Capítulo 7
La vi desde el primer momento.
No en la ventana.
Mucho antes.
Bruno me había avisado de que Valeria seguía el coche desde la ciudad.
Podría haber ordenado que la detuvieran.
No lo hice.
Quería saber hasta dónde llegaría.
Ahora ya tenía la respuesta.
Hasta un bosque, a medianoche, para mirar a un hombre morir.
—Está huyendo —dijo Damián desde el asiento delantero.
Yo observaba las luces traseras del coche de Valeria a lo lejos.
—No huye.
—Conduce a ciento treinta.
—Está pensando.
Damián me miró por el espejo.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque si estuviera huyendo de mí, ya habría llamado a la policía.
No lo había hecho.
Tampoco había cancelado la reunión de mañana.
Mi móvil seguía en silencio.
Sonreí sin humor.
Maldita mujer.
Había visto una parte de mí que hacía retroceder a hombres armados y, aun así, no parecía capaz de mantenerse lejos.
La deseé con una intensidad que me irritó.
—No se acerquen más —ordené—. Que llegue a casa sin saber que la seguimos.
—¿Y mañana?
—Mañana iré a su oficina.
—¿Después de esto?
Giré la cabeza hacia él.
—Precisamente después de esto.
Damián guardó silencio.
Al llegar a la mansión, fui directamente a mi despacho.
No encendí las luces.
Me serví un whisky y abrí la cámara de su habitación.
Vacía.
La del coche mostraba movimiento.
Valeria entró en el garaje de la casa de sus padres, apagó el motor y permaneció allí varios minutos sin salir.
Parecía pálida.
No lloraba.
Eso me preocupó más de lo que habría hecho verla derrumbarse.
Se miró al espejo retrovisor.
—Es un asesino —la escuché decir.
El micrófono captó su voz baja.
Luego se cubrió el rostro con ambas manos.
Pensé que finalmente había entendido.
Que mañana Renata llamaría para cancelar.
Entonces Valeria bajó las manos.
—Y aun así quiero casarme con él.
Casi derramé el whisky.
Me quedé inmóvil.
Después me eché a reír.
Una risa real. Breve. Incrédula.
Dios.
Estaba tan enferma como yo.
Apagué el audio.
No necesitaba escuchar más.
Abrí el cajón de mi escritorio y saqué una fotografía antigua de una casa convertida en cenizas.
Mi sonrisa desapareció.
Debajo había una carpeta.
ALVARADO.
Durante años había reunido nombres, transferencias, compañías intermediarias, testigos muertos y hombres que preferían desaparecer antes que hablar.
Todavía no sabía exactamente qué miembro de esa familia había puesto la primera pieza en movimiento.
Pero sabía que el apellido estaba allí.
Una y otra vez.
Valeria era una Alvarado.
Eso debería haber bastado para odiarla sin matices.
En cambio, llevaba su pendiente contra el pecho.
Le llenaba la nevera de fresas.
Había puesto hombres a protegerla sin que ella lo supiera.
Y ahora iba a entrar voluntariamente en su oficina para escuchar una propuesta que, según todos los indicios, era una trampa.
Nicolás llamó.
Respondí sin saludar.
—¿Encontraste a tu novia secreta?
—Sí.
—¿Sigue viva?
—Sí.
—Qué romántico.
—¿Algo más?
—Solo quería avisarte de que los rumores sobre las tres adjudicaciones ya están afectando tus acciones. La prensa dice que la heredera Alvarado te humilló en tu propio sector.
Miré la carpeta.
—Que hablen.
—No pareces tú.
—Tal vez estoy ocupado.
—¿Planeando matarla o besarla?
No respondí.
Nicolás soltó una carcajada.
—Eso pensé.
Colgué.
A la mañana siguiente, hice que Damián me entregara los informes de los equipos responsables de las tres propuestas perdidas.
Los errores eran inaceptables.
Valeria no había ganado por suerte.
Había esperado. Había dejado que mis analistas se confiaran. Había detectado exactamente dónde golpear y lo había hecho sin pestañear.
Despedí a seis personas antes del mediodía.
No porque ella me obligara.
Porque me había demostrado que no estaban a la altura.
A las dos y cuarenta, Damián apareció con mi abrigo.
—Es hora.
Me puse de pie.
Mis dedos rozaron la cadena bajo la camisa.
—¿Jefe?
—Nada.
Caminé hacia el ascensor.
Valeria había visto al monstruo la noche anterior.
En veinte minutos sabría si eso bastaba para hacerla retroceder.
Una parte de mí esperaba que sí.
La otra quería descubrir qué clase de mujer miraba el fuego… y al día siguiente todavía invitaba al hombre que lo había encendido a sentarse frente a ella.