
Sinopsis
Un amor que llegó tarde. Un silencio que lo destruyó todo. Un nuevo comienzo imposible de ignorar. Dante lo tenía todo… menos el valor de confesar su amor a tiempo. Celina fue su gran amor, la mujer que marcó su vida y a la que perdió por callar cuando debía luchar. Una decisión no tomada, una despedida inevitable y una culpa que no lo deja respirar. La noche de su último vals con Celina en su boda con otro hombre que no era él, Dante toca fondo. Su corazón se rompe por completo lo que hace que tome la decision de marcharse. No sin antes recordar como fue que perdió al amor de su vida.
Prólogo: El amor que dejé ir.
Era guapo, rico, exitoso… un hombre que lo tenía todo. Pero nada importaba. Su corazón estaba vacío, un hueco profundo que ninguna fama, ni dinero, ni reconocimiento podía llenar. Ese vacío lo consumía día tras día, como un fuego que no se apagaba, lacerando su alma con cada recuerdo, con cada suspiro que escapaba de sus labios sin quererlo.
«Si tan solo no hubiera dado por sentado tantas cosas… todavía estarías aquí, alegrando mis días».
Cada palabra, cada gesto, cada silencio de ella seguían grabados en su memoria, como cicatrices invisibles que dolían más con el tiempo. Recordaba aquel día como si hubiera ocurrido ayer. La suavidad de sus manos, la fuerza silenciosa de sus ojos y aquel murmullo que quebró su mundo:
—Lo siento —había dicho ella, su princesa, antes de salir del departamento y de su vida para siempre.
«Lo siento». Cómo odiaba esas palabras. Él siempre las había pronunciado para disculparse por errores pequeños, simples, triviales. Y ahora esas mismas palabras eran su condena, el recordatorio cruel de que había perdido lo más importante sin posibilidad de retorno.
Su sonrisa, aquella que había ocultado tantas lágrimas, venía a su mente como un eco de dolor:
—Entiendo, Dante… si no se puede, no se puede. Será en otra ocasión.
Era una máscara de fortaleza que él, tan ciego, nunca supo leer. Ahora la realidad lo golpeaba sin piedad. Cada logro, cada reconocimiento, cada centavo en su cuenta bancaria… de nada servían sin ella. La mujer que había hecho infeliz por egoísmo.
Sí, egoísta. Cabeza dura. Dante Carbajal, el afamado neurocirujano, un hombre brillante en su profesión pero ciego en el amor. Un hombre que nunca supo valorar lo que tenía frente a sus ojos. Nunca habría alguien que se entregara así, capaz de sacrificarlo todo, incluso su propia felicidad, por él. Durante años, había recibido de ella cariño, comprensión y paciencia, y él nunca supo devolver nada. Ahora pagaba caro cada error, cada omisión.
El dolor más grande era verla con otro hombre. Alguien que le ofrecía sonrisas, abrazos y atenciones que él nunca había sabido dar. Él, que cancelaba citas, ignoraba sus problemas, tachaba sus sueños de tonterías. Todo lo que Celina había pedido… Dante nunca lo hizo.
Ahora solo podía observar. Verla feliz mientras él… solo tenía el vacío de su ausencia.
Si había alguien a quien culpar, era a sí mismo. Solo él permitió que otro ocupara el lugar que debió ser suyo.
Lo único que podía hacer era acompañarla en su boda y desearle felicidad, mientras otro hombre se unía a ella de por vida. La ironía mordía más que un cuchillo afilado: estar allí, a su lado, y no poder ser el dueño de su sonrisa.
—Salud —dijo, alzando su copa de champán hacia la pareja recién casada, con un nudo en la garganta que no podía disimular.
—¿Estás bien? —preguntó Reina, con una mezcla de preocupación y desdén.
—Claro… ¿por qué no lo estaría? —respondió Dante, con una sonrisa apenas perceptible, que no alcanzaba a ocultar el dolor que lo consumía por dentro.
—No me engañas, Dante. Puede que los demás crean que sí… pero ella sabe que sufres.
