
Un regalo de navidad, La novia de mi hija
Sinopsis
Un padre separado recibe en su casa a su hija y a la joven novia de esta, quienes regresan tras varios meses errantes por el extranjero. Lo que parecía un gesto de afecto familiar se transforma en un juego cada vez más turbio de miradas, silencios y tensiones inconfesables. La muchacha, frágil pero descarada, comienza a invadir sus pensamientos… hasta que el límite entre lo correcto y lo prohibido se desdibuja por completo. Cuando la hija se marcha por unos días y deja a su pareja al cuidado de su padre, la casa se convierte en un campo minado de deseo, soledad y provocaciones cada vez más peligrosas. ¿Hasta dónde se puede resistir una tentación que llega justo cuando todo parecía haber terminado?
1- El regalo que no pedí
Nunca pensé que aquella Navidad me iba a regalar algo así. Algo que no podía aceptar. Algo que ni siquiera podía mirar, sin imaginarme cosas que no debía.
Todo empezó con un mensaje de mi hija. Estaba en Europa. Viajaba sin rumbo, con la cabeza llena de ideas románticas y sin un peso en el bolsillo. Me pidió que la recibiera en casa. A ella y a su novia.
—No tenemos dónde ir. La mamá de ella está peor que antes. Y su padrastro no quiere ni verla. Dice que se va a ir al infierno, que es una enferma, que le da asco.
—¿Y su familia no…?
—No tiene a nadie más, papá. Solo a mí. Y yo tampoco estoy bien. Nos hemos pasado los últimos meses buscando trabajos de mierda que no duran nada. Algunos días ni comemos. Dormimos en hostales, nos prestan sillones. Europa suena lindo, pero vivirla así no tiene nada de romántico.
—¿Qué necesitás?
—Que nos recibas. A las dos. Por favor. Solo hasta juntar un poco de plata. Yo me encargo de todo, pero pensé que quizás podrías darle un trabajo en tu taquería. Aunque sea de mesera. Es buena con la gente. No es floja, te lo juro.
—¿Y tú?
—Yo me las arreglo. Pero ella no puede estar sola, papá. No ahora.
Acepté sin pensarlo mucho. Siempre tuve debilidad por mi hija, aunque ya no fuéramos tan cercanos. A veces no entendía su forma de vivir ni de amar, pero seguía siendo mi hija. Y si me pedía que la ayudara, si quería pasar la Navidad conmigo, no podía negarme.
Fui a buscarlas al aeropuerto esa misma semana. Pero en cuanto las vi aparecer entre la gente, me distraje.
No por ella.
—¿Papá? —dijo mi hija, notando que no respondía.
Parpadeé, volví a la escena.
—Hola... —alcancé a decir, sin despegar los ojos de su acompañante.
Ella sonrió, apenas. Mi hija frunció el ceño. No supe si era celos, intuición o solo mi culpa jugándome en contra.
La vi bajar del avión y se me revolvió todo. No tan solo unas enormes ganas de poseerla, sino que ambién algo más adentro. Era hermosa, sí, pero también rota. Y por eso mismo me excitó el doble.
Tenía el cabello suelto, castaño claro, liso y brillando bajo las luces frías del terminal. Vestía ajustado, sin buscar llamar la atención, pero cada curva suya parecía perfectamente colocada. Usaba un top negro que dejaba ver una franja de piel tersa entre el ombligo y la pretina de unos leggings que le moldeaban el cuerpo como si alguien la hubiera esculpido. Pero lo que me mató no fue eso.
Fueron sus ojos.
Había algo en esa mirada que me dejó descolocado. Era como si me conociera de antes. Como si supiera algo que ni siquiera yo sabía.
—Papá, ella es María —dijo mi hija mientras dejaba su mochila en el suelo.
—Hola, mucho gusto —dijo ella, acercándose con una sonrisa discreta.
Me tendió la mano con timidez, como si no supiera si era correcto hacerlo.
—El gusto es mío —respondí.
