
Sinopsis
Sydney Anderson es una estudiante de ingeniería y Máximilian Humboldt es un poderoso mafioso, sus caminos se cruzan tras un altercado en una cafetería. Lo que empieza como un encuentro fortuito se convierte en una tragedia cuando ella es arrastrada al mundo de la mafia. Tras un año desaparecida, Sydney regresa transformada en una mujer letal para reclamar su libertad. Juntos, deberán enfrentar una sangrienta red de traiciones y venganza para descubrir que el amor, como el diamante, solo se vuelve indestructible bajo una presión extrema.
Capitulo 1. Sydney
Mi reflejo en el espejo del baño no mentía, aunque yo deseara fervientemente que lo hiciera. Mis ojeras no eran simples sombras; eran dos manchas profundas de un tono violáceo que delataba las tres noches seguidas que pasé descifrando el comportamiento de los fluidos y la termodinámica.
Tenía el rostro cansado, pero mi alma estaba literalmente agotada.
—Solo dos más, Sydney —susurré mientras intentaba cubrir las ojeras con corrector—. Dos exámenes y serás libre... al menos por hoy. En un año, si sigo esforzándome, podré graduarme. Ya falta poco.
Entré al aula de clases con el cerebro zumbando, sintiendo que si parpadeaba demasiado lento, mis ojos se cerrarían en menos de lo que canta un gallo. Las hojas de papel frente a mí se sentían como un laberinto que no iba a poder resolver tan pronto.
Entonces garabateé fórmulas, despejé incógnitas y entregué los exámenes sintiendo que mi alma se había quedado pegada al examen de cálculo.
Luché por hacerlo lo mejor que pude, aunque el cansancio estuviera pasándome factura. No sabía si los había aprobado, pero esperaba que así fuera, necesitaba mantener la beca.
En momentos como este dónde me siento muy ansiosa, necesito café, pero del que yo no tengo que servir.
***
Dos horas más tarde, llegué a la cafetería "L'Aube" justo a tiempo para ponerme el uniforme. Odio este lugar, odio el olor a café repasado en exceso y, odio la falsa cortesía que debo mantener frente a personas que gastan en un postre mas de lo que yo gano en tres días.
Tenía que conservar este trabajo como fuera posible, porque era el único sitio que respetaba mis clases de ingeniería.
—¡Anderson, mesa cuatro, ahora! El señor Vane no tiene todo el día —escupió mi supervisor.
Odiaba a mi supervisor, por supuesto que hay más trabajadores, pero siempre tenía que ser yo quien atendiera la mesa de ese cerdo. Tenía las piernas tan rígidas que sentía que ya no eran parte de mí, entonces tomé la bandeja con el pedido: soufflé y un café expreso doble.
Salí de la cocina sintiendo el peso de mis pies, casi que los arrastraba, entendí que estaba flaqueando por la falta de sueño.
Mis zapatos gastados por un año de turnos dobles, resbalaron con una mancha de agua casi invisible. El mundo se movió en cámara lenta, intenté equilibrar la bandeja, pero mi cuerpo no respondió; el agotamiento me robó los reflejos y finalmente sucedió lo inevitable.
La bandeja voló por los aires y el café caliente aterrizó sobre el traje gris impecable del hombre sentado en la mesa. El silencio que siguió fue aterrador, quería que la tierra me tragara y me escupiera en otro planeta.
El señor Vane no reaccionó de inmediato; se quedó rígido aguantando el ardor, miró la mancha oscura que se extendía por su pecho adornando su camisa blanca y que probablemente costaba más que mi salario de un mes. Sus dedos adornados con anillos de oro, se cerraron en puños tan apretados que sus nudillos se tornaron blancos.
Lentamente subió la mirada hacia mí, sus ojos no tenían rastro de humanidad; eran dos pozos de puro odio, se puso de pie y me dijo:
—¿Eres estúpida o simplemente incompetente? —rugió, su voz hizo eco en el lugar—. ¡Mira lo que has hecho, basura! Este traje cuesta más de lo que verás en toda tu miserable vida.
—Lo siento tanto, señor... yo... déjeme limpiarlo... —
mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener el pañuelo. Me acerqué, un error fatal nacido del pánico, intenté desesperadamente enmendar lo irreparable.
—¡No me toques con tus manos asquerosas! —gritó y su rostro se torno rojo.
Antes de que pudiera reaccionar, sentí el impacto de su mano en mi mejilla, fue una bofetada seca, cargada de un desprecio que dolió más que el golpe físico. Mi rostro giró violentamente, apenas pude mantenerme en pie, entonces el sabor metálico de la sangre inundó mi boca.
El ardor comenzó a extenderse por mi mejilla, pero las lágrimas, por más que luché por contenerlas por días de estrés, finalmente se desbordaron. El restaurante entero se quedó en silencio; nadie se movía, nadie decía nada, parecía que todo se congeló.
El poder de ese hombre los mantenía a todos como estatuas de sal.
—Deberías estar agradecida de que solo te golpee —dijo acercándose—. Voy a disfrutar ver cómo te echan a la calle. Voy a encargarme de que no vuelvas a servir ni un vaso de agua en esta ciudad; tus asquerosas manos no sirven para nada más que para estorbar. Eres una maldita muerta de hambre que no sabe cuál es su lugar.
Decir que sus palabras cargadas de odio y desprecio me daban igual sería mentir, me dolían en lo más profundo de mi ser, toda mi vida ha estado llena de abusos y malas palabras. Al parecer estoy pagando el precio solo por existir.
Vane levantó la mano nuevamente, como si el primer golpe no hubiera sido suficiente para saciar su alma retorcida. Cerré los ojos esperando el impacto, pero este nunca llegó, en su lugar, el aire pareció congelarse... entonces resonó en el sitio una voz masculina, clara y fuerte.
—Suficiente.
La voz no fue un grito, era una voz profunda, cargada de una autoridad tan gélida que me obligó a abrir los ojos por la sorpresa. A través de mi visión borrosa por las lágrimas, vi a alguien dar un paso al frente. No era un mesero, ni mi jefe que se encogía de miedo en una esquina, era un hombre cuya sola presencia obligó al agresor a dar un paso atrás.
Yo no sabía quién era él, estaba sentado en la mesa de la esquina, esa que quedaba cerca de la ventana. Era la primera vez que lo veía en la cafetería, pero tampoco entendía por qué se tomaba la molestia de defender a alguien tan insignificante como yo.
—Disculpese—ordenó el desconocido con una calma que me dio escalofríos—. Ahora.
