Librería
Español
Capítulos
Ajuste

7- Nochebuena con sospechas

Sentí que se me cerraba la garganta. Cada músculo de mi cuerpo se tensó. Tenía los labios entreabiertos, pero no salía nada. Solo el eco del silencio.

Del otro lado de la puerta, el picaporte seguía sin moverse. Pero todo lo demás parecía tambalearse.

Mi hija dio un paso más hacia adelante.

—Papá…

Y justo entonces, como si el universo también contuviera la respiración, sonó el teléfono fijo en la sala.

Un timbrazo fuerte. Agudo. Otro. Otro más.

—Un segundo —dije, al fin, aprovechando el mínimo temblor en su ceño para salir disparado—. Debe ser tu madre.

Ella dudó un instante. Luego giró sobre sus talones y fue hacia el sonido, cruzando el pasillo.

Corrí. Literalmente.

Toqué la puerta del baño con dos dedos secos.

—Ahora —susurré.

María abrió apenas. Me miró con los ojos muy abiertos, el cabello aún húmedo, y salió en puntillas, rápida, como un animal que huye del fuego. Con mi camisa aún mal abotonada, cruzó directo hacia su habitación. Se esfumó sin hacer ruido.

Volví al pasillo.

Respiré.

Casi me desplomo ahí mismo.

—¡Papá! —me gritó mi hija desde la sala—. ¡No era mamá! ¡Era para mí!

—¡Ok! —respondí, con la voz más normal que me salió.

Y solo entonces, apoyado contra el marco de la puerta, entendí que habíamos sobrevivido.

Pero por cuánto tiempo más, no tenía idea.

Me metí a la ducha sin hacer ruido, cerrando la puerta con cuidado. El vapor empezó a envolverlo todo en segundos, como si quisiera borrar lo que había pasado, o lo que casi pasa.

Apoyé la frente contra la cerámica fría. Respiré hondo. No era culpa lo que sentía. Era tristeza.

No por lo que había hecho con María.

Sino por lo que significaba.

Todo lo había iniciado ella. Cada gesto, cada cruce de miradas, cada roce. Incluso cuando me besó por primera vez, había sido con una seguridad que desarmaba.

Y yo… yo la había seguido. Como un tipo que se había pasado años fingiendo que ya no sentía nada, y de pronto lo tocaban y despertaba. Fue eso. Como despertar en el cuerpo de un hombre más joven, aunque ese cuerpo ya no fuera mío.

Me dolía eso. No la moral. La edad.

La puta distancia de los años.

Esa diferencia insalvable que te recuerda que, aunque el deseo esté vivo, hay puertas que no se cruzan sin perderse algo por el camino.

Me enjaboné sin apuro, tratando de limpiar más que el cuerpo.

Y recordé todo. La primera vez, apenas un par de horas atrás. La forma en que me buscó, sin rodeos. La manera en que se mordía el labio cuando estaba ya segura de que yo quería poseerla. Cómo se acomodaba el cabello cuando sabía que se me ponía dura de solo mirarla.

Recordé su risa, el calor de sus muslos sobre los míos, el sudor compartido.

Pero también recordé que, después, cuando me quedaba solo, la tristeza siempre volvía.

Quizá por eso aquella noche me dolía tanto.

Me estaba ajustando el cinturón cuando escuché los golpes en la puerta.

—¿Papá? ¿Te falta mucho? Ya está todo listo.

—Un minuto —respondí, alzando la voz.

Me miré una vez más al espejo. Había algo ridículo en lo que estaba haciendo. Arreglándome así, con tanto esmero… No era una cena de gala. Era solo Nochebuena. Y sin embargo, sentía la necesidad de recomponerme. De parecer entero. Aunque por dentro estuviera hecho mierda.

Abrí la puerta.

Mi hija me miró de arriba abajo, sonrió de lado… y se cruzó de brazos.

—Wow… ¿Y ese look?

—¿Qué tiene?

—Nada… —ladeó la cabeza, como examinándome—. Solo que… no te veía tan arreglado desde… no sé… ¿Un funeral?

—Es Navidad —dije, fingiendo una sonrisa.

—Mmm… Ya —hizo una pausa—. ¿Te estás viendo con alguien?

—¿Qué?

—Nada, nada. Me gusta tu camisa. Te marca los hombros. Te queda bien ese corte también. Como si hubieses rejuvenecido veinte años.

Me giré para apagar la luz del dormitorio, sin responder. Sentía la espalda tensa.

