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Capítulo 2

Cinco años antes

—Valeria, si vuelves a mirar el teléfono durante una conferencia, juro que te lo tiro por la ventana.

—Hazlo y te denuncio.

Camila resopló a mi lado mientras buscábamos dos asientos en el auditorio del Instituto Internacional de Derecho y Negocios de Altamar.

Yo tenía veinte años, demasiados libros, muy poca paciencia y absolutamente ningún interés en escuchar a otro empresario hablar de éxito como si hubiera inventado el dinero.

Entonces se abrió la puerta lateral del escenario.

Y lo vi.

No hubo música. Ni cámara lenta. Ni ninguna de esas tonterías que la gente usa para explicar un flechazo.

Solo un hombre entrando en una sala llena de quinientas personas… y, aun así, haciendo que pareciera vacía.

Alto. Hombros anchos. Cabello oscuro. Traje negro impecable. Una expresión tan fría que parecía haber aprendido a mirar al mundo como si todo le debiera algo.

Cuando levantó la vista, sus ojos verdes recorrieron el auditorio.

Mi corazón se detuvo de una manera profundamente estúpida.

—Ese es Adrián Volkov —susurró Camila—. Director ejecutivo de Volkov Industries. Rutenio. Multimillonario. Soltero. Y, por si la información financiera no te convence, obscenamente atractivo.

No respondí.

Adrián llegó al podio.

—No voy a decirles que sigan sus sueños —comenzó.

La sala se quedó en silencio.

—Los sueños no sirven de nada si no están dispuestos a convertirse en la clase de persona capaz de sobrevivir a ellos.

Eso fue todo.

Una frase.

Y yo dejé de fingir que no estaba interesada.

Durante cuarenta minutos habló de poder, riesgo, pérdidas y decisiones. No buscaba agradar. No sonreía. No adornaba nada.

Era arrogante.

Brillante.

Y tenía una forma de controlar la sala que me molestó porque la envidié al instante.

Cuando terminó, todos se pusieron de pie.

Yo tardé un segundo más.

—No me gusta esa cara —dijo Camila.

—¿Qué cara?

—La de “acabo de tomar una decisión que va a arruinarme la vida”.

—Dramática.

Adrián bajó del escenario y salió acompañado por dos hombres.

Yo salí detrás.

—Valeria.

Seguí caminando.

—Valeria Alvarado, vuelve aquí.

Aceleré.

—¡Esto ya cuenta como acoso!

—Todavía no.

—¿Todavía?

Llegué al estacionamiento justo cuando Adrián hablaba por teléfono junto a un coche negro.

Me escondí detrás de una columna.

Camila apareció jadeando un momento después.

—Necesitas ayuda profesional.

—Silencio.

—Literalmente estás espiando a un desconocido.

—Estoy observando.

—Desde detrás de una columna.

—Es una posición estratégica.

Ella me miró como si hubiera perdido la cabeza.

Quizá ya empezaba a perderla.

Adrián terminó la llamada. Antes de entrar en el coche, se quitó el reloj y lo dejó sobre el techo mientras revisaba algo que uno de sus hombres le mostraba.

Un minuto después, el vehículo arrancó.

El reloj seguía allí.

—No puede ser —murmuré.

El coche avanzó. El reloj cayó al asfalto.

Salí corriendo.

—¡Espere!

Demasiado tarde.

El coche desapareció por la salida.

Me agaché y recogí el reloj.

Maison Aurel. Acero oscuro. Pesado. Elegante. Probablemente costaba más que el coche de un profesor del instituto.

—Entrégalo en recepción —dijo Camila.

Lo sostuve entre los dedos.

—No.

—¿No?

—Se lo devolveré yo.

—¿Cuándo?

Miré hacia la carretera por la que había desaparecido.

—Cuando vuelva a verlo.

Camila se llevó una mano a la frente.

—No sabes si vas a volver a verlo.

Guardé el reloj en mi bolso.

—Lo haré.

—Valeria…

—Camila.

—¿Qué?

La miré y, por primera vez en años, sentí una certeza absurda y luminosa atravesarme de lado a lado.

—Ese hombre va a ser mío.

En ese momento Camila se echó a reír.

Yo no.

Durante los dos años siguientes seguí a Adrián desde lejos: entrevistas, revistas, noticias empresariales, fotografías de aeropuertos, inauguraciones, cenas benéficas. Aprendí qué empresas compraba, cuáles destruía y en qué momentos desaparecía de la prensa durante semanas.

No volví a verlo en persona.

Hasta que regresé a Rutenia.

Tres años antes del presente, Adrián Volkov volvió a aparecer en mi vida.

Solo que esa vez no fui yo quien lo vio primero.

Presente

Abrí el cajón de mi escritorio y pasé el pulgar por el cristal del viejo Maison Aurel.

Cinco años y todavía lo conservaba.

Camila, sentada frente a mí, vio el movimiento y soltó un gemido.

—Dime que no estás pensando lo que creo.

Cerré el cajón.

—Depende. ¿Qué crees?

—Que acabas de ganar tres proyectos que quería Volkov Industries y que, en lugar de celebrar como una persona normal, estás pensando en usarlos para acercarte a ese hombre.

—No quiero acercarme.

Ella suspiró, aliviada demasiado pronto.

—Quiero casarme con él.

Camila se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Sonreí.

La verdadera negociación acababa de empezar.
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