Librería
Español
Capítulos
Ajuste

8- Una cena para tres

Nos sentamos en una mesa al lado de la ventana. Solo podía odiarme a mí. Era una mesa con mantel blanco y copas de vidrio grueso. No era un restaurante fino, pero tenía esas pretensiones: camareros que hablaban como si estuvieran actuando una obra de teatro, luces cálidas demasiado estudiadas y una carta con precios en pesos, pero redactada como si estuviéramos en euros.

Yo fingía estar cómodo. Disimulaba bien, creo. Me acomodé los lentes, pedí un agua con gas y un sour. Evitaba mirar a María. Y evitaba también mirar a mi hija. Me distraje observando una pareja que se abrazaba en una mesa del fondo. Parecían novios de universidad. Ella tenía una boina roja, como de postal parisina. Él le hablaba al oído como si le leyera un poema. Sentí envidia de esa tranquilidad: ese mundo sin culpa, sin secretos, sin pasado.

—Papá —me dijo mi hija, de pronto—. Quiero decir algo.

No supe si prepararme para un chiste irónico, una frase mordaz o un nuevo ataque. Respiré hondo. Ella miraba su copa vacía, sin jugar con el celular por primera vez en toda la noche.

—Estuve pensando... —dijo, alzando la vista—. Y quiero pedirte perdón. A ti también, María.

La miré. No entendí nada. María también la miró, y frunció los labios como si no supiera si sonreír o no.

—Me pasé. Fui cruel. No tenía derecho. Es que… fue raro para mí. Toda esta situación. Pero ahora lo veo distinto.

Quise abrazarla, pero me limité a tomar mi copa. Era un momento de esos que no se deben interrumpir.

—Yo también me he mandado mis cagadas —agregó—. Pensé que yéndome con Helen a su casa lo iba a solucionar todo, pero me estaba escapando. Me sentí sola y lo pagaron ustedes.

María la tomó de la mano, sin decir nada. Y ella se la dejó tomar. Ese pequeño gesto me conmovió más de lo que debí permitir. Pero no fue emoción lo que sentí. Fue… ¿celos? ¿Cómo se nombra algo así?

—Gracias por quedarte conmigo —le dijo mi hija a María—. Y por no irte, aunque yo te haya tratado pésimo.

María asintió con los ojos brillosos. Yo seguía ahí, en la misma mesa, con la misma sangre, con el mismo apellido… y sin embargo me sentía afuera. Como un intruso. Como si ellas dos hubieran formado un vínculo del que yo solo era un testigo amable, pero innecesario.

—Quiero que esta cena sea bonita —dijo mi hija—. Es mi forma de agradecerles. Aunque me haya portado como el pico, quiero que esta noche tengamos paz.

Y lo dijo con una sonrisa verdadera. Tan verdadera que dolía.

—¿Qué vamos a pedir? —preguntó mi hija, hojeando la carta con energía desbordante, como si fuera la primera vez que veía un menú en su vida.

—Lo que tú quieras —dije sin pensarlo, como un acto reflejo.

—¿De verdad? ¿Sin límites?

—Dentro de lo razonable —intenté matizar, pero ella ya había posado los ojos en la sección de mariscos.

—Este se ve increíble —dijo, mostrándole a María una fotografía de una paella para dos—. ¿Compartimos?

—¿Segura? —respondió María, con una sonrisa prudente—. ¿No quieres algo solo para ti?

—No. Quiero que lo compartamos. Tiene camarones, calamares, almejas... Lo merecemos, ¿no?

María la miró con dulzura. Asintió. Yo observaba la escena en silencio, sintiéndome cada vez más desplazado.

—¿Y tú, papá? ¿Qué vas a pedir?

—No sé —dije, hojeando sin ver—. Tal vez una ensalada.

—¿Una ensalada? No, no. Esta noche hay que celebrar. Vamos a brindar, vamos a comer rico, vamos a pasarla bien.

Me obligué a sonreír.

—Bueno… entonces algo más contundente.

—Ese filete con puré trufado está increíble —comentó, señalándolo—. Pídelo. En serio.

No recordaba la última vez que la había visto así. Ilusionada. Ligera. Sin rabia ni sarcasmo.

—¿Y para beber? —preguntó el mesero, apareciendo con una libreta en mano.

—Una botella de vino blanco —dijo ella—. ¿Está bien para ustedes?

María me miró. Yo asentí. Ni siquiera me gusta el vino blanco.

—Perfecto —dijo el mesero—. ¿Ya tienen claro el plato de fondo?

Mi hija se hizo cargo de todo. Pidió la paella para compartir con María, el filete para mí, un carpaccio como entrada y postres anticipados “por si después nos da flojera decidir”. No había dejado un solo rincón de la carta sin revisar.

—Papá… —me dijo mientras el mesero se alejaba—. Gracias por esto. En serio. Es una de las pocas veces en que me siento bien. No sé. Liviana. ¿Se nota?

—Sí —respondí—. Te ves feliz.

—Lo estoy.

Silencio. María la miraba como si intentara no llorar. Yo me sentía como una estatua de sal, sonriendo en una escena donde ya no me pertenecía ningún gesto.

—Y tú también te ves linda —agregó mi hija, girándose hacia ella—. Bueno, en verdad siempre te ves linda, pero hoy… no sé. Me da rabia haber sido tan tonta. Pensar que quería pasar la Navidad lejos de ti.

María no supo qué decir. Se quedó quieta, los ojos húmedos. La tomó de la mano.

—Yo también cometí errores —murmuró María—. Lo importante es que estamos aquí.

Me removí en la silla. Sentí que no debía estar escuchando eso. Que había cruzado a un lugar que no me correspondía.

—Solo quería que lo supieras —dijo mi hija—. Que me importas. Y que… si no quieres, no hace falta que me devuelvas el cariño ahora. Sé que la cagué. Pero solo quería intentarlo.

—Gracias por decírmelo —respondió María—. No sabes cuánto significa para mí.

Y lo dijo mirándola. Solo a ella.

El mesero dejó la cuenta sobre la mesa. Mi hija la tomó antes que yo.

—Tranquilo —dijo—. Déjame verla.

Sonrió apenas.

—Fue carísima… pero valió la pena.

No dije nada. Saqué la tarjeta y pagué sin mirar el monto. Podía hacerlo, sí. Pero igual dolía.

—Gracias por la cena, papá —dijo después—. De verdad.

Se levantó y tomó su abrigo. Miró a María con ternura.

—¿Nos vamos? Quiero estar tranquila. Con mi novia. Es Nochebuena.

—¿Seguras? —pregunté, tratando de sonreír.

—Sí. Quiero llegar, darnos una ducha, ponernos cómodas... regalonearnos. Estar solas.

No me miró cuando lo dijo.

Yo solo asentí.

Salimos los tres. Afuera hacía frío. Caminaban tomadas de la mano, algo más adelante. Yo iba detrás, como un agregado.

Las escuché reírse bajito. María se giró a verme con una expresión extraña. No era burla. Tampoco pena. Era algo peor. Era lástima.

Y entonces lo pensé.

Tal vez lo sabían. Tal vez lo supieron siempre.

Tal vez todo fue una forma de usarme, de jugar conmigo.

Y lo peor es que no podía odiarlas.

Solo podía odiarme a mí.

Descarga la aplicación ahora para recibir recompensas
Escanea el código QR para descargar la aplicación Hinovel.