4. No me dejes ir
“Es mejor retirarse y dejar un bonito recuerdo que insistir y convertirse en una verdadera molestia. No se pierde lo que no tuviste, no se mantiene lo que no es tuyo y no puedes aferrarte a algo que no se quiera quedar. Si eres valiente para decir ‘ADIOS’ la vida te recompensará con un ‘HOLA’…
—SCARLETT SMITH”
Celina Torres sentía que cada paso que daba la desgarraba por dentro. Su corazón latía con fuerza, pero la traición silenciosa de Dante la hacía dudar de cada impulso, de cada esperanza. Sus pies parecían no responderle, como si la madera del piso del vestíbulo hubiera echado raíces, impidiendo que se alejara. Cada respiración era un esfuerzo, cada latido un recordatorio cruel de que él no estaba allí para detenerla, para decirle que la amaba de verdad.
«Por favor… detente…»
«No me dejes ir…»
El click de la puerta al cerrarse resonó como un martillo sobre su pecho. Celina se dejó caer, con la espalda apoyada en la fría superficie de la madera y la cabeza hacia atrás. Lágrimas traicioneras recorrieron su rostro, mezclándose con la impotencia y el vacío que sentía. Todo había terminado. Dante no la había detenido, no había dicho una palabra que calmara el desgarro de su corazón.
Golpeó suavemente su cabeza contra la puerta, esperando una señal de arrepentimiento que no llegaba. «Qué estúpida… qué ingenua fui al creer que él me amaba…» pensó, sintiendo cómo su mundo se derrumbaba a cada instante.
«Está claro que él no ama a nadie… y si ama a alguien, no soy yo.»
Aún así, su corazón traicionero recordaba los momentos felices, los que antes habían iluminado su vida con la calidez del amor. Recordó el primer beso con Dante, inesperado y torpe, pero perfecto en su sinceridad; el roce de sus manos cuando él la había tomado de la suya por primera vez; sus risas compartidas caminando bajo la lluvia, empapados pero felices, mientras Celina se apoyaba en su hombro.
Cada recuerdo le quemaba como ácido. Por un instante, el deseo de volver, de correr hacia él y gritar que no podía soportar esta separación, luchaba contra la necesidad de mantener su orgullo intacto.
Levantarse del suelo fue una proeza de voluntad. Sus piernas temblaban, pero la soledad le otorgó una fuerza extra, un impulso silencioso que le permitió incorporarse. Tenía que seguir. No había marcha atrás. Una parte de ella quería abrir la puerta y dejarse envolver por los brazos que nunca aparecieron para consolarla. Pero no lo haría.
Tomó su pequeña maleta, la única compañía que podía controlar, y dio una última mirada al departamento de Dante. La esperanza, traicionera como siempre, seguía allí: esperaba que la puerta se abriera, que él apareciera con sus ojos azul zafiro brillando de sorpresa y ternura. Pero nada ocurrió. La puerta permaneció cerrada. Celina comprendió que la realidad era cruel y que la esperanza no siempre es confiable es más. Tener esperanzas es lo más cruel del mundo para quien lo ha perdido todo y se aferra a ella.
Su aspecto era desastroso: el maquillaje corrido, el cabello desordenado, el vestido arrugado, la expresión desencajada. No importaba. Lo único que deseaba era alejarse lo más posible de ese amor que le había dado tanto y le había quitado aún más.
Por lo que caminó; sin rumbo fijó. Sin un destino al cual dirigirse. Si alguien la ayudo a llegar a la puerta del departamento de Mariam no lo recordaba o simplemente no habia prestado atencion
—Celina… —La voz de Mariam llegó a ella como un faro en la oscuridad.
La escuchó desde la distancia y, con un esfuerzo sobrehumano, giró para verla. Mariam estaba allí, con la preocupación dibujada en cada línea de su rostro, y su sola presencia le devolvió un poco de claridad.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Mariam, acercándose con pasos apresurados—. ¡Estás hecha un desastre! ¿Qué pasó? ¿Dante sabe que estás así?
Celina no respondió. Sus lágrimas eran más fuertes que sus palabras, y la impotencia de no poder explicarse le nublaba la mente. Solo logró decir en voz baja que se encontraba bien.
—¡No! —exclamó Mariam, abrazándola con fuerza—. No puedes decirme que todo está bien. ¡No lo estás! Dime qué pasó. ¿Te lastimaron? ¿Quieres que vayamos al médico? —su voz temblaba, pero no soltaba a Celina.
—No… simplemente… no me sueltes —susurró Celina, dejando que el llanto la consumiera.
Mariam se quedó en silencio, comprendiendo que ninguna palabra podía aliviar el dolor que sentía Celina. Solo podía sostenerla, compartir ese llanto silencioso, ser el refugio que ella necesitaba en ese momento.
Entre sollozos, Celina recordó otros momentos con Dante: la primera y única vez que la abrazó cuando tuvo miedo viendo una película de terror una tarde lluviosa en casa; o en aquella tarde en que él insistió en acompañarla a recoger sus exámenes, y aunque parecía un acto trivial, para ella significaba que él su persona más importante se preocupaba por su mundo. Cada recuerdo le dolía como un filo, y a la vez, le recordaba lo mucho que había amado.
Pasaron horas que se sintieron eternas. Mariam nunca la soltó, compartiendo su silencio y su llanto, su calor y su fuerza. Finalmente, con cuidado, la llevó a su casa y de ahí a su habitación, la recostó y la arropó. Celina y las chicas eran su única familia ahora, su hogar emocional. Desde que se independizó para perseguir su sueño, había perdido contacto con sus padres, quienes habían cortado toda comunicación para “enseñarle una lección” sobre lo dura que podía ser la vida. Pero las chicas nunca la dejaron sola.
Mariam observó el rostro de Celina, aún marcado por la tristeza a pesar de que dormía, y sintió un dolor profundo. Esa noche, alguien había roto la alegría de su amiga, sino la confianza de Celina al dejarla en ese estado tan deplorable. Mariam sabía que el corazón de una de sus más queridas amigas estaba hecho pedazos, y aunque dormía, su respiración temblorosa revelaba que no había encontrado consuelo.
Mariam sabía que debía averiguar qué había pasado, pero primero debía asegurarse de que Celina estuviera segura. Por lo que tras ver operarse de que ella dormía profundamente cerró la puerta de la habitación, dejando a su amiga envuelta en un sueño inquieto, protegiéndola del dolor que todavía flotaba en el aire.
