3- Perfecta Nochebuena
Esa mañana de Nochebuena, casi me duermo bajo la ducha fría. Llevaba días sin pegar un ojo. Desde que escuché esa pelea entre ella y mi hija, no dejaba de pensar en lo que habían dicho. Fue ahí cuando empezó todo: el deseo. Salí, y mi hija se iba con una maleta.
— ¿Y tú? —Le pregunté, sintiendo que el corazón se me iba a salir en cualquier momento— ¿Hacia donde vas?
Me sonrió felizmente. Aquello me perturbó bastante, más aún tras oír lo que iba a oír:
— Voy a pasar la nochebuena con Helen, una amiga que viajó desde Alemania hasta Miami. Voy sola sí, porque supongo que mi novia tiene que trabajar ¡Te prometo que en cuando vuelva me tomaré muy en serio lo de la taquería!
Tras mirar la hora en su celular continúo:
— Supongo que no te molesta que mi novia se quede contigo, mal que mal tengo entendido que tú abres el local para estas fechas.
— No hay problema en eso —Dije—. Abro el local apenas un rato. Deberían estar juntas, supongo ¿Por qué no te la llevas?
Negó con un movimiento de cabeza, por varios segundos. Me perturbaba enormemente su sonrisa mientras lo hacía y no daba crédito a lo que veía.
— ¿Podrías darme dinero papá?
Mi ex me prohibió darle dinero si no trabajaba, pero no pude negarme. Era mi niña. Le transferí lo suficiente para que escapara a cualquier rincón de México. Me abrazó como si fuera el mejor padre del mundo.
— Te amo, papá —Me dijo—. Te pido disculpas por no pasar Navidad contigo, pero es qué...
— Está bien —Dije, deseando no oir sus problemas con su novia— ¿Cuando piensas volver?
— Antes de año nuevo, papá ¡Te lo juro! ¡Me tomaré en serio el trabajo de la taquería y si o sí pasaremos el año nuevo juntos!
Tras llegar el taxi se despidió e ingresé nuevamente a casa y ahí estaba la novia de mi hija, nuevamente paseándose en bragas. La ví muy triste y yo necesitaba estar solo para poder descansar. Le extendí las llaves del local.
— Toma —Le dije, intentando mostrarme lo más frío posible—. Necesito que te hagas cargo.
— ¿Y usted qué va a hacer tío?
— Hoy no hay mucho movimiento y tengo ciertos trámites que realizar —Mentí—. Yo llego a cerrar el local. Cualquier cosa le preguntas a los chicos.
Cuando llegué a cerrar el local, la encontré arrodillada, chupándosela a Marcelo con una entrega que me dejó sin aliento, mientras Sergio se tocaba mirando. El mesón repleto de cervezas olía a sudor y deseo. Cuando ella me vio, no se detuvo. Solo me sostuvo la mirada y abrió más la boca.
— ¡Jefe! —Exclamo Sergio, guardandose inmediatamente su media erección— ¡Por favor perdonenos!
Realmente me sentí disgustado, un poco celoso tal vez. Me sentía horriblemente inmaduro y ridículo.
— ¡Tienen exactamente noventa segundos para salir de aquí! —Atiné a decir.
Ambos cogieron sus ropas y desaparecieron en el acto en dirección hacia la salida. La novia de mi hija me miraba repleta de culpa acomodándose el pelo.
— ¿Y tú? —Le pregunté.
— ¿Me puedo ir con usted tío? No tengo con quien pasar la nochebuena.
Asentí, me di la vuelta y conduje en silencio. Me dolía no pasar la Nochebuena con mi hija. Ellos tenían derecho, sí… pero igual me sentía excluido. Para colmo, su novia —la misma que me engañaba a espaldas de ella— iba sentada a mi lado, tranquilamente.
— Puedo explicarle, tío...
— No tienes nada que explicar —Le respondí—. Mi hija es mi hija y tú trabajas en mi negocio. La culpa es mía por no haber llegado antes.
