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Capítulo 6

Seguir a Adrián Volkov hasta un bosque a medianoche estaba entre las cinco peores decisiones de mi vida.

Probablemente entre las tres primeras.

Mantuve mi coche a suficiente distancia del todoterreno negro para no ser descubierta. Las luces de Veligrado desaparecieron poco a poco y dieron paso a una carretera estrecha rodeada de árboles.

Podría haber dado la vuelta.

No lo hice.

Había visto a Adrián salir del club con una expresión que no había visto nunca en sus fotografías.

No era frialdad.

Era algo peor.

Urgencia.

Quería saber por qué.

El todoterreno se detuvo junto a una cabaña aislada.

Apagué mis luces antes de acercarme y aparqué entre los árboles.

Adrián bajó acompañado por Damián y otro hombre.

No llevaba abrigo.

El viento movía ligeramente su camisa negra.

Incluso desde lejos se veía peligroso.

Esperé hasta que entraron.

Luego salí del coche.

—Solo vas a mirar —me susurré—. Mirar y marcharte.

El bosque no respondió.

Me acerqué por un lateral de la casa. Una ventana estaba rota y una cortina se movía con el aire.

Escuché una voz masculina.

—No sé nada más. Te lo juro.

Me agaché bajo la ventana.

—Ya juraste eso la primera vez —respondió Adrián.

Su voz era distinta.

Sin emoción.

Miré por la abertura.

Un hombre estaba atado a una silla.

Tenía sangre en la camisa.

Damián permanecía cerca de la puerta. El otro guarda vigilaba en silencio.

Adrián estaba frente al prisionero.

—Dame el último nombre —dijo.

—No puedo.

—Puedes.

—Me matarán.

Adrián ladeó la cabeza.

—Ese problema ya lo tienes.

Se me heló la espalda.

El hombre empezó a llorar.

—Yo solo hice lo que me ordenaron. Fue hace años. No sabía quién estaba dentro de la casa.

Algo cambió en el rostro de Adrián.

Apenas un movimiento.

Pero lo vi.

—Mi familia estaba dentro.

El hombre cerró los ojos.

—Lo siento.

Adrián se acercó.

—No pronuncies esa palabra.

—Adrián…

—No tienes derecho a usarla.

El silencio se hizo insoportable.

Entonces el prisionero dijo un nombre que no alcancé a escuchar.

Damián miró a Adrián.

Adrián no reaccionó durante varios segundos.

Luego preguntó:

—¿Estás seguro?

—Sí. Te lo juro. Fue él. Él coordinó todo.

Adrián retrocedió.

Pensé que aquello había terminado.

Me equivoqué.

Tomó una botella de la mesa.

El olor llegó hasta la ventana antes de que entendiera qué era.

Gasolina.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—No… —susurré.

Vertió el líquido sobre el suelo y sobre la ropa del hombre.

El prisionero empezó a gritar.

—¡Te di el nombre! ¡Me dijiste que si hablaba…!

—Nunca dije que vivirías.

Adrián sacó un encendedor.

La llama pequeña iluminó sus dedos.

En ese instante, todo lo que se decía de él dejó de ser un rumor.

Las conexiones oscuras.

Los hombres desaparecidos.

La gente que bajaba la voz cuando alguien pronunciaba Volkov.

Yo estaba viendo la razón.

—Adrián, por favor.

Él dejó caer el encendedor.

El fuego estalló.

Me llevé una mano a la boca para no gritar.

El hombre sí gritó.

El sonido me atravesó.

Di un paso atrás y una rama crujió bajo mi tacón.

Damián giró la cabeza hacia la ventana.

Me quedé inmóvil.

Adrián también miró.

Durante un segundo juraría que sus ojos encontraron los míos a través de la oscuridad.

No respiré.

No me moví.

Él sostuvo la mirada hacia el bosque.

Después volvió al fuego.

—Vámonos —ordenó.

Esperé hasta escuchar los motores.

Solo entonces corrí.

Llegué al coche con las manos temblando tanto que dejé caer las llaves dos veces.

Cuando por fin arranqué, el todoterreno de Adrián ya no estaba.

Conduje demasiado rápido.

Mi cabeza repetía una sola idea.

Es un asesino.

Un asesino de verdad.

Debería estar aterrada.

Debería cancelar la reunión.

Debería borrar su número, devolver el reloj, olvidarme de su cara y no volver a acercarme a él jamás.

Apreté el volante.

Mi pulso no bajaba.

Lo peor no era el miedo.

Lo peor era que, debajo del miedo, seguía existiendo deseo.

—Necesito terapia —murmuré.

En el retrovisor apareció un par de luces a lo lejos.

Un coche negro.

Mantuvo la misma distancia durante varios kilómetros.

Demasiada.

Perfecta.

Tragué saliva.

¿Me había visto?
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