6- El picaporte que no giró
—¡Papá!
La voz me paralizó. Sentí cómo se tensaba el aire.
María reaccionó antes que yo. Se incorporó de golpe, aún desordenada, con las bragas mal puestas.
—¡Está entrando! —susurró, buscando algo con qué cubrirse.
Yo apenas alcanzaba a pensar. Me puse los pantalones a toda velocidad.
—¡Papá! ¿Estás ahí?
—¡Al baño! —le dije en un hilo de voz.
María corrió, descalza. Cerró la puerta justo a tiempo.
Yo me quedé junto a la cama, respirando rápido, intentando parecer normal.
La puerta del dormitorio se abrió. Mi hija apareció, con el ceño fruncido.
—¿Qué haces?
—Nada… Me desperté. No podía dormir.
Miró la habitación. Algo en su mirada me incomodó. Bajó los ojos. Vio mi camisa en el suelo.
—¿Y María?
—Debe estar por ahí —dije, rápido.
Un segundo de silencio. Interminable.
—Creí haber oído algo —murmuró.
—Fue un golpe. Creo que choqué con la cómoda.
Asintió sin decir más. Se dio media vuelta.
—Voy a la cocina. Quiero un té.
—¿Te preparo uno?
—No. Yo puedo.
Nos miramos. No dijimos nada más. Pero yo intuía que aquello recién empezaba y estúpidamente la seguí hasta allí, tras colocarme una polera.
—¿Todo bien? —preguntó ella, cruzando por la cocina con su vaso de agua.
—Todo bien —Respondí, haciendo un enorme esfuerzo por mantener la compostura.
—Ah —respondió sin detenerse—. Estoy segura que escuché voces ¿María está bien?
—Sí… Estuvimos hablando. Se puso un poco melancólica.
—Ya.
Silencio. Yo seguía ahí, tratando de no parecer nervioso.
—¿Y vamos a hacer algo hoy? —preguntó mi hija—. Pensé que íbamos a salir a cenar o algo.
—¿Hoy?
—Sí. Es nochebuena.
—Verdad… Lo que pasa es que como te ibas de viaje, no teníamos nada planificado.
—Helen me pidió que no fuera. Está en crisis con su novio. No quería que la viera así.
—Ah… no sabía.
—Te escribí por mensaje.
—No lo vi. —Dije.
Ella se sirvió agua y me miró, casi con curiosidad.
—¿Y María se va a quedar trabajando contigo?
—No sé. No hemos hablado de eso.
—Ya. —Hizo una pausa larga. Dio un sorbo al vaso—. Bueno, si se animan, podríamos ir a alguna parte. Aunque seguro todo estará lleno.
—Sí, puede ser. Podemos ver más tarde.
—Dile a María, entonces —dijo antes de salir de la cocina—. Si se le quita la melancolía.
Y se fue al pasillo. Pero antes de entrar a su pieza, se volvió:
—Papá…
—¿Sí?
—Dile también que no deje su ropa interior tirada en la sala. Se ve muy desordenado.
Y desapareció.
Fuí a mi habitación, casi a toda velocidad. Toqué la puerta con dos dedos.
—Ya se fue —murmuré.
Pasaron unos segundos. Luego la cerradura giró con suavidad y la puerta del baño se abrió apenas, lo justo para que apareciera su rostro mojado, los ojos bien abiertos, expectantes.
—¿Está en su pieza?
Asentí. Ella abrió un poco más. Llevaba una toalla atada al cuerpo y el pelo empapado. El vapor del agua aún flotaba en el aire. Me invitó con un gesto casi imperceptible. Entré y cerré.
Nos quedamos en silencio. El baño era pequeño, tibio, silencioso como una iglesia en medio del pecado. La miré. Quise tocarle la cara, pero me contuve. Había algo solemne en ese momento. Algo que no podía mancharse con más deseo.
—Fue… demasiado cerca —dijo al fin, bajando la voz.
—Sí —respondí. Quería decirle mil cosas más, pero todo sonaba torpe en mi cabeza.
—¿Crees que sospecha?
—Creo que no sabe qué sospechar. Dijo algunas cosas. Pero nada directo.
María suspiró y se sentó en el borde de la tina, acomodando la toalla como podía. Su pierna se asomó unos centímetros, y mis ojos se traicionaron al mirarla antes de volver a su cara.
—No pensé que fuera a volver tan temprano.
—Ni yo.
Nos quedamos un rato sin hablar. A esa altura, ya no era incomodidad. Era miedo. Culpa. Ansias.
—Yo… no me arrepiento —soltó, casi sin mirarme.
Me senté frente a ella, en el suelo frío. Apenas la tocaba, pero su presencia me quemaba.
—Tampoco me arrepiento.
Ella bajó la mirada. Se tocó la clavícula con una delicadeza que dolía.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Lo que tú quieras. Podemos hacer como que nada pasó. Podemos actuar. O podemos…
—¿Podemos qué?
No respondí. No supe cómo. En vez de eso, me acerqué y le tomé la mano. Fue como cerrar un circuito. Como si todo el silencio del mundo se metiera en esa caricia.
—¿Quiere cenar con nosotros? —preguntó al fin—. Digo… ella.
—Estaba pensando en eso. No teníamos planes porque se suponía que ella se iba. Pero ahora que está aquí…
—Podemos inventar algo. Aunque sea pedir algo y fingir normalidad.
—Podemos intentarlo —dije.
Nos miramos. Esa fue la parte más difícil. Mirarla sin hacer nada más.
—Gracias por dejarme quedarme —dijo.
—Gracias por quedarte.
La puerta del pasillo sonó, seca. Como un puñetazo contra la realidad.
Ambos contuvimos el aliento.
—Creo que se acerca —susurré.
María se tensó. Se envolvió mejor con la toalla y apagó el agua que aún goteaba.
Yo abrí la puerta muy despacio.
Y salí con el corazón en la boca.
Al dar un paso hacia el pasillo, me topé con ella. Mi hija. De pie, sin moverse. Me estaba mirando. No sonreía.
—¿Todo bien? —pregunté, intentando sonar casual.
Ella no respondió de inmediato. Solo me observó, en silencio, como si intentara encontrar algo en mi rostro.
—¿Te puedo hacer una pregunta, papá?
Tragué saliva.
—Claro…
—¿Por qué está todo tan desordenado?
—¿Por qué está todo tan desordenado?
No respondí de inmediato. Sentí que cualquier palabra podía delatarme.
Ella dio un paso más hacia mí. No parecía enojada. Parecía atenta. Demasiado.
—Pensé que estabas solo —añadió, mirando por encima de mi hombro, hacia el pasillo—. Pero recién escuché el agua.
Se me apretó el estómago.
—Debe haber quedado mal cerrada la llave —dije, rápido.
Mi hija ladeó la cabeza. Sus ojos se clavaron en la puerta de mi habitación.
—¿Y el baño? —preguntó—. El de tu pieza.
El silencio se volvió espeso.
—¿Hay alguien ahí, papá?
Sentí que se me cerraba la garganta. No supe qué decir, ni qué gesto poner. El silencio dolía. El pasillo, la puerta, su mirada. Todo parecía inclinarse hacia el secreto. Y yo ahí, atrapado entre la menti y el picaporte que aún no giraba.