Entramos a casa. Ya se había hecho de noche y el rostro de la novia de mi hija había batido todos los récords de tristeza. Para colmo yo sentía que había sido demasiado duro con ella.
— ¿Quiere que cocine algo, tío?
No respondí.
Ingresé a mi habitación y busque el sobre que había preparado para ella como regalo de Navidad. La novia de mi hija aún estaba en la sala, tomándose la cabeza con ambas manos.
Se me acercó:
— Yo solo estaba pagando una apuesta, tío —Me dijo, yo descubriendo recién que ella tenía olor a alcohol —Lamentablemente perdí y tuve que pagar. Yo no esperaba que mi novia abandonara la taquería.
Tomé asiento hasta el sofá y ella hizo lo propio, muy cerca de mí. No pude evitar sonreír, puesto que lo había oído todo de su discusión con mi hija.
— Eso no importa —Le dije, hablándole por primera vez directamente después de haber visto lo que había visto—. Lo que es yo necesito hacerte un regalo de Navidad adelantado para que cambies ese rostro tan triste que tienes.
Acto seguido le extendí un cheque con cierta cifra. Su hermoso rostro cambió por completo y no pudo evitar emocionarse.
— ¿Y esto? —Me preguntó, casi con lágrimas en los ojos.
— Es tu regalo de Navidad. Si esto te permite dejar de sufrir un poco, creo que sería un muy buen regalo ¿No te parece?
Acto seguido me abrazo, sentándose sobre mi humanidad. Sentía su ¢ul0 sobre mi entrepierna y al mismo tiempo sus brazos rodeaban mi cuello mientras su mejilla chocaba suavemente con la mía.
— Gracias tío —Me dijo, tras besame humildemente— ¡Usted es lo mejor que me me ha pasado en la vida! ¿Sabe?
Volvió a tomar asiento al lado mío, esta vez encima del sofá. Su ajustados jeans le hacían justicia a sus hermosas piernas cruzadas.
Logré darme cuenta de que se me había puesto dura y que mi bulto sobresalía. Era imposible que ella no se diera cuenta:
— Usted ha sido tan bueno conmigo, tío —Me dijo, estirando el brazo y tocando mi rodilla— ¡Creo que ha sido la mejor navidad de mi vida y he sido demasiado ingrata con usted! ¿Pero sabe tío? Ya llegado el momento de recompensarselo.
Su rostro indicaba que realmente lo sentía y se notaba que le afectaba de sobremanera el hecho de que mi hija la haya abandonado.
— No te preocupes —Dije, encendiendo un cigarrillo—. Creo que tengo todo lo que necesito a estas alturas de mi vida, ya que la taquería anda cada vez mejor y todo es gracias a tí ¡Con esto vas a poder hacer lo que quieras!
— Es que es el regalo pues tío —Insistía ella, con sus manos fijas en mis rodillas—. Usted ha sido tan bueno conmigo y pues creo que ha llegado el momento de agradecerlo.
De pronto como que su rostro se iluminó y a mí se me puso durísima tras mirarla a los ojos.
— Tengo una idea, tío —De pronto adoptando una expresión traviesa— ¡Ya sé que regalarle! ¡Por favor cierre los ojos!
— ¿Para qué? —Pregunté, haciéndome el estúpido— ¿Para que quieres que cierre los ojos?
— ¡Por favor se lo pido! ¡Necesito que lo haga! ¡De verdad que no sé cómo hacer esto pero he estado preparándome para hacerlo bien!
Obedecí sonriendo, pensando en que un buen gesto no costaba nada.
Sentí que había apagado las luces, exepto las del árbol de Navidad.
Oí algo más de movimiento y prontamente comencé a percibir su cercanía.
Tras unos pocos segundos sus labios estaban dulcemente sobre los míos. Simplemente no pude resistirme y ella estaba de rodillas en el suelo cuando abrí los ojos. Mi hija me odiaria, pensé, mientras en el acto se me ponía asquerosamente dura.
