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Capítulo 2. Maximilian

No elegí este imperio por gusto o voluntad; lo heredé sobre la sangre de mi padre y lo sostuve con la mía. Ser un Humboldt no es un título nobiliario: es una sentencia de vigilancia perpetua, una cruz de la cual no me podré deshacer.

Estoy condenado a una vida en la que dormir poco se hizo costumbre y en la cual debo ser astuto, es mi cabeza, la de mi madre y hermana la que están en juego y es algo que no tiene negociación. Mi vida se resume en el control absoluto de las negociaciones, en la anticipación del movimiento ajeno y en la supresión de cualquier rastro de debilidad.

Sin embargo, cuando llego a casa y veo a mi madre en el jardín o escucho la risa despreocupada de mi hermana pequeña, recuerdo por qué acepto vivir en las sombras. Ellas son lo único puro que queda en mi vida, y por ellas, soy capaz de quemarlo todo si es necesario.

Esa tarde, el aire en la ciudad se sentía denso, cargado de una electricidad que precedía a una tormenta o a una ejecución. Yo buscaba lo segundo, habíamos rastreado a "la rata", un tipo bastante escurridizo que creía poder robarme sin que yo lo notara.

Había pasado semanas ocultándose, saltando de madriguera en madriguera, pero nadie se ocultaba de mí para siempre y salía ileso.

Lo habíamos localizado en L'Aube, una cafetería de prestigio donde las apariencias adornaban el entorno mientras las almas se condenaban. No solía buscar a los traidores personalmente, pero este en particular no iba a poder pagarme ni con su miserable vida.

​—Está en la mesa cuatro, señor —susurró Miller a través del auricular.

Entonces tomé asiento en una de las mesas de la cafetería donde podía observarlo todo, quería ver un poco antes de llevar a cabo mis planes. Estaba a tres mesas de la rata asquerosa y mis hombres estaban distribuidos estratégicamente, todos camuflados para no levantar sospechas.

​Vane.

Ese era su nombre. Un hombre que se jactaba de su importancia en los círculos sociales, pero que para mí no era más que un parásito a punto de ser aplastado. Lo vigilaba con una paciencia depredadora, quería que sintiera mi presencia antes de que el mundo le cayera encima.

No quería que simplemente desapareciera; quería que entendiera que nadie me traiciona y menos juega con la palabra, para mí, la palabra tiene peso, demasiado diria yo. En mi mundo es la ley y, ahora yo era el ejecutor jugando con su presa, estaba listo para dar la señal y entrar en acción, cuando ella entró en mi campo de visión.

​Al principio, solo era una figura femenina moviéndose entre las mesas, una empleada más en ese lugar de porcelana y pretensiones. Algo en su forma de caminar me obligó a ajustar el enfoque, se veía exhausta.

Incluso desde la distancia, podía percibir que arrastraba los pies con una fatiga que iba más allá de lo físico. Era una fragilidad que contrastaba violentamente con la opulencia del lugar.

La vi acercarse a la mesa de Vane, llevaba una bandeja que parecía pesarle más que el mundo mismo y por un segundo, olvidé a la rata.

Entonces observé su rostro, mi error, ella tenía una belleza cruda, sin duda era hermosa, a pesar de las sombras violáceas que delataban noches en vela. Sus preciosos ojos eran de un tono grisáceo, profundos y enigmáticos, con una mirada cargada de una tristeza envolvente. De pronto, quise saberlo todo de ella.

Parecía un ángel atrapado en el purgatorio, obligada a servir a demonios vestidos de seda. El tiempo se detuvo y me di de cuenta que estaba atrapado.

​Vi el momento exacto en que sus pies fallaron, fue un deslizamiento mínimo y la gravedad hizo el resto. La bandeja voló y el contenido... café y el postre...se estampó contra el traje de Vane.

​—Mierda —mascullé entre dientes.

​Vane se levantó como un volcán en erupción, pude escuchar como la llamó..."Estúpida", "Incompetente", "Basura". Palabras que escupía con una saña que me hizo apretar los puños hasta que los nudillos se tornaron blancos.

Ella estaba temblando, humillada, intentando limpiar el desastre con manos que no dejaban de agitarse. Era una presa fácil frente a un depredador de pacotilla y, entonces, sucedió lo imperdonable.

​Vane levantó la mano y la golpeó. El sonido del impacto pareció retumbar en mis propios oídos, vi cómo su rostro giró por la fuerza de la bofetada, vi cómo el brillo de las lágrimas empezaba a nublar esos ojos grises que, segundos antes, me habían cautivado y, sobretodo observé como su labio sangraba.

