Capítulo 3
Lyra sostenía la taza de metal vacía, sus dedos temblando levemente por el ardor persistente de la espinaplata.
Se giró lentamente para mirar a Cassian.
Por un instante, dudó de lo que había oído.
—¿Qué acabas de decir?
La expresión de Cassian no mostraba culpa ni disculpa alguna.
La tomó aparte, alejándola de las miradas agradecidas, llevándola a la sombra bajo el arco. Su voz era baja, con ese tono que se usa para apaciguar a alguien considerado irracional.
—Lyra, no armes una escena.
—A Serena le quedan solo trece noches.
Evitó la palabra morir, como si nombrarla pudiera volverla real.
Pero la absoluta certeza en sus ojos cortó más profundo que cualquier confesión.
—Tu madre te envía aquí para reunir bendiciones para ella.
—Que Serena reciba el mérito… es algo pequeño. No discutas con ella por eso, ¿de acuerdo?
Ante la palabra discutir, algo se desgarró en el pecho de Lyra.
—¿Algo pequeño? —una breve risa escapó de sus labios, fría como la escarcha sobre el vidrio—. La última vez, me pediste que no compitiera con ella por el Juramento de Compañeros que era legítimamente mío.
—Esta vez, me pides que no reclame el mérito de mis propias acciones.
Su voz era ronca, desgastada hasta la aspereza.
—¿Qué sigue?
—¿También me pedirás mi rostro, mi nombre, mi propia identidad… para entregárselos a ella?
El ceño de Cassian se frunció, y un destello de impaciencia rompió finalmente su fachada controlada.
—Lyra.
Su voz se endureció, cargada de autoridad.
—Siempre has sido la comprensiva.
—No puedes soportar que ella se vaya con arrepentimientos.
—Trece noches. Ten un poco más de paciencia.
Extendió la mano hacia su muñeca, como si quisiera devolverla a su papel de prometida obediente y sumisa.
Lyra retrocedió un paso, esquivando su contacto.
Lo miró con los ojos secos, donde solo quedaba una decepción que se enfriaba lentamente.
—Te lo he dicho una y otra vez… Serena no va a morir.
—Las pesadillas, las voces que dice escuchar… no son suyas.
La mirada de Cassian se volvió hielo.
—Basta —susurró, afilado—. No vuelvas a decir eso.
—Hablar así ahora suena como una maldición contra ella.
Lyra asintió levemente.
—Entonces, a tus ojos… incluso mi verdad es un pecado.
Se dio la vuelta y regresó al puesto de ayuda, continuando con el reparto del caldo caliente.
Sus movimientos seguían siendo medidos, su voz tranquila.
Pero la mano que sostenía el cucharón temblaba sin control.
Cuando terminó la labor benéfica, la noche había caído por completo.
Las calles de la ciudad vieja estaban húmedas y frías; las ruedas de los carruajes rechinaban sobre los adoquines como algo pesado arrastrándose sobre su corazón.
Lyra se recostó en el carruaje y cerró los ojos, pero no encontró paz.
Recordó la voz del Inframundo que le hablaba en sus sueños de infancia:
“Tu misericordia entre los vivos queda registrada en el Libro Lunar.”
“Aquellos que reciban tu gracia responderán con luz de velas y plegarias.”
“Cuando regreses a tu puesto, poseerás tu propia protección.”
Pero esta noche, Cassian había pronunciado el nombre de Serena en voz alta—en público, con calma—como si fuera una verdad indiscutible.
El Inframundo no era ciego.
El Segador no se equivocaba de nombres.
Quien no realizaba buenas acciones pero recogía su recompensa espiritual—
en las leyes más antiguas de los lobos, eso se llamaba robo de bendiciones.
Las bendiciones robadas traen represalias.
Las bendiciones robadas acortan las noches de vida de un lobo.
Lyra presionó una mano contra su pecho, donde un dolor crecía—hueco y punzante—como si garras invisibles rasgaran su interior.
Cuando regresó a la mansión Vale, más por costumbre que por esperanza, sus pasos la llevaron hacia la casa principal.
Pero al llegar al umbral, se detuvo.
Desde dentro brotaba la risa.
La de su padre. La de su madre. La de Serena.
Era como una hoja roma, serrando lentamente su compostura.
Se quedó fuera, dudando si entrar.
Entonces la voz de su madre cambió, cargada de una tristeza cuidadosamente representada.
—Serena… temo que nos queden tan pocas noches como esta.
La voz de Serena se quebró en un sollozo.
—Madre, no quiero morir… quiero quedarme con ustedes.
Su madre comenzó a llorar como si el mundo estuviera terminando.
—¡Madre Luna, por qué debes llevarte a mi hija más querida!
Mi hija más querida.
Lyra permaneció en el corredor, el frío atravesándola hasta los huesos.
Entonces escuchó a Serena preguntar entre lágrimas:
—Padre, tú estás en el Consejo… ¿no hay nada que se pueda hacer?
—Para que pueda quedarme… a tu lado.
Siguió un silencio pesado.
Luego, la voz de su padre, grave y cargada de dolor, respondió:
—La Vidente dijo la verdad… mi destino es perder a una hija.
Hizo una pausa, como si las palabras le costaran demasiado.
—Fui al antiguo Santuario Lunar.
—Me arrodillé durante siete noches.
—Si el destino exige que pierda a una… Serena, recé para que no fueras tú.
Lyra no se quebró.
No de inmediato.
Solo sintió que algo dentro de ella—algo que la había sostenido durante años—se desmoronaba en polvo.
La sonrisa que tocó sus labios fue silenciosa, un veredicto íntimo.
—Padre…
—En doce noches, tu deseo se cumplirá.
Se dio la vuelta y se alejó, sus pasos sin sonido, como si nunca hubiera estado allí.
