que me dejó helada.
—¡Sí, sí, sí…! ¡Así…! —gritaba como una actriz barata, con los muslos apretando mi cara como si quisiera fundirse conmigo.
Yo no respondía. Solo abría más la boca y metía la lengua tan adentro como podía. Ella se restregaba contra mí, resbalando entera por mi cara, mojándome con esa mezcla dulce y salada que me ardía en la garganta. Me tragué cada gota, cada rugido, cada exageración.
—¡Fóllame con la lengua, María! ¡Hazlo como si quisieras romperme!
Me agarró del pelo, me marcó el ritmo. Y obedecí. Hundí la lengua con rabia. Dibujé círculos, subí, bajé, golpeé con la punta en su clítoris una y otra vez hasta que su espalda se arqueó entera.
Ella chillaba como si estuviera en una película. Me llamó puta. Me llamó perra. Me dijo que era suya.
Y yo, atrapada entre el asco y el placer, me esforzaba más. Con los dedos le abrí los labios, la lengua la follaba con fuerza. Hundí la cara, ronroneé, gemí entre jadeos.
Me masturbé al mismo tiempo, desesperada por irme con ella.
Y justo entonces, me pidió algo que me dejó helada.
