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Capítulo 5

La primera vez que descubrí que Valeria entraba en mi casa sin permiso, pensé que alguien intentaba matarme.

La alarma silenciosa había detectado movimiento en la cocina a las dos y trece de la madrugada.

Abrí la cámara desde el móvil esperando encontrar a un hombre armado.

Encontré a Valeria Alvarado descalza, con un vestido negro y una horquilla entre los labios, abriendo mi nevera.

Me quedé mirando la pantalla.

Ella sacó una caja de fresas.

Comió una.

Luego otra.

Después miró alrededor como una delincuente particularmente bonita y susurró:

—Solo dos. No seas codiciosa.

Casi me reí.

Casi.

En lugar de llamar a seguridad, escribí al jefe de guardia.

NO INTERVENGAN.

La respuesta llegó de inmediato.

¿SEÑOR?

NO LA TOQUEN.

Desde entonces, siempre había fresas en mi nevera.

También batido de fresa.

Nunca admitiría por qué.

Presente

—La reunión es mañana a las tres —informó Damián.

—Lo sé.

—Ha pedido que vaya usted personalmente.

—También lo sé.

—Y sigue mirando la cámara de su coche.

Levanté la vista.

Damián mantuvo una expresión perfectamente neutra.

—¿Quieres conservar el empleo?

—Muchísimo.

Apagué la pantalla.

Valeria conducía hacia el centro de Veligrado. Eran casi las once de la noche.

Demasiado tarde para una reunión.

Demasiado arreglada para volver a casa.

Y demasiado predecible para no saber adónde iba.

Nicolás me había invitado a Club Eclipse hacía una hora. Yo había rechazado la invitación.

Valeria acababa de girar hacia ese mismo distrito.

Tomé mi chaqueta.

—Vamos.

Damián alzó una ceja.

—¿A la reunión que rechazó hace una hora?

—He cambiado de opinión.

—Por supuesto.

Lo miré.

—¿Quieres morir hoy?

—No especialmente.

El trayecto duró quince minutos.

Cuando llegamos, vi el coche de Valeria aparcado dos calles más abajo.

Sonreí para mí.

Mi pequeña acosadora todavía creía que era buena escondiéndose.

Dentro del club, Nicolás me recibió con una copa y una sonrisa irritante.

—Pensé que no venías.

—Cambié de opinión.

—Seguro que sí.

No pregunté qué quería decir.

No hacía falta.

Valeria apareció veinte minutos después.

No se acercó a nuestra zona privada. Se quedó en la barra, fingiendo hablar con Camila mientras miraba nuestro reflejo en un espejo detrás de las botellas.

Una actuación terrible.

Magnífica para mí.

—Tu acosadora está aquí —murmuró Nicolás.

—No es mi acosadora.

—Claro.

—Es mi novia secreta.

Nicolás puso los ojos en blanco.

—Tres años con la misma broma y la pobre sigue sin saber que tiene novio.

—Ella todavía no lo sabe.

—Adrián, a veces me preocupa que yo sea el más cuerdo de los dos.

—Eso debería preocuparte.

Damián apareció junto al reservado antes de que Nicolás pudiera responder.

No dijo nada. Solo me tendió el teléfono.

Leí el mensaje.

LO TENEMOS. CABAÑA DEL BOSQUE.

Todo rastro de humor desapareció.

El hombre al que llevaba meses buscando acababa de cometer el error de seguir respirando dentro de mi alcance.

Dejé la copa.

—Prepara el coche.

Nicolás frunció el ceño.

—¿Problemas?

—Asuntos pendientes.

Salí por la puerta lateral con Damián.

El todoterreno esperaba con el motor en marcha.

Mientras subía, miré de reojo el espejo exterior.

Una silueta femenina acababa de salir del club.

Valeria.

—Jefe —dijo Damián cuando arrancamos—, Bruno informa que la señorita Alvarado acaba de subir a su coche.

—Lo sé.

—Está tomando nuestra misma ruta.

Miré las luces que aparecieron detrás de nosotros al doblar la esquina.

Podría ordenar que la detuvieran.

Podría obligarla a volver a casa.

No hice ninguna de las dos cosas.

—Mantén la velocidad —dije.

Damián me miró de reojo.

—¿Va a dejar que nos siga?

Observé las luces en el espejo.

Valeria quería conocerme.

Aquella noche iba a descubrir una parte de mí que ninguna revista empresarial publicaría jamás.

—Sí.

Y por primera vez me pregunté si, cuando viera al monstruo, por fin aprendería a mantenerse lejos.
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