4-
Después del anterior día, realmente estaba agitada. En mi pecho estallaba un torbellino de emociones, y si, todo era por Bruno.
A mí cabeza lo primero que vino, apenas desperté fue él.
Estaba ocupando mis pensamientos.
Pensé que era todo por la curiosidad de lo nuevo. Ya me había pasado de sentir algo que me movilizaba un poco, apenas conocía a un hombre nuevo.
Pero al instante se caían mis expectativas. Bueno, a decir verdad, ellos mismos las mataban. Y no hablo de su personalidad. Algunos realmente eran un buen partido.
Hablo de la otra cara...la sexual.
Ninguno me hacía calentar como Bruno. Y menos que decir, solo con palabras o mínimos roces.
Él venía a mi mente en el recuerdo de ese beso espontáneo y hacía subir mis niveles a mil.
Creo que tenía que ver con su actitud dominante...casi que no mostraba nada si se excitaba o no.
Me hacía desearlo como a una adicta desea a la droga.
Tenía que sacarlo de mi mente.
Marqué a Fernando, un ex compañero de universidad.
Abrí el celular sin pensarlo demasiado.
O tal vez sí.
Tal vez lo pensé demasiado y aun así lo hice.
Fernando apareció rápido en mi lista de contactos. Ex compañero de la universidad. Simpático. Inteligente. Siempre había tenido química conmigo. De esos hombres que saben besar, que saben tocar, que cumplen.
El tipo perfecto para sacarme a Bruno de la cabeza.
O eso creí.
Le escribí.
—Hola Fer. ¿Cómo estás?
No tardó ni un minuto en responder.
—Eva… qué sorpresa. Bien. ¿Vos?
Sentí una punzada de ansiedad.
Seguí.
—¿Te verías hoy?
Tres puntitos.
Siempre los tres puntitos.
—Claro. Decime dónde.
Apoyé el teléfono sobre la mesa y respiré hondo.
Esto era lo que hacía siempre.
Resolverlo rápido.
Un cuerpo nuevo, una noche, una distracción.
Me cambié de ropa con movimientos automáticos. Algo ajustado, algo que sabía que funcionaba. Me miré al espejo y por un segundo dudé. No porque no me viera bien. Porque no me sentía ahí.
El encuentro fue en su departamento.
Familiar. Seguro. Predecible.
Fernando me recibió con una sonrisa amplia y un abrazo que, en otro momento, me habría resultado cómodo. Esta vez me sentí rígida.
—Estás hermosa —me dijo.
—Gracias —respondí, pero mi voz sonó distante incluso para mí.
Nos sentamos. Hablamos un poco. Risas suaves. Recuerdos de la facultad. Todo correcto. Todo… plano.
Cuando me besó, cerré los ojos por costumbre.
Esperé la reacción.
La chispa.
Algo.
Nada.
Su boca era tibia. Su forma de tocarme, conocida. Correcta.
Pero mi mente traicionera se fue a otro lado.
A una voz grave.
A una mirada oscura.
A una orden que no había llegado.
Me separé apenas.
—¿Pasa algo? —preguntó Fernando, confundido.
—No… —mentí—. Estoy bien.
Volvió a intentarlo. Sus manos bajaron por mi cintura.
Y fue ahí cuando lo entendí.
No estaba presente.
Mi cuerpo estaba ahí, pero yo no.
Sentí una incomodidad creciente. Una urgencia que no tenía que ver con deseo, sino con escape.
Me aparté del todo.
—Perdón… —dije—. Creo que no debería haber venido.
—Eva… —empezó— ¿hice algo mal?
Negué con la cabeza.
El problema no era él.
El problema era que, por primera vez, no podía fingir.
—No sos vos —dije, y por primera vez en mi vida, era verdad—. Soy yo.
Me levanté, agarré la cartera y salí casi sin despedirme.
En el ascensor, apoyé la cabeza contra la pared metálica y cerré los ojos.
El vacío había vuelto.
Pero era distinto.
Porque ahora sabía qué lo llenaba.
