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Capitulo 3. Sydney

​El eco de la voz de aquel desconocido aún vibraba en el aire denso de la cafetería, una nota grave y autoritaria que parecía haber congelado el tiempo.

Mi agresor, el hombre que hace un instante descargaba su desprecio sobre mí, se había marchado como un animal apaleado tras balbucear una disculpa vacía. Me quedé allí, de pie entre el desastre de café y el postre, sintiendo el ardor punzante en mi mejilla y el temblor incontrolable de mis manos.

​Levanté la vista hacia el hombre que me había defendido, su presencia era abrumadora; vestía con una elegancia que gritaba peligro y poder, pero sus ojos, al mirarme, habían perdido la dureza gélida con la que enfrentó a Vane.

Por un segundo, el mundo se detuvo, quise decir algo en agradecimiento, pero mi garganta estaba seca y mi mente seguía nublada por el agotamiento de días sin dormir.

​—Gracias... de verdad, muchas gracias por lo que hizo —logré articular.

​Él me preguntó si estaba bien con una suavidad que parecía fuera de lugar en alguien que irradiaba tanta fuerza. Sentí el impulso de abrazarlo y acurrucarme debajo de su abrigo, sentía que necesitaba protección o algo de que aferrarme, incluso sentía que podía aceptar cualquier ayuda que ofreciera, pero la realidad de mi vida me golpeó con la misma fuerza que la bofetada anterior.

​—Tengo que... tengo que seguir trabajando —dije más para convencerme a mí misma que a él.

Me agaché mecánicamente para recoger los trozos de la vajilla rota ignorando el dolor en mis rodillas. No podía permitirme el lujo de la debilidad; necesitaba este empleo para terminar mis estudios. ​Me alejé de él sin mirar atrás, temiendo que si no lo hacía, me derrumbaría allí mismo.

Fui a la cocina por suministros de limpieza, tragándome el nudo en la garganta y la vergüenza. No me permití llorar, las lágrimas eran un desperdicio de energía que ya no tenía. ​Cuando regresé al salón, mi supervisor, el mismo que se había escondido mientras Vane me golpeaba, me estaba esperando. Su rostro estaba rojo de ira, no contra el agresor, sino contra mí.

​—¿En qué estabas pensando, Anderson? —me espetó arrastrándome hacia el área de empleados—. Has causado una escena bastante vergonzosa, has ofendido a un cliente importante y, por si fuera poco, has involucrado a... a gente con la que no deberíamos cruzarnos.

​—Él me golpeó —me defendí sintiendo una chispa de indignación—. Solo tropecé porque estoy exhausta y...

—No me importan tus excusas de mierda. Tu vida de estudiante muerta de hambre no debe interferir con el negocio —me interrumpió, lanzándome el sobre con rabia al pecho—. Aquí tienes tu pago. Estás despedida, no quiero volverte a ver por aquí; ni a ti, ni a tus "protectores".

​El impacto del sobre contra mi pecho fue el punto final.

Un año de turnos dobles, de aguantar humillaciones y de oler a café quemado todo el día, terminado en un segundo. Tomé el sobre con los dedos rígidos, ese era mi alquiler, mi comida y mis libros de estudio. Era todo lo que tenía.

​Salí de la cafetería con el uniforme aún manchado, el aire de la tarde en Chicago era frío y cortante, ajusté un poco mi suéter desgastado a mi cuerpo y caminé con la cabeza baja, apretando el sobre contra mi costado que estaba dentro del bolsillo de mi chaqueta.

Mi barrio no era precisamente el más seguro, menos a estas horas cuando las sombras se alargan y el cansancio te vuelve un blanco fácil. ​Sentía que los edificios se cerraban sobre mí, mis piernas, que antes se sentían como troncos viejos, ahora apenas me sostenían.

El cerebro me zumbaba como si tuviera un corazón dentro de mi cabeza, todo era una mezcla de... hambre, falta de sueño, cansancio extremo y el trauma reciente.

Estaba tan perdida en mis pensamientos que no me di cuenta cuando dos figuras se materializaron en el callejón oscuro, cerrándome el paso de golpe. Eran tipos que apestaban a alcohol y malicia; mis sentidos, embotados por la fatiga, tardaron demasiado en reaccionar.

​—Danos lo que llevas en la chaqueta, preciosa —dijo uno con una sonrisa que mostraba dientes faltantes.

—No tengo nada, solo estoy de paso por aquí—dije tratando de sonar segura.

​—No lo hagas difícil—dijo el otro que tenía los ojos rojos.

​Entonces se lanzaron sobre mí, el instinto de supervivencia, ese que me había mantenido despierta estudiando termodinámica durante tres noches, se activó de forma desesperada. Me resistí, no era solo dinero; era mi esfuerzo, mis noches en vela, mi oportunidad para salir de este agujero.

Forcejeé, pateé y grité, pero ellos eran más fuertes.

​Un puñetazo aterrizó en mi estómago sacándome el aire, luego otro en la misma mejilla que Vane había golpeado; caí al suelo, sintiendo el cemento frío contra mi piel. Me patearon las costillas mientras me arrebataban el sobre, el dolor fue una explosión que me nubló la vista.

​—¡Maldita perra, te dijimos que no lo hicieras difícil! —gruñó uno antes de salir corriendo, dejándome allí tirada.

​Me quedé allí un tiempo que no supe medir, respirando el polvo de la calle. Tenía que levantarme como pudiera, si me quedaba aquí, moriría.

Pensé en mi examen de cálculo, en las fórmulas que despejé con tanto esfuerzo, me pareció una ironía cruel que supiera tanto sobre la resistencia de los materiales, pero tan poco sobre la mía propia.

Con un esfuerzo sobrehumano me puse de rodillas, el dolor en el costado era insoportable; probablemente tenía una costilla rota. Aún así arrastré los pies hacia la dirección donde sabía que estaba la estación del metro más cercana, cada paso era una agonía, un recordatorio de que mi vida parecía estar hecha de cristal y alguien acababa de arrojarle una piedra enorme.

​Llegué a la entrada de la estación, las luces fluorescentes parpadeaban hiriéndome los ojos. Bajé los escalones apoyándome en la barandilla, sintiendo que el mundo empezaba a dar vueltas.

El zumbido en mi cabeza se convirtió en un rugido sordo, solo ​avancé unos metros por el andén desierto. Mi visión se volvió borrosa, más de lo que ya estaba por las lágrimas y los golpes, el aire me faltaba y tenía mucho frío.

​Mis rodillas cedieron finalmente. Antes de que el impacto contra el suelo frío de la estación borrara todo, la voz clara y fuerte de aquel hombre de la cafetería resonó en mi mente.

Ninguna mano conocida se extendió para salvarme; solo la oscuridad me recibió mientras el mundo desaparecía por completo.

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