—Por cierto —añadió con ligereza—, ya llamé un auto. Nos va a pasar a buscar en cinco minutos. Hice una reserva en un restaurante cerca de la plaza. Tenía buena puntuación y estaba abierto hasta tarde.

—¿Tú hiciste la reserva?

—Claro. ¿Qué esperabas? ¿Una cena en silencio, con cara larga, los tres sentados mirando el pan de Pascua?

La seguí hacia el living. María ya estaba allí, sentada en el sillón con el celular entre las manos. Cuando me vio, alzó la vista.

Sus ojos se abrieron apenas. No dijo nada. Pero esa pausa, ese segundo exacto, lo dijo todo.

Yo también la vi. Tenía un vestido negro, sencillo, con tirantes delgados. Había alisado su cabello y se había maquillado un poco. Estaba hermosa.

Y por un instante, se me detuvo la respiración.

—Oye, parece que no solo tú rejuveneciste —dijo mi hija, mirándome a mí, pero luego guiñándole un ojo a María—. Parece que hoy todos se pusieron guapos, ¿Ah?

El teléfono sonó. El auto estaba afuera.

Durante el trayecto, mi hija no dejó de hablar. O mejor dicho: no dejó de insinuar.

—Entonces… ¿Cuándo piensas presentarla?

—¿A quién?

—A esa mujer misteriosa que te tiene tan cambiado. Porque hay alguien, ¿Cierto?

—No sé de qué estás hablando.

—Claro que sí sabes. Tienes ese brillo en los ojos. Ese… no sé… ese aire de hombre que ha vuelto al ruedo.

—Te estás imaginando cosas.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué te arreglaste tanto? ¿Quién te inspiró?

—Por favor…

—¿No me vas a decir que fue por mí?

María, en silencio, miraba por la ventana. Pero podía sentir su incomodidad. La misma que yo.

El aire dentro del auto se volvía cada vez más denso.

—Papá… —añadió mi hija, con una sonrisa inocente que no le creía nadie—. Solo te digo una cosa: la próxima vez, avísame antes de traer a tu novia a pasar las fiestas. Así no me toma por sorpresa.

—¿Podemos hablar de otra cosa?

—Claro. Después seguimos.

Volvió a mirar por la ventana, como si nada. Como si no hubiese dejado una bomba a medio detonar en el asiento trasero.

Yo bajé la mirada.

Y supe que, de alguna manera, sabía.

El auto se detuvo frente a un restaurante que, sinceramente, yo no habría elegido nunca. De esos lugares donde los meseros usan guantes blancos y uno se siente pobre apenas pone un pie en la alfombra. Pero a María le brillaron los ojos apenas lo vio. Y eso bastó para que me convenciera de que había hecho bien en dejar que mi hija organizara todo.

Pagué el viaje con una propina que probablemente no podía darme el lujo de ofrecer. Pero no importaba. Era Nochebuena. Y, por un momento, tuve la sensación de estar haciendo algo bien. Algo bonito. Algo que no se arrastrara con culpa.

María me tomó del brazo al bajar. No sé si por costumbre, por reflejo, o porque de verdad le nacía. Pero no me soltó. Caminamos así, los tres, como si fuésemos una familia bien avenida. Una postal.

Mi hija nos sostuvo la puerta con esa sonrisa suya. Serena, educada. Pero había algo más. Durante todo el trayecto en el auto me estuvo elogiando demasiado. Que qué bien me veía, que seguro tenía una cita después, que no me hiciera el leso. Tonito burlón, como quien juega a saber más de lo que dice. Yo no dije nada. Solo fingí que no escuchaba. Pero cada palabra suya me taladraba por dentro.

Ya sentados, abrí la carta y sentí cómo me transpiraban las manos. Los precios eran absurdos. Pero no me importó. Estábamos ahí, juntos. María se veía feliz. Yo también. Por un instante sentí que tal vez podía ser suficiente.

Hasta que mi hija habló.

—¿Sabes qué es lo más lindo, papá? —dijo, dejando la carta a un lado y mirándome con esa expresión suya que ya no sabía leer—. Que te veo feliz. De verdad. Como rejuvenecido. Casi enamorado.

Me congelé.

María giró la cabeza, muy levemente. La sonrisa que traía se le quedó a medio camino.

Y ahí me di cuenta.

Mi hija no me miraba a mí.

La estaba mirando a ella.

Descarga la aplicación ahora para recibir recompensas
Escanea el código QR para descargar la aplicación Hinovel.