5- Interrupciones
5- Navidad
Me quedé sentado en el sofá, con la espalda hundida en el respaldo, respirando lento, como si el aire todavía pesara. El árbol de Navidad seguía encendido. Las luces parpadeaban con una calma obscena, ajenas a todo.
Sus bragas colgaban de una rama baja, balanceándose apenas, como si alguien las hubiese puesto ahí a propósito. No parecían una prenda. Parecían una advertencia.
Escuché el agua correr en el baño. Primero fuerte, luego más suave. Ella estaba ahí, a pocos metros, y aun así sentí una distancia enorme. Como si algo se hubiese desplazado apenas, lo justo para que nada volviera a estar en su lugar.
Me pasé la mano por la cara. No era culpa lo que sentía. Tampoco alivio. Era otra cosa. Una mezcla incómoda de posesión y miedo.
Miré el árbol otra vez. Pensé en lo absurdo de la escena. Pensé en la fecha. Pensé en todo lo que no debía haber pasado y en lo mucho que había deseado que pasara.
El agua se detuvo y escuché el picaporte girar. No la miré de inmediato. No quise hacerlo. Había algo en ese instante que necesitaba estirarse un poco más, como si el tiempo mismo estuviera conteniendo la respiración conmigo.
Cuando dio el primer paso fuera del baño, su presencia llenó la casa sin necesidad de decir nada.
Salió con el cuerpo aún tibio y las mejillas apenas enrojecidas por el vapor. El encaje húmedo de su ropa interior se pegaba a su piel como si también él quisiera quedarse ahí, agarrado a sus curvas, a su olor.
Me quedé en silencio.
No sé si fue el modo en que la luz del árbol de Navidad iluminaba sus piernas, o la expresión tranquila de sus ojos cuando me miró de frente, como si acabara de poseerme y aún no decidiera si quería hacerlo de nuevo.
—¿No te molesta que no me haya lavado el pelo? —preguntó, pasándose una mano por la melena.
Negué sin decir nada. Porque claro que no me molestaba. Porque verla así, tan real y tan suya, me parecía mucho más erótico que cualquier puesta en escena.
Se me endureció al instante.
No dije nada. Solo la miré. Ella se detuvo en seco, como si pudiera leer cada impulso que me atravesaba.
—¿Qué le pasa? —me preguntó, con la voz más suave que le había escuchado en todo el día.
Quise responder pero no me salía una sola palabra. Apenas un suspiro contenido.
—¿Qué le pasa? —repitió, esta vez más cerca, sin dejar de mirarme a los ojos.
Tragué saliva.
—Vístete... —atiné a decir—. Vamos a salir a cenar.
Ella no obedeció. Se acercó con calma, como si cada paso suyo fuera una prueba. Cuando llegó se sentó sobre mis piernas sin preguntarme nada. Su cuerpo caliente, húmedo, casi temblaba contra el mío.
—¿Así le cuesta más pensar, cierto? —me dijo al oído.
No pude evitar sonreír con nerviosismo. Me besó. Despacio. Con una ternura que dolía. Su lengua rozó la mía y me quedé ahí, sin moverme, sintiendo cómo todo el mundo se desdibujaba alrededor.
—No sabía que me iba a gustar tanto… —susurró María, aún con la respiración agitada, abrazada a su pecho—. No me imaginaba que chupar verga podía ser algo tan exquisito.
No le respondí. Solo acaricié su espalda con suavidad, como si mis dedos buscaran memorizar cada curva de su piel.
—¿Lo hice muy mal…? —preguntó ella, levantando el rostro para mirarme con esos ojos llenos de ternura y deseo.
—Lo hiciste hermoso —le dije, intentando que mi voz no delatara lo profundamente afectado que estaba.
María sonrió. Se mordió el labio inferior y apoyó la cabeza sobre mi pecho otra vez.
—Gracias por ser tú… No me equivoqué al elegirte. En serio. Me haces sentir como si lo correcto también pudiera ser delicioso.
María seguía sentada en mis piernas, apenas cubierta por la toalla. Su cuerpo aún tibio del baño, su piel húmeda rozando la mía. Me miraba con esos ojos grandes, abiertos, que parecían pedirme que no huyera. Mi verga seguía dura, hinchada bajo el pantalón, como si su sola presencia bastara para despertarla.
—¿Qué le pasa? —me preguntó, con una vocecita curiosa, casi inocente, mientras deslizaba un dedo por mi pecho.
Intenté hablar, pero nada salía. Me costaba mirarla.
