Capitulo 5. Maximilian
Cuando vi aquel pequeño bulto con el uniforme manchado y piel pálida sobre el suelo frío, mi corazón, ese músculo que creía forjado en acero y sombras, sufrió un espasmo de puro terror.
No era una transacción fallida, mucho menos una amenaza de una familia rival; era ella. Sydney Anderson, la chica de los ojos grises que me había cautivado en solo segundos, el mundo se había empeñado en apagarla, en silenciarla de una forma cruel y ahora, yacía allí como un ángel cuyas alas habían sido arrancadas violentamente.
—¡Sydney! —exclamé y no reconocí mi propia voz.
Mi voz; habitualmente dura por los años en los que he estado en este mundo, se quebró al pronunciar su nombre.
Entonces me arrodillé a su lado, ignorando la suciedad del suelo de la estación. Sus manos, antes temblorosas por el cansancio en la cafetería, ahora estaban rígidas y cubiertas de raspaduras. Tenía el rostro marcado por la violencia: un labio partido y esa mejilla, la misma que Vane había golpeado, ahora lucía un tono purpura alarmante por los nuevos impactos. El odio que sentí en ese instante por los que le habían hecho esto fue una marea negra que amenazaba con devorar mi cordura.
Sin dudarlo, pasé mis brazos por debajo de su cuerpo para levantarla. Lo que sentí me dejó sin aliento: era ligera, dolorosamente ligera, como si sostuviera un puñado de plumas. La falta de sueño, las comidas saltadas para poder estudiar y el esfuerzo inhumano de sus turnos dobles habían consumido su cuerpo hasta dejar solo lo esencial.
Podía imaginar su dura vida, aunque quizás en el proceso me quedara corto. Toda la información que me fue suministrada dolía, mi pecho se contraia por ella, no lo entendía, yo creía estar muerto en vida, sin sentir estos sentimientos por una persona que solo he visto una vez, pero que es tan fuerte para aferrarse a mi corazón y yo tan débil como para dejarla ir está vez.
Apretándola contra mi pecho subía las escaleras de la estación a zancadas.
Mis hombres abrieron paso cuidando los alrededores, sus rostros reflejaban la tensión de ver a su líder perder el control de esa manera. Miller ya tenía la puerta del auto abierta y el motor en marcha.
Entré con ella en brazos, negándome a soltarla, permitiendo que su cabeza descansara en mi hombro su respiración era superficial, un hilo de vida que se aferraba a la existencia de esa vida cruel que ella había vivido, pero ya no más, ella ya no estaba sola.
—A casa —ordené—. Y que el médico de la familia esté allí antes de que crucemos el umbral. Si se retrasa un segundo... se quedará sin manos para ejercer.
El trayecto hacia la mansión fue un borrón de luces y furia contenida. Sydney representaba todo lo que mi mundo no era: esfuerzo honesto, sueños legítimos y una pureza que no conocía la traición. Era completamente inocente, ajena a mi mundo de mierda.
El hecho de que hubiera sido atacada por su miserable pago de la cafetería, ese sobre que representaba su alquiler y su comida, me revolvía las entrañas.
Cuando el coche se detuvo frente a la imponente fachada de nuestra mansión, no esperé a que Miller me abriera la puerta. Salí con ella en brazos, protegiéndola del viento cortante de la noche.
Caminé con firmeza hacia la entrada principal, sintiendo cada una de sus costillas a través de la chaqueta gastada.
Al entrar, el silencio sepulcral de la casa se rompió por el sonido de mis pasos rápidos sobre el mármol. Mi madre, que solía esperarme en el salón con su elegancia imperturbable, se puso de pie de inmediato.
—¡Maximilian! ¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado? —su voz, siempre calmada, se tiñó de una alarma genuina al ver la sangre en el uniforme de la chica y mi rostro desencajado.
—La encontraron en el metro, madre. La asaltaron —respondí sin detenerme, subiendo las escaleras hacia la habitación de invitados más cercana.
Mi madre me siguió, sus ojos escaneando la fragilidad de Sydney con una mezcla de horror y compasión. Ella sabía que cuando su hijo se interesaba por algo de esta manera, el mundo solía temblar, pero esta vez era diferente.
Ella no era un trofeo de guerra; era una herida abierta en medio de nuestro imperio de sombras.
—¡Por Dios, Maximilian, es solo una niña!—exclamó mi madre al acercarse y ver cómo sus manos colgaban lánguidas, revelando la palidez extrema de sus muñecas.
—Lo sé, madre. Lo sé —dije, depositándola con una delicadeza infinita sobre las sábanas de seda, que parecían demasiado lujosas para la brutalidad que acababa de sufrir.
Me quedé allí, de pie, observando cómo mi madre humedecía un paño para limpiar la sangre de su rostro mientras esperábamos al médico. Sydney seguía inmóvil; un ángel roto en una cama de lobos. Al verla rodeada de nuestras sábanas de seda, entendí que mi existencia ya no se trataría solo de defender un imperio de sangre.
A partir de hoy, mi prioridad absoluta sería asegurar que nadie volviera a trizar su estructura. El mundo pagaría por cada uno de sus moretones, y yo me encargaría de cobrar esa deuda con intereses.".
