Capítulo 3
—Despídelos.
Damián no se movió.
—¿A todos?
Dejé caer el informe de la subasta sobre mi escritorio.
—Perdimos tres contratos en una tarde porque mi equipo confundió experiencia con invulnerabilidad. Así que sí. A todos los responsables.
—Son algunos de nuestros mejores analistas.
—Ayer lo eran.
Damián tomó el informe.
Sabía que no insistiría.
Nadie lo hacía dos veces.
La pantalla de la pared seguía mostrando la noticia del día.
VALERIA ALVARADO SACUDE EL MERCADO: TRES PROYECTOS EN SU PRIMERA SEMANA COMO CEO.
Debajo había una fotografía de ella saliendo de Grupo Alvarado Tech.
Cabello oscuro cayendo sobre un hombro. Traje negro. Barbilla alta. Los mismos ojos color avellana que llevaban tres años metiéndose donde no los llamaban.
—No parece que estés enfadado por perder —dijo Nicolás desde el sofá.
No recordaba haberle dado permiso para entrar.
Tampoco importaba. Nicolás Ferrer nunca había entendido el concepto de permiso.
—Estoy furioso.
—Claro. Por eso llevas dos minutos mirando su foto.
Cerré la noticia.
—Vete.
—Tu pequeña acosadora te robó tres proyectos y tú pareces orgulloso. Esto mejora cada minuto.
Damián bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
Lo miré.
Dejó de sonreír.
Nicolás, en cambio, se acomodó como si hubiera comprado entrada para el espectáculo.
—¿Ella sabe que sabes?
—No.
—¿Sabe que la has dejado seguirte durante años?
—No.
—¿Sabe que cada vez que se cuela en tu propiedad tus hombres reciben la orden de mirar hacia otro lado?
Apreté la mandíbula.
—Nicolás.
—¿Y sabe que compras fresas aunque casi nunca las comes porque a ella le da por robarlas de tu nevera?
Damián tosió.
Esta vez tuve que decidir a cuál de los dos matar primero.
—Fuera.
Nicolás se levantó riendo.
—Estás enfermo, amigo.
No le respondí.
Porque tenía razón.
Cuando la puerta se cerró, abrí en mi tableta una aplicación sin nombre.
Dos cámaras.
Una mostraba el interior del coche de Valeria.
La otra, una esquina de su habitación.
Vacías por el momento.
No siempre habían sido dos.
Durante un tiempo tuve acceso a más lugares de los que debía admitir incluso ante mí mismo.
Damián seguía allí.
—¿Algo más? —preguntó.
Toqué la cadena bajo mi camisa.
El pequeño objeto de platino golpeó mi pecho.
Un pendiente.
Suyo.
Tres años antes
Yo había ido a la Escuela Superior de Negocios Aravelle para una reunión de patronato.
Debía durar cuarenta minutos.
Duró tres horas.
Salí de mal humor, con la corbata demasiado apretada y cero intención de prestar atención a nada que no fuera la puerta.
Entonces escuché a una mujer suplicar.
—Por favor. Déjenme en paz.
Me detuve junto a un aula.
Dos estudiantes tenían acorralada a una chica contra una mesa.
Uno le sujetaba la muñeca.
El otro se reía.
Di un paso hacia la puerta.
No llegué a cruzarla.
Una joven apareció desde el pasillo.
—Suéltala.
La voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
El chico se volvió.
—No te metas, Valeria.
Ese fue el primer momento en que escuché su nombre.
Ella avanzó.
—Te lo voy a decir una sola vez.
El imbécil se rio.
Cinco segundos después estaba en el suelo sujetándose la entrepierna.
El segundo intentó agarrarla por detrás.
Valeria giró, le torció el brazo y lo estampó contra una mesa con una precisión que habría resultado elegante si no hubiera sido tan dolorosa.
La otra chica escapó.
Yo me quedé mirando.
No por la pelea.
Por ella.
Valeria se recogió un mechón de cabello oscuro detrás de la oreja. Tenía un pequeño lunar bajo la mandíbula y los ojos más insolentes que había visto nunca.
Se inclinó hacia los dos hombres.
—Si vuelven a tocar a una mujer sin su permiso, la próxima vez no me limitaré a romperles el orgullo.
Después salió.
Al pasar por el corredor, uno de sus pendientes cayó al suelo.
No se dio cuenta.
Yo sí.
Lo recogí.
Platino. Rectangular. Frío.
Lo sostuve entre los dedos mientras ella se alejaba.
—Damián.
—¿Sí, jefe?
—Quiero saber quién es.
El informe llegó antes de que yo alcanzara mi coche.
Valeria Alvarado.
Hija de Ernesto y Emilia Alvarado.
Heredera de Grupo Alvarado Tech.
El apellido me borró cualquier rastro de curiosidad.
Alvarado.
La familia que aparecía una y otra vez en los documentos de mi pasado.
El nombre conectado con el fuego, los muertos y todo lo que me habían quitado.
Cerré el informe.
Debería haber tirado el pendiente.
En cambio, lo pasé por la cadena que llevaba al cuello.
—Mía —murmuré antes de poder detenerme.
Luego me odié por decirlo.
Presente
—Jefe.
La voz de Damián me devolvió al despacho.
—Grupo Alvarado Tech acaba de ponerse en contacto.
Levanté la vista.
—¿Para qué?
—La señorita Alvarado quiere una reunión privada con usted. Dice que tiene una propuesta relacionada con los tres proyectos.
Una risa seca escapó de mi garganta.
Después de robarme los contratos, quería negociar.
Muy propio de ella.
—¿Qué respondo?
Miré la fotografía que había cerrado unos minutos antes.
Durante tres años, Valeria creyó que era ella quien me perseguía.
Nunca entendió que, desde el día en que recogí aquel pendiente, yo no había dejado de mirar hacia atrás.
—Dile que iré.
Damián asintió.
—¿Mañana?
—Mañana.
Volví a tocar la cadena oculta bajo mi camisa.
Valeria quería sentarme frente a ella.
Perfecto.
Tal vez ya era hora de empezar a destruir a una Alvarado desde dentro.