Librería
Español
Capítulos
Ajuste

10- El silencio del otro lado de la pared

Me levanté de golpe, con la cara bañada en sus jugos y el corazón latiéndome en los oídos. Ella iba a decir algo, pero le tapé la boca con la mano.

—Cállate. Ya gritaste demasiado. Ahora te voy a enseñar cómo se goza de verdad.

La empujé con fuerza hacia la cama y se dejó caer con una sonrisa altanera, como si estuviera actuando todavía. Pero no dije nada. Me subí sobre ella, le abrí las piernas con brutalidad y me arrodillé entre sus muslos. Le escupí directo en el coño, y antes de que pudiera fingir una reacción exagerada, ya tenía mis dedos dentro.

—Así se folla, ¿Te queda claro?

Gemía, sí, pero distinto. Ahora no actuaba. Mis dedos entraban y salían, rápidos, precisos, mientras mi otra mano le pellizcaba el pezón con saña. Ella me miraba entrecerrando los ojos, por fin sin sobreactuar.

—Te encanta que te metan los dedos así… —le susurré, pegada a su oído—. Estás chorreando, puta linda.

Metí tres, cuatro dedos, doblándolos hacia arriba, encontrando ese punto que la hacía temblar.

Ella agarró la sábana. Ya no hablaba. Solo respiraba entrecortado. Por fin era ella.

Y justo cuando se empezó a quebrar, le metí la lengua de nuevo.

Ella empezó a mover las caderas contra mis dedos, como si el coño se le hubiese vuelto una bestia hambrienta.

—No pares... no pares... no pares... —repetía entre jadeos, la voz cada vez más rota.

Le metí los cuatro dedos de nuevo y esta vez no los moví, los dejé ahí adentro, presionando con firmeza hacia el fondo mientras con la lengua le lamía el clítoris en círculos rápidos, despiadados. Mi cara entera se empapaba en sus jugos, pero no me detuve. Quería verla romperse. Necesitaba eso.

La escuché gemir como nunca antes. No era exageración ahora. Era un aullido, un grito seco que nacía desde lo más profundo de su vientre. Las piernas le temblaban, los dedos de los pies se le curvaban. Se le escapó un chillido y luego otro, y otro más, como si el cuerpo entero le hablara a gritos.

Y entonces se corrió.

Violenta. Rota. Desbordada.

Se arqueó tanto que su espalda casi se despegó por completo de la cama. Me mojó los dedos, la boca, el mentón. Se tapó la cara con ambas manos, pero no por pudor. Era por miedo. Miedo a haber gozado tanto. A haber dejado de actuar.

Yo me quedé ahí, mirándola.

Yo no me corrí.

Y no pensaba hacerlo.

Se quedó tirada a mi lado, con el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr una maratón. Tenía las mejillas rojas, el cuerpo tembloroso, el sexo aún palpitante entre las piernas. La observé en silencio, con la lengua todavía adormecida y el rostro húmedo.

—No sé qué me pasó… —murmuró ella, con la voz rota—. Me corrí como perra. Como nunca.

Yo no dije nada.

—¿Me escuchaste? Grité demasiado… Seguro los vecinos también lo hicieron —se rió para sí misma, como si no le importara—. Sentía que si no me venía me iba a morir. Y cuando empezaste a chuparme así… como si tu boca fuera mía… Dios… Fue como si me explotara algo adentro.

Giró el rostro hacia mí, aún agitada.

—Tenía rabia. Tristeza. Todo junto. Pero tu lengua fue como una bomba. Me lo hiciste delicioso.

No dije nada. Me limité a seguir, a cumplir. Cerré los ojos y dejé que mi cuerpo actuara por inercia, intentando disociar de todo lo que ocurría. Ella gemía con entusiasmo, como si el mundo no existiera más allá de su deseo. Ni siquiera se molestó en mirarme a los ojos. Y, por un instante, pensé en él.

El suegro estaba en la misma casa. Seguro había oído todo. Los gritos, los gemidos, la repetición casi mecánica de una escena que ya no tenía ternura. Me ardían las mejillas de vergüenza. No podía dejar de pensar en él. Me importaba, me dolía imaginarlo escuchando eso. Después de lo que pasó, de lo que yo misma provoqué, de cómo lo busqué, de cómo me insinué… no podía evitar sentirme culpable. Estaba así por mi culpa. Y no era justo.

Ella acabó antes de que pudiera abrir la boca. Se acomodó a mi lado, exhalando satisfecha, como si lo nuestro fuese perfecto. Me abrazó con una ternura que ya no sentía real y, al poco rato, se quedó profundamente dormida. Yo me quedé ahí, despierta, mirando el techo, con la garganta hecha un nudo y el alma revuelta.

Yo seguía sin responder.

—Me dejaste en pedazos —dijo en voz baja—. ¿Por qué no te corriste tú?

No dije nada. Me limité a mirarla. Tenía los ojos más dulces que nunca.

—Perdón —susurró, acariciándome el cabello—. Sé que he sido una perra contigo estos días. Me encerré. Te hablé mal. Te ignoré. No lo merecías.

Sus dedos recorrieron mi mejilla, con una ternura que me desarmó.

—Pero he estado pensando mucho… —continuó—. En todo. En nosotros. En lo que pasa allá afuera. Y… creo que tengo un plan.

Mi pecho se tensó.

—No quiero hablarlo ahora —añadió—. Solo… necesito saber si vas a estar conmigo. Si puedo contar contigo. Porque sin ti, no funciona.

Se acercó más y me besó la frente. Luego apoyó su cabeza en mi pecho, como si quisiera acurrucarse en mí.

—Prometo explicártelo todo. Pero por favor, María… necesito que no me sueltes. Pase lo que pase.

Yo seguía en silencio. No podía moverme. Pero mi corazón ya había respondido por mí.

Pensé que habíamos terminado.

Pero no. Ella aún tenía hambre. Me lo pidió sin palabras, con la urgencia en sus dedos, con esa mirada cargada de deseo que no admite negativas. Yo no quería, pero tampoco dije que no. La dejé llevar mi mano, guiarme entre sus piernas húmedas otra vez.

Los gemidos reaparecieron, cada vez más altos. Sus caderas se movían con fuerza, desesperadas por repetir el éxtasis. Ni siquiera intentó saber si yo seguía allí. Si mi cuerpo estaba respondiendo. Si algo en mí lo estaba disfrutando.

No lo hacía. Pero me movía igual.

Mientras la masturbaba, pensé en hablarle. Pensé en decirle la verdad. Pensé en contarle todo: lo que había pasado, lo que había hecho con su padre, lo que había sentido. Pero justo cuando iba a abrir la boca, su respiración cambió.

Se tensó. Gritó. Y acabó otra vez.

Sin darme las gracias, sin tocarme, se giró y se quedó dormida.

Yo permanecí despierta, mirando el techo. Mi mano aún olía a ella. Y mi corazón al infierno.

Descarga la aplicación ahora para recibir recompensas
Escanea el código QR para descargar la aplicación Hinovel.