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Un Matrimonio para Destruirme

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JC
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Sinopsis

Valeria Alvarado solo quería demostrar que era capaz de gobernar el imperio familiar sin arrodillarse ante nadie. Fría, brillante y temida, acepta jugar una carta peligrosa: casarse con Adrián Volkov, el hombre que ha deseado durante años… y el mismo que la odia por llevar el apellido de sus enemigos. Para Adrián, ese matrimonio no es amor: es una trampa, una venganza perfecta contra la familia que destruyó su pasado. Pero Valeria no es la heredera frágil que él esperaba romper. Es fuego, orgullo y obsesión. Cuanto más intenta usarla, más la desea. Cuanto más la odia, más dispuesto está a quemar el mundo por protegerla. Entre secretos familiares, traiciones, mafia, poder y una pasión tan peligrosa como irresistible, ambos descubrirán que su matrimonio nació para destruirlos… pero también podría ser lo único capaz de salvarlos.

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Capítulo 1

El primer hombre que intentó quitarme la empresa de las manos lo hizo antes de que yo terminara mi café.

—Solicito una votación extraordinaria —anunció Sebastián Rivas, de pie al otro lado de la mesa de juntas—. Grupo Alvarado Tech no puede quedar en manos de una mujer de veinticinco años sin experiencia real en dirección.

Nadie respiró.

Doce directivos me observaban desde sus sillones de cuero. Algunos parecían incómodos. Otros ni siquiera se molestaban en ocultar la satisfacción.

Yo llevaba cinco minutos oficialmente sentada en la silla de directora ejecutiva.

Cinco.

Dejé la taza sobre el plato con cuidado.

—¿Ya terminó?

Sebastián parpadeó.

—Señorita Alvarado, esto no es personal.

—Claro que no. —Abrí la carpeta negra que tenía delante—. Por eso imagino que tampoco será personal que hablemos de los cuarenta y siete millones que su departamento perdió en los últimos dieciocho meses.

El color desapareció de su rostro.

Deslicé doce copias por la mesa. Renata, mi nueva secretaria, había dejado el informe preparado antes de que comenzara la reunión.

—Contratos inflados. Proveedores vinculados a dos sociedades fantasma. Pagos autorizados con su firma. —Alcé la mirada—. ¿Quiere que votemos sobre mi capacidad o sobre su permanencia en la empresa?

Un director carraspeó. Otro bajó la vista al documento.

Sebastián apretó la mandíbula.

—Su padre jamás habría permitido este espectáculo.

Eso sí consiguió hacerme sonreír.

—Mi padre ya no dirige esta empresa.

Silencio.

Me puse de pie.

—Y si alguien más ha venido esta mañana esperando encontrar a una niña asustada jugando a ser directora, puede marcharse con el señor Rivas.

Nadie se movió.

—Perfecto. Entonces empecemos a trabajar.

Sebastián recogió sus papeles con manos tensas. Al pasar junto a mí, bajó la voz.

—No sabe con quién se está metiendo.

Lo miré directamente.

—Ese comentario habría funcionado mejor si no acabara de perder su puesto.

Renata abrió la puerta para él.

Cuando se cerró, el aire de la sala cambió.

No me habían aceptado. Todavía no.

Pero ya habían entendido algo más importante: no pensaba pedir permiso.

—Ahora —dije, volviendo a mi asiento—, hablemos de la subasta de esta tarde.

Una pantalla se encendió al fondo.

Tres proyectos aparecieron en letras blancas: Helix, Northstar y Meridian. Los contratos más codiciados del trimestre. Tecnología, infraestructura y expansión internacional. Cualquiera de ellos podía cambiar el valor de una empresa durante años.

Y los tres tenían al mismo favorito.

Volkov Industries.

El nombre me produjo el mismo efecto que siempre.

Un tirón bajo las costillas.

Una imagen demasiado nítida.

Ojos verdes. Traje negro. Una voz grave que había escuchado por primera vez cinco años atrás y que, desde entonces, se negaba a abandonar mi memoria.

Adrián Volkov.

—¿Algún problema? —preguntó uno de los directivos.

Aparté los ojos de la pantalla.

—Ninguno.

Mentira.

Había un problema enorme.

Quería esos proyectos.

Y quería al hombre que estaba detrás de la empresa que también iba tras ellos.

La subasta comenzó a las dos en punto.

A las dos y diecisiete, perdimos Helix.

A las dos y veintidós, recuperamos terreno.

A las dos y treinta y uno, uno de mis analistas descubrió un margen de error en la propuesta de Volkov Industries.

—Si subimos ahora, nos exponemos demasiado —advirtió el director financiero.

—No suba —respondí.

—Pero ellos…

—Déjelos creer que vamos a retirarnos.

Esperamos.

Treinta segundos.

Cuarenta.

La oferta de Volkov Industries volvió a crecer.

Sonreí.

—Ahora.

La sala explotó en movimiento.

Veinticinco minutos después, Helix era nuestro.

Meridian cayó después.

Northstar fue una guerra de cuarenta y tres minutos.

Cuando el sistema cerró, las tres líneas quedaron marcadas con el mismo nombre:

GRUPO ALVARADO TECH.

Nadie habló durante dos segundos completos.

Luego la sala estalló en aplausos.

Yo no aplaudí.

Miraba la pequeña fotografía del principal competidor que seguía abierta en una esquina de la pantalla.

Adrián Volkov no sonreía en la imagen.

Nunca sonreía ante las cámaras.

—Señora Alvarado —dijo Renata, acercándose—. Los medios ya están llamando.

—Que llamen.

—Volkov Industries también ha solicitado el informe completo de adjudicación.

Esta vez sí sonreí.

—Que lo lean despacio.

Renata vaciló.

—¿Hay algo más?

Miré otra vez la fotografía de Adrián.

Durante cinco años había sido el hombre imposible al otro lado de una pantalla, un salón, una calle, una puerta cerrada.

Eso se había acabado.

—Sí. Averigua qué tendría que ofrecerle a Adrián Volkov para conseguir que venga a mi oficina.

Renata abrió ligeramente los ojos.

—¿Por los proyectos?

Cerré la carpeta.

—No exactamente.

Porque por primera vez no quería limitarme a observarlo.

Quería ponerlo frente a mí.

Y cuando lo hiciera, pensaba pedirle algo que ningún hombre como Adrián Volkov aceptaría sin convertirlo en una guerra.