Vane, vane, vane...

Me la has puesto más fácil aun. Ahora, el plan, la rata y la prudencia se fueron al infierno.

​Algo se encendió en mi pecho, una furia antigua y visceral que no tenía nada que ver con los negocios. No podía permitir que ese desperdicio de hombre pusiera una mano encima de ese ángel. No en mi ciudad y mucho menos frente a mis ojos.

​—Señor, ¿qué hace?

La voz de Miller sonó alarmada en mi oído cuando me levanté y caminé directamente hacia la mesa. No respondí, no necesitaba hacerlo.

​Vane seguía allí, inclinado sobre ella, amenazándola con destruir su vida, regodeándose en su pequeño momento de poder sobre alguien que no podía defenderse.

​—Deberías estar agradecida de que solo te golpee —dijo acercándose a ella—. Voy a disfrutar ver cómo te echan a la calle. Voy a encargarme de que no vuelvas a servir ni un vaso de agua en esta ciudad; tus asquerosas manos no sirven para nada más que para estorbar. Eres una maldita muerta de hambre que no sabe cuál es su lugar.

Cuando ví que nuevamente tenía la intención de golpearla intervine.

​—Suficiente.

​No grité, no era necesario. El tono de un Humboldt lleva consigo el peso de los cementerios que hemos llenado por años. Me acerqué un poco más e ignoré las miradas de terror de los otros comensales.

Cuando me detuve frente a Vane, todo parecía haberse congelado, él era un hombre alto, pero a mi lado parecía encogerse. Su arrogancia se transformó en duda y luego, en un miedo gélido cuando reconoció quién estaba frente a él.

Mis hombres ya habían entrado detrás de mí, flanqueando la salida. ​Me permití mirar a la chica por un segundo, ella estaba rota, temblando y con la mejilla encendida por el golpe. Me dolió verla así.

Quise decirle que ya no tenía que tener miedo, que el monstruo ahora tenía un dueño.​Volví mi atención a Vane, mi presencia lo obligó a retroceder un paso, tropezando con su propia silla.

​—Disculpese—ordené con calma—. Ahora.

​—Maximilian... yo... no sabía que esta empleada era de su... —empezó a tartamudear, tenía el rostro pálido como el papel.

​—No me importa lo que sepas o dejes de saber —lo interrumpí y di un paso más hacia su espacio personal—. Has golpeado a una mujer en mi presencia. Has manchado este lugar con tu ordinariez, pide disculpas o asegúrate de que tu testamento esté en orden antes de que termine el día.

​Vane tragó saliva, el sudor perlaba su frente, entonces miró a la chica, luego a mi y entendió que su vida colgaba de un hilo.

​—Lo siento —balbuceó él mirando al suelo—. Lo siento mucho... yo no debí...

​—A ella —le recordé—, mírala a los ojos y pídele perdón por ser el animal que eres.

Vane se giró hacia la joven que me observaba con una mezcla de desconcierto y terror.

​—Perdóname —dijo casi en un susurro.

​—Fuera de aquí —le ordené sin quitarle la vista de encima—. Si vuelvo a verte en este distrito, o si intentas cumplir una sola de tus amenazas contra ella, te encontrarán en pedazos en el muelle.

​Vane no necesitó que se lo dijeran dos veces. Salió tropezando del lugar, seguido por las miradas de desprecio de mis hombres. La rata creía que había escapado, el mensaje estaba enviado y pronto lo tendría de nuevo en mis manos. Ahora, el problema real estaba frente a mí.

​Me giré hacia la chica, seguía allí de pie entre los restos de la comida y el café , luciendo tan pequeña y frágil a la vez. Mi instinto me pedía que la envolviera en mi abrigo y la sacara de este lugar, pero sabía que mi sola presencia era peligrosa para alguien tan pura.

​—¿Estás bien? —le pregunté.

Mi voz, por primera vez en años, perdió su filo cortante para intentar encontrar una suavidad que creía olvidada.

Ella me miró y en ese contacto visual, supe que mi vida acababa de cambiar. Ya no me importaba el imperio, ni las deudas de sangre, ni los hombres escurridizos, solo quería saber el nombre de la mujer que, incluso en su peor momento, brillaba más que cualquier estrella en mi oscuro firmamento.

​Había ido a ese lugar a cazar a una rata, pero había encontrado algo por lo que valía la pena quemar el mundo entero.

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