—¿Es por mí? —insistió, con esa dulzura que a veces dolía—. ¿Lo puse así solo por salir del baño? ¿Le molestó mucho que haya dicho que me gustó mucho tener una verga en mi boca?
No me dio tiempo de responder. Su mano bajó, despacio, y me tocó por encima del pantalón. Me acarició como si ya me conociera, como si supiera exactamente cómo hacerlo.
—¿De verdad quieres que me vista y salgamos a comer cuando estás así? —susurró—. Yo no tengo hambre aún.
Quise decirle que no era buena idea, que era mejor dejarlo ahí, pero entonces me miró con ternura, se inclinó sobre mí y apoyó la frente contra la mía.
—Llévame a tu cama, ¿sí? —me dijo bajito—. Quiero estar contigo como una pareja de verdad.
Se me apretó el pecho.
—Quiero sentir cómo es hacer el amor con usted sin apuro. Desnudos, con tiempo. Quiero mirarlo mientras me la mete y que me abrace fuerte después.
Mi respiración se volvió errática. María no dejaba de acariciarme, cada vez con más intención.
—Si no quieres… me voy a vestir —añadió—. Pero si quieres, llévame ahora. No me digas nada, solo hazlo.
Ella seguía en mis piernas, húmeda, envuelta apenas en la toalla. Me besó la mejilla y luego me tomó la mano. Sin decir nada, me guió hasta mi habitación, como si supiera exactamente lo que venía.
—Quítatelo todo —me susurró María apenas nos metimos a la cama—. Esta vez quiero verte entero.
—Nos vamos a demorar —dije, medio sonriendo—. ¿Y si lo dejamos para después de cenar?
—A la vuelta también lo podemos hacer —respondió, lamiéndose los labios—. Pero ahora te quiero solo para mí.
Obedecí. Me desnudé mientras ella me miraba como si cada centímetro de mi cuerpo le diera hambre. Nos besamos lento, con una ansiedad húmeda que iba creciendo. Sus manos bajaron sin pudor. Cuando cerré los ojos, ya me estaba masturbando con ternura, como si moldeara lo que iba a devorarse después.
—¿Te la puedo chupar otra vez? —susurró María, mirándome desde abajo con esa mezcla perfecta de dulzura e intención.
No alcancé a responder. Se inclinó y se lo metió a la boca con una ternura feroz. Gemí bajo, sosteniéndole el cabello mientras sentía su lengua saboreando aquello como si fuera su paleta de helado favorita.
Intenté buscar sus bragas. Me costaba. Ella lo notó.
—¿Quieres tocarme? —susurró, alzando las caderas con suavidad—. Hazlo... quiero sentir tu lengua también.
La tomé de las piernas, la giré con cuidado y la atraje hacia mí. Eché sus bragas a un lado. Su delicioso coño quedó justo sobre mi rostro.
—Así… —murmuró ella mientras volvía a chupármela, jadeando entre susurros.
Comencé a lamerla con hambre, con devoción. Estábamos entregados, envueltos en el cuerpo del otro, en esa Navidad que ardía como un regalo impensado.
Me aferré a sus muslos con más fuerza, sepultando mi rostro entre su humedad tibia, mientras su boca no dejaba de lamerme con una entrega que rozaba lo sagrado. Cada movimiento suyo era torpe y perfecto a la vez, como si me estuviera aprendiendo a ciegas, como si devorarme fuera su única certeza.
—No puedo creer cuánto me gusta esto… —murmuró entre succión y jadeo, con la voz entrecortada—. No sabía que podía sentir tanto…
Iba a responderle, iba a decirle que tampoco había probado nada tan puro, tan animal, tan nuestro… pero no alcancé.
Un golpe seco y rotundo en la puerta nos atravesó como un disparo.
—¡María! ¡Papá! —gritó la voz de mi hija—. ¿Estás ahí? ¡María, por favor, abre!
Nos congelamos.
—¿Hay alguien en casa? ¡Perdí el vuelo! ¡Papá!
Ella alzó la cabeza, pálida. Mi verga aún brillaba entre sus labios. Sus piernas, abiertas sobre mis hombros, comenzaron a temblar.
— ¿Que hacemos? —Me preguntó María, enormemente horrorizada.
Me quedé inmóvil. Escuché los pasos en el pasillo y supe de inmediato que era ella. La manilla podía girar en cualquier segundo.
Miré a María: asustada, hermosa, atrapada conmigo.
Si esa puerta se abría, todo se rompía para siempre.