Su voz me descolocó. Tenía una forma pausada de hablar, suave, como si cada palabra le saliera desde un lugar frágil. No era una voz llamativa, pero había algo en ella que me golpeó directo en el pecho. Era como una melodía tranquila que uno no sabe que necesita hasta que la escucha.
—Gracias por recibirnos —dijo, sin soltarme la mirada.
—De verdad, gracias, papá —agregó mi hija, menos fría de lo habitual.
Durante el camino María no habló, pero me miró todo el tiempo. Mi hija sí. Yo asentía, fingía escuchar, pero estaba tenso. No por la conversación. Por María. Por algo que no tenía derecho a sentir.
—Está muy bonita tu casa, papá —dijo mi hija, dejando su bolso junto a la pared—. Se nota que has estado ordenando.
—¿Sí? —respondí, todavía con la mirada medio perdida en María, que observaba en silencio cada rincón del lugar, como si no quisiera romper nada con su presencia.
—¿Te pasa algo? —preguntó mi hija, frunciendo el ceño.
—No… nada —mentí, apartando la vista como si recién recordara que estaba ahí.
Mi hija subió y encendí el árbol solo para distraerme pero era inútil. Desde que vi a María algo se activó en mí. No era solo deseo, era necesidad. Su tristeza me envolvía. Su calma y su forma de estar me atrapaban. Y aunque no pasaba nada, ya no quería soltarla nunca más.
Cenamos los tres en la mesa del comedor, bajo las luces tenues y con el árbol encendido de fondo. Había cocinado algo simple, pero María sonrió como si le hubiese servido un banquete.
—Estaba exquisito, tío —dijo, con la voz baja y suave—. Muchas gracias.
Me llamó “tío”, pero me miró como si no lo sintiera así. Esa sonrisa suya tenía algo de tristeza, y por alguna razón, eso me provocó más que cualquier escote. No podía mirarla mucho rato sin sentir cómo algo se apretaba adentro mío.
—¿Quién quedó a cargo del local? —preguntó mi hija, interrumpiendo el silencio con su tono habitual.
—Les pedí a Sergio y Marcelo que cerraran por mí —dije—. Igual voy a pasar más tarde, por si quedó algo pendiente. ¿Quieren acompañarme?
—Olvídalo, viejo —soltó mi hija, sin mirarme—. Yo necesito un baño largo y algo de silencio.
—A mí sí me gustaría ir —dijo María, dejando el tenedor sobre el plato—. Si usted me acepta, claro. No me gusta quedarme sin hacer nada. Y necesito trabajar.
—Aprovecha, viejo —añadió mi hija, con una media sonrisa venenosa—. Mi novia está dispuesta a todo. Incluso los trabajos más desagradables.
Me la quedé mirando sin decir nada. No valía la pena discutir tan pronto. María bajó la vista, incómoda. Se notaba que no le gustaba ese tipo de comentarios. A mí tampoco.
—¿Y estás seguro de que podís confiar en esos dos? —insistió mi hija—. Al final, son desconocidos.
—Sergio y Marcelo no son desconocidos para mí —respondí, tranquilo—. Ellos me ven como a un padre. Y yo los veo como a un par de perros fieles. Harían cualquier cosa por cuidarme el local.
María levantó la mirada y me regaló una expresión que no voy a olvidar. No fue una sonrisa. Fue algo más delicado. Como gratitud, pero también complicidad. Como si entendiera que yo también estaba atrapado entre cosas que no sabía cómo resolver.
—Váyanse ustedes si quieren —dijo mi hija mientras se levantaba de la mesa—. Yo me voy a dar ese baño.
Y así, sin más, nos dejó solos.
María se acercó para tomar su abrigo del respaldo de la silla. Al inclinarse, su cabello me rozó la mano sin querer. O quizás sí. No lo sé. Solo sé que mi cuerpo respondió antes que yo.
—Si quiere, voy a ayudarlo con lo que necesite —susurró.
Y entendí que esa noche no iba a terminar donde yo creía.
