3- Dolcezza
Me detuve frente a él.
Bruno no se levantó del sillón. No hizo falta. Su presencia llenaba todo el lugar.
Me recorrió con la mirada sin apuro, como si estuviera evaluando una pieza valiosa. No había lujuria evidente en sus ojos. Había algo peor: control.
—¿Siempre obedecés así? —preguntó tranquilo.
Tragué saliva.
No supe qué contestar. Nunca nadie me había preguntado algo así.
Yo siempre iba, siempre cedía, siempre hacía. Pero nadie lo había nombrado.
—Yo… —empecé— no es obedecer…
—Claro que lo es —me interrumpió—. Tu cuerpo llegó antes que tu cabeza.
Sentí un calor subir desde el estómago.
Me odié un poco por eso.
Se inclinó apenas hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
No me tocó. No me pidió que me acerque más.
Y aun así sentí que estaba demasiado cerca.
—Anoche —continuó— besaste a un desconocido en un pasillo oscuro.
Pudiste haber salido corriendo.
Pudiste haberme insultado.
Pudiste haber pedido ayuda.
Levantó una ceja.
—Pero te quedaste.
Mi respiración empezó a desordenarse.
No por miedo.
Por reconocimiento.
—No te movía ningún hombre —dijo—. Hasta que uno dejó de buscar complacerte.
Cerré los dedos con fuerza.
Era verdad.
Y escucharlo en su boca me dejó expuesta.
—No te besé para calentarte —agregó—. Te besé para que recuerdes que estás viva.
Eso fue un golpe directo.
Sentí un nudo en el pecho.
Y algo más abajo… algo que no sentía desde hacía demasiado tiempo.
—¿Sabés qué es lo que te excita ahora, Eva? —preguntó con voz baja—. No soy yo.
Levanté la mirada, confundida.
—Es darte cuenta de que todavía podés sentir.
Se levantó entonces.
Despacio.
El sillón crujió apenas, como si el lugar también reaccionara a él.
Caminó a mi alrededor.
No me tocó.
Pero su cercanía era una amenaza deliciosa.
—Por eso no te voy a tocar —dijo detrás de mí.
Sentí su voz en la nuca.
Me estremecí.
—No todavía.
Cerré los ojos sin querer.
Mi cuerpo reaccionó solo.
Mis piernas se aflojaron un poco.
—Quiero que seas consciente de cada sensación —continuó—.
Del pulso acelerado.
De la respiración entrecortada.
De esa necesidad que no sabés dónde poner.
Su mano pasó cerca de mi cintura.
No me rozó.
Y aun así sentí la ausencia como una quemadura.
—Antes usabas el sexo para anestesiarte —susurró—.
Ahora vas a usar el deseo para despertarte.
Me giré para mirarlo.
Estaba tan cerca que tuve que levantar el mentón.
—Y eso… —dije con la voz rota— ¿qué significa?
Sonrió apenas.
Una sonrisa peligrosa.
—Que hoy te vas a ir así.
Señaló mi cuerpo con una lentitud obscena.
—Caliente.
Confundida.
Y completamente consciente de que nadie te había hecho sentir esto antes.
Se apartó.
Me dio la espalda.
—La puerta está abierta, Dolcezza.
Me quedé quieta.
Mi cuerpo temblaba.
No de miedo.
De deseo.
Cuando por fin caminé hacia la salida, su voz me alcanzó una última vez:
—Esto recién empieza.
Y supe, con una certeza brutal, que ya no había vuelta atrás.
Caminé hacia la salida.
Mi cuerpo obedecía antes que yo.
Cuando estaba por entrar al ascensor, su voz me detuvo.
—Te van a llevar a tu casa.
Me giré.
—Mi empleado te acompañará —continuó—. Y te va a dar un teléfono.
Sentí un latido fuerte.
—Ese va a ser el único número que vas a usar para hablar conmigo.
El ascensor estaba abierto.
Yo no me movía.
—No me llames hoy —dijo—. Quiero que pases la noche sintiendo.
Se acercó un paso más.
—Mañana… si seguís pensando en mí —susurró—, entonces sí.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Lo último que vi fue su mirada oscura, segura.
—Esto recién empieza, Dolcezza.
El ascensor bajó.
Y yo supe, con una certeza insoportable, que ya no era la misma mujer que había subido.
La puerta del departamento se cerró detrás de mí con un clic seco.
El silencio me cayó encima como una losa.
Apoyé la espalda contra la madera y cerré los ojos.
Recién ahí me di cuenta de que estaba temblando.
Respiré hondo.
Una vez.
Dos.
No sirvió.
Me saqué las zapatillas sin cuidado y dejé la cartera caer al piso. Caminé descalza hasta la cocina, abrí la heladera sin saber qué buscaba y la cerré de golpe. Todo me parecía ajeno. Demasiado quieto. Demasiado normal para lo que tenía adentro.
Me apoyé en la mesada.
El recuerdo de su voz me atravesó como un relámpago.
“No te voy a tocar. No todavía.”
Sentí un calor lento, profundo, que no tenía nada que ver con el alcohol ni con la costumbre. Era distinto. Incómodo. Vivo.
Me llevé una mano al pecho. El corazón me latía fuerte, desacompasado.
No estaba acostumbrada a sentir así sin que nadie me estuviera tocando.
Caminé hasta el dormitorio.
Me saqué la ropa casi con bronca, como si la tela fuera la culpable de algo. Me puse una remera vieja y me dejé caer en la cama.
El techo me devolvía la mirada.
Y en mi cabeza, él.
Su forma de mirarme sin apuro.
Cómo me había recorrido sin tocarme.
Cómo había sabido cosas de mí que yo nunca había dicho en voz alta.
Me giré de costado.
Apreté las piernas sin querer.
—Esto es ridículo —murmuré.
Pero mi cuerpo no escuchaba razones.
Me incorporé y caminé por el departamento, inquieta. Abrí una ventana. El aire frío me rozó la piel caliente y me hizo estremecer. Cerré los ojos un segundo.
Dolcezza.
Nunca nadie me había llamado así.
Nunca nadie me había hablado como si supiera exactamente qué botones apretar sin poner un dedo encima.
Me senté en el sillón y agarré el almohadón, apretándolo contra el abdomen como si pudiera calmar algo. No lo lograba. Cuanto más intentaba distraerme, más consciente me volvía de cada sensación.
De mi respiración.
Del pulso entre las piernas.
De esa necesidad sin forma.
Él había dicho que no lo llamara.
Y no podía.
Pero la idea del teléfono —ese teléfono— me quemaba la cabeza.
Me levanté y fui al baño. Me miré al espejo.
Tenía las mejillas encendidas, los ojos brillantes. No parecía yo.
—¿En qué te metiste? —me pregunté en voz baja.
La respuesta llegó sola, incómoda, honesta:
En algo que te despierta.
Me metí en la cama con las luces apagadas, pero el cuerpo no entendía de oscuridad. Cada vez que cerraba los ojos, lo veía a él. Su sonrisa mínima. Su voz segura. La forma en que había decidido por mí sin preguntarme… y cómo yo había aceptado.
No estaba mojada de deseo ciego.
Estaba tensa. Expectante. Abierta.
Eso era lo nuevo.
Eso era lo que me desbordaba.
Me giré boca arriba y dejé escapar un suspiro largo.
No me toqué.
No lo necesitaba.
La sensación estaba ahí, latiendo, recordándome que algo había cambiado.
Y mientras la noche avanzaba lenta, entendí con una claridad inquietante que lo peor no era desearlo.