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Capitulo 4. Maximilian

El aire gélido de la noche en Chicago golpeaba mi rostro mientras observaba la ciudad desde el asiento trasero de mi auto blindado. La calma exterior era solo una fachada; por dentro, mi mente funcionaba a revoluciones peligrosas.

Había dejado que Vane saliera de L'Aube por su propio pie, permitiéndole creer, por un breve y patético instante que era libre. No quería ocasionar una masacre en medio de tanta gente inocente, esa rata asquerosa no lo valía.

Fue un movimiento calculado, ​pero dos horas después cuando el alivio de su supuesta huida lo había relajado, mis hombres lo interceptaron cuando estaba por entrar a su residencia. A estas alturas, Vane estaría aprendiendo que hay deudas que no se pagan con falta de palabra y disculpas balbuceadas por miedo.

Sin embargo, mi mente no estaba con él, toda mi atención estaba anclada en la imagen de esa preciosa chica de ojos grises, en la forma en que su frágil cuerpo temblaba bajo el peso de una fatiga que me resultaba casi dolorosa de presenciar y, sus ojos marcaban una profunda tristeza que era capaz de atravesarme.

​—Miller —dije sin apartar la vista de las luces de la ciudad.

​—Dígame, señor —respondió mi mano derecha desde el asiento del copiloto.

​—Quiero todo sobre ella. Nombre, dirección, registros académicos, deudas... hasta el nombre de su primer perro si es necesario. No quiero vacíos.

​—Está bien, señor.

​Asentí cerrando los ojos por un momento. No entendía este impulso.

He visto violencia y he visto miseria; he causado ambas cosas para proteger el imperio de mi padre. Pero la mirada de esa joven, esa mezcla de fragilidad y desolación, se había filtrado a través de mis defensas como un virus. Ella era un ángel atrapado en medio de una tormenta, y yo, el huracán que luchaba por no arrastrarla a mi mundo podrido.

**

​Las horas pasaron con la lentitud de una ejecución. Regresé a la mansión, saludé a mi madre con una máscara de tranquilidad y, le di las buenas noches a mi hermana, intentando que la sangre derramada de mis negocios oscuros no manchara su inocencia.

Estuve ansioso todo el rato que no tenía la información en mis manos, cuando finalmente el informe llegó era medianoche. ​Miller entró en mi estudio privado, su rostro habitualmente impasible, mostraba una sombra de duda.

​—Señor, tengo la información sobre la empleada de L'Aube —dijo dejando una carpeta sobre mi escritorio—. Se llama Sydney Anderson, estudiante de ingeniería con honores. Se ha estado matando con estudio y trabajo sin descanso para costearse la vida.

​Me incliné hacia adelante, devorando los datos en solo minutos.

Sydney, bonito nombre para tan linda chica, pero su triste vida me daban ganas de quemarlo todo.

​—Maximilian, hay más. El supervisor de la cafetería la despidió en el acto, le dio su pago y la echó a la calle como a un perro.

​Un gruñido escapó de mi garganta sin querer, el supervisor se sumaba a la lista negra de personas que lamentarían haber nacido.

​—Nuestros hombres la siguieron a distancia, tal como ordenó, pero hubo un problema. Dicen que, al salir de el callejón de su barrio, caminaba de forma extraña... encorvada, como si estuviera herida o demasiado débil para sostenerse. La perdieron de vista cerca de la estación del metro de la Línea Roja. Había un grupo de maleantes locales merodeando la zona.

La sangre se me congeló en las venas. De solo imaginarla sola y desamparada, el estómago se me revolvió como nunca antes. Me puse de pie con tanta violencia que la silla voló hacia atrás. El pánico, una emoción que creía haber extirpado de mi sistema hace años, me oprimió el pecho con garras de hierro.

No sabía por qué me importaba tanto, pero la idea de que alguien hubiera puesto una mano sobre ella de nuevo era una afrenta personal que no podía quedar sin respuesta.

​—¿Cómo que la perdieron? —mi voz era un susurro letal, más peligroso que cualquier grito.

​—Fue una zona de sombras, señor. Para cuando mis hombres rodearon la estación, ella ya no estaba en la superficie.

​—Preparen los coches. Todos —ordené, tomando mi chaqueta y revisando el arma que descansaba en mi cadera—. Si ella está herida, si alguien se atrevió a tocar lo que yo decidí proteger, no quedará un solo rincón de Chicago donde puedan esconderse.

​Salimos de la mansión como una horda de espectros vengadores, mientras el motor rugía en las calles desiertas, mi mente proyectaba imágenes horribles de lo que Sydney podría estar enfrentando en ese momento.

Una chica sola, exhausta, cargando con el dinero de su supervivencia en un barrio que devora a los débiles...

—Encuéntrenla —ordené por el radio a todas las unidades—. Quiero a Sydney Anderson de inmediato. Y si alguien se atrevió a tocarla, asegúrense de que suplique por el infierno antes de que yo termine con él.

​Cuando llegamos a la estación del metro, el lugar estaba vacío, solo el viento frio y las luces parpadeantes acompañaban el lugar como si estuviéramos en una película de terror.

Bajé las escaleras de tres en tres, ignorando el protocolo de seguridad. Miller y mis hombres estaban pisándome los talones, el ambiente olía a humedad y putrefacción.

​Escaneé el andén desierto con la desesperación de un náufrago, mis ojos buscaban cualquier rastro de ella: una mancha de sangre, un zapato gastado, el reflejo de ese cabello que había visto bajo las luces de la cafetería. Mi corazón martilleaba en mi pecho como nunca antes, sentía una sensación de urgencia que me asfixiaba.

Sydney no era nada para mí hace unas horas, pero ahora, en medio de la oscuridad de este túnel, se había convertido en el único punto de luz que importaba en todo este imperio de sombras.

​—¡Allí! —gritó uno de mis hombres señalando hacia el final del andén.

​Corrí como un loco empujando a mis hombres. Cada maldito segundo se sentía como una eternidad.

Ahí estaba: pequeña, indefensa, con la piel pálida. Yacía inmóvil, despojada del conocimiento frente a la indiferencia del mundo. Mi alma, si es que aún conservaba una, se contrajo ante la visión de su fragilidad. El ángel... mi ángel había caído, y la culpa de no haberlo evitado me quemaba por dentro.

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