Y no estaba ahí.
Saqué el celular.
Lo miré.
Pensé en ese otro teléfono. El que todavía no había usado.
Y entendí, con una mezcla de miedo y excitación, que ya no había marcha atrás.
Bruno no solo me había despertado el deseo.
Me había quitado la posibilidad de conformarme.
-Demonios...sal...sal de mi mente!
Pero no se iba. Y ni siquiera sabía quién era.
Bueno, sabía que tenía dinero. Pero ...¿a qué se dedicaba?
El teléfono que me dió seguía en mi mano.
No podía aguantar más.
Llamé al único número que estaba agendado.
Su voz pulsante sonó al otro lado de la línea.
-Eva
Un calor que luego se transformó en escalofrío me recorrió de pies a cabeza.
-Si...yo...bueno...
-Quieres verme
Me daba vergüenza admitirlo, Pero ¿qué más da? Me estaba carcomiendo por dentro
-Si- respondí tratando de sonar convencida.
-Entonces no debemos demorar nuestro encuentro. Ya estoy enviando a alguien por ti.
-¿Cómo sabes dónde estoy?
-Eva...yo lo sé todo.
Y colgó.
Cuando el ascensor llegó a planta baja ya estaba un auto negro espejado esperando aparcado en la puerta. De pie, junto a la puerta de acompañante trasera, el mismo hombre que me llevó aquella vez a su penthouse.
-Señorita - saludó con una voz gélida .
Subí, y respire profundo.
Me dejé llevar.
El auto avanzó en silencio.
Las luces de la ciudad pasaban rápidas por la ventanilla, pero yo apenas las veía. Tenía las manos apoyadas sobre mis muslos, quietas, como si cualquier movimiento pudiera delatar lo que me pasaba por dentro.
No sabía a dónde me llevaban.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no me importaba.
El hombre que manejaba no dijo una palabra. Era el mismo de antes. Correcto. Frío. Eficiente.
Eso me puso nerviosa.
Me acomodé en el asiento y cerré los ojos apenas un segundo. El recuerdo de la llamada volvió con fuerza.
¿Querés verme?
No me había preguntado por qué.
No había pedido explicaciones.
Había decidido.
El auto se detuvo.
Abrí los ojos.
No era el edificio del penthouse.
Tragué saliva.
Bajé cuando el hombre abrió la puerta. El lugar era distinto: más discreto, más oscuro, menos ostentoso. Un edificio antiguo, de fachada sobria. Nadie entraba ni salía.
—¿Dónde estamos? —pregunté, sin reconocer mi propia voz.
—Donde el señor quiere verla —respondió, simplemente.
El ascensor subió lento. Cada piso que pasaba sentía cómo el pulso me golpeaba más fuerte.
No era miedo.
Era anticipación.
Cuando las puertas se abrieron, él ya estaba ahí.
Bruno no se acercó.
No sonrió.
Me miró como si me hubiera estado esperando desde siempre.
—Llegaste rápido —dijo.
—Vos… me mandaste a buscar —respondí, casi a la defensiva.
Se acercó un paso. Solo uno.
Suficiente.
—Y viniste.
No era una pregunta.
Era una constatación.
Me recorrió con la mirada. No como antes. Ahora era más lento. Más serio.
Más consciente.
—Intentaste estar con otro —dijo de pronto.
Sentí el impacto en el pecho.
—¿Qué? —susurré.
—No funcionó —continuó—. Porque ya no estás ahí.. Debo confesar que me molestó un poco....
No supe qué decir.
No porque no tuviera palabras.
Porque todas me delataban.
Se acercó un poco más. No me tocó.
Nunca tan cerca había significado tanto.
—Esto es lo que va a pasar, Eva —dijo - Serás mía.
Y yo voy a enseñarte cómo.
Me sostuvo la mirada unos segundos más.
Luego se dio vuelta.
—Quedate —ordenó—. Sentate. Respirá.
—No hagas nada más.
Y entendí, con una claridad que me dejó sin aire.
Había vuelto para perder el control.
