Capítulo 4
—¿Vas a hacer qué?
Camila casi escupió el café sobre mi escritorio.
—Baja la voz.
—¿Que baje la voz? Acabas de decir que quieres casarte con Adrián Volkov como si estuvieras decidiendo qué pedir para almorzar.
—No he dicho que vaya a casarme mañana.
—Ah, perdón. Qué alivio.
Me recosté en la silla.
—Primero voy a hacer que acepte colaborar conmigo en los tres proyectos.
—¿Y después?
—Después le pondré un precio.
Camila me observó durante varios segundos.
—Tú eres el precio.
—Él.
—Eso es todavía peor.
Sonreí.
Ella se dejó caer contra el respaldo.
Camila me conocía desde antes de que yo aprendiera a convertir cada emoción en una expresión neutra. Por eso era tan difícil mentirle.
—Valeria, una cosa es que lleves cinco años obsesionada con ese hombre y otra que conviertas una negociación multimillonaria en una propuesta de matrimonio.
—No llevo cinco años obsesionada.
—Conservas su reloj.
—Eso es sentimentalismo.
—Tienes una carpeta con recortes de entrevistas.
—Investigación.
—Sabes qué café pide.
—Información pública.
—Te colaste en su mansión.
Guardé silencio.
Camila cerró los ojos.
—Dios mío. Todavía no puedo creer que lo hicieras.
—La puerta de servicio estaba abierta.
—Eso no mejora la historia.
—Solo entré cinco minutos.
—Robaste fresas de su nevera.
—Tenía hambre.
—Y luego volviste.
—Las fresas eran buenas.
Camila me señaló con un dedo.
—Necesitas terapia.
—Probablemente.
—Y aun así quieres casarte con él.
—Sí.
Esta vez no sonreí.
Porque por ridículo que sonara, había algo que Camila no entendía.
Adrián no era una fantasía bonita.
Lo había estudiado durante años. Sabía que compraba empresas para desmantelarlas si le convenía. Sabía que podía hundir una negociación con tres llamadas. Sabía que la mitad de Veligrado lo admiraba y la otra mitad lo temía.
También sabía que había rumores que nadie se atrevía a publicar con su nombre.
Violencia.
Desapariciones.
Conexiones con hombres que jamás pisaban una sala de juntas sin llevar un arma.
Y, aun así, cada vez que pensaba en renunciar a esa obsesión, algo dentro de mí se negaba.
—No sé si lo amo —admití.
Camila alzó las cejas.
—Vaya. Un momento de lucidez.
—Pero sé que lo quiero.
—Eso no es mejor.
—No he dicho que lo fuera.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de Elisa.
¿CENAS EN CASA HOY?
La pantalla quedó encendida un instante.
Camila vio mi expresión cambiar.
—Ve —dijo con suavidad—. Tu hermana te echa de menos.
—Está mejor sin mí demasiado cerca.
—No puedes proteger a alguien fingiendo que no la quieres.
La frase me golpeó donde no debía.
Bloqueé el teléfono.
—Tengo trabajo.
Aquella noche, sin embargo, terminé en la mansión de los Alvarado.
Mi padre estaba en la cabecera de la mesa. Mi madre frente a él. Elisa hablaba de un viaje que quería hacer con sus amigos.
Yo llegué tarde y me senté sin pedir disculpas.
Elisa sonrió al verme.
—Pensé que no vendrías.
—Yo también.
Mi padre dejó los cubiertos.
—He visto las noticias.
—Todo el país las ha visto.
—Tres proyectos de Volkov Industries en un día.
—No eran suyos.
—Para Adrián Volkov, todo lo que quiere termina siendo suyo.
Levanté la vista.
—¿Eso era una advertencia?
—Era un consejo.
—Llegas unos diez años tarde para empezar a darme consejos.
Mi madre apretó los labios.
—Valeria.
—No.
Elisa dejó de sonreír.
Me odié un poco por eso.
Mi padre sostuvo mi mirada.
—No conviertas una victoria empresarial en una guerra personal.
Algo en su tono me hizo prestar atención.
—¿Por qué te preocupa tanto Volkov?
—Porque hay hombres con los que se negocia y hombres a los que se evita.
—¿Y él cuál es?
Mi padre tardó demasiado en responder.
—El segundo.
Eso me interesó más que cualquier advertencia.
—¿Lo conoces?
—Conozco su apellido.
Mi madre dejó caer el tenedor.
El sonido fue pequeño.
Pero lo escuché.
Miré de uno a otro.
—¿Qué no me están contando?
—Nada que te concierna —respondió mi padre.
Me reí sin humor.
—Perfecto. Entonces mañana me reuniré con él.
La cara de mi madre perdió el color.
—¿Con Adrián Volkov?
Ahí estaba.
Miedo.
No preocupación.
Miedo.
Me puse de pie.
—Ahora sí me interesa muchísimo esa reunión.
Elisa me siguió hasta el vestíbulo.
—¿Te vas ya?
Me detuve.
Quería abrazarla.
En cambio, saqué una pequeña caja de mi bolso y se la entregué.
—Para tu viaje.
—Valeria…
—No lo abras hasta que me haya ido.
Su sonrisa fue triste.
Eso dolió más de lo que permití que se notara.
Salí de la casa.
Mientras caminaba hacia el coche, marqué a Renata.
—Confirma la reunión con Volkov para mañana.
—Ya está confirmada, señora.
—Bien. Prepara los documentos de colaboración.
—¿Alguna condición especial?
Miré hacia las ventanas iluminadas de la casa de mis padres.
Mi madre seguía de pie detrás del cristal.
Observándome.
—Sí —respondí—. Pero esa condición no va por escrito.
Mañana descubriría por qué mis padres temían a Adrián Volkov.
Y después, si él no me destruía primero, pensaba pedirle que se casara conmigo.