Las palabras de Reina lo hicieron sonreír y doler al mismo tiempo. Era la última vez que alguien se preocuparía por él así, y la sensación lo desgarraba.
Se levantó, extendiendo su mano a Reina:
—¿Me concede este baile, señorita Hino?
Caminaron hacia el centro del salón, mientras él sentía un torbellino de emociones: recuerdos de infancia, pérdidas, momentos que marcaron su vida, y sobre todo, la ausencia de ella, Celina. Recordaba aquel niño que había perdido a sus padres… pero no lloraría. Esta vez no. Esta vez debía protegerla, dejar que Celina disfrutara de su felicidad, aunque su corazón se rompiera a cada paso.
El DJ anunció:
—¡Es momento de bailar y expresar sus buenos deseos a la pareja! Caballeros, disfruten abrazando a la novia por última vez antes de que su esposo lo impida.
Dante sonrió con frialdad mientras bailaba con Reina, un baile sin alma, un gesto vacío. Luego, pidió a Celina que bailara con él.
Cada paso del vals lo recordaba a ella, su risa contenida, sus lágrimas escondidas, los abrazos que él nunca le dio. Su corazón se desgarraba con cada giro, con cada instante que ella compartía con él sin saber que su amor estaba roto, irreparable.
—Dante… yo… —susurró ella.
—Por favor, Celina. No digas nada. —Su voz era suave, firme, rota por el dolor que sentía en lo más profundo.
—Pero debo… —Una lágrima se escapó de sus ojos, brillando bajo las luces del salón, como un pequeño faro de su sufrimiento.
—No. Si alguien debe disculparse… soy yo. —Su corazón se rompió al verla sufrir una vez más por él.
Ella negó con la cabeza y apoyó un dedo en sus labios:
—Ambos somos culpables, Dante. Tú y yo. Pero aun así…
—Dime, Dante… ¿me amaste?
«Aun lo hago», pensó él, con un nudo en la garganta que amenazaba con romperlo.
—Sí, Celina. Mucho —dijo, mientras ella apoyaba su cabeza en su pecho, y él sentía que cada latido era un recuerdo que jamás podría borrar.
—Entonces no hay nada que lamentar. Quedémonos con los recuerdos. Gracias a ti, supe lo que era el amor —susurró ella, con la voz temblorosa.
—Tienes razón. Yo también aprendí a amar sin reservas. —Su voz era firme, pero su corazón gritaba por dentro, desgarrado, consciente de lo que había perdido.
Se despidieron sin reproches, sin más palabras que un silencioso «adiós». Él viviría con las consecuencias de sus decisiones, pero sabía que tendría otra oportunidad de amar. Tal vez con alguien más, pero nunca volvería a perder lo que su corazón dictara.
Cuando terminó el vals y Santiago, el hombre que ocuparía su lugar junto a ella, se unió, Dante solo pudo sonreír. Su princesa merecía ser feliz, y él debía aceptar la realidad, aunque cada risa que compartía con Santiago lo golpeara en el corazón.
—Gracias por asistir —dijo Celina—. Tu presencia ha sido importante.
—No hubiera faltado jamás. Necesitaba ver con mis propios ojos lo que mi necedad me trajo —respondió Dante, llevándose una copa a los labios, tratando de calmar el dolor que lo consumía.
—¿Sin resentimientos? —preguntó Santiago.
—Así es, sin resentimientos —dijo Dante, contemplando la noche estrellada y la luna llena—. Solo lamento darme cuenta de lo que sentía por Celina demasiado tarde. Pero sé que eres un buen hombre y sabrás apreciarla mejor que yo.
—Tenlo por seguro —respondió Santiago—. Siempre velaré por ella.
—Me alegra saberlo. Pero si fallas, no olvides… podría intentar recuperarla —bromeó Dante, con una sonrisa triste, mientras estrechaba su mano.
—Jamás se dará esa oportunidad —dijo Santiago, sonriendo, y Dante pudo sentir una mezcla de alivio y dolor.
—¿Nunca se dará qué? —preguntó Celina, acercándose.
—Dante me contaba que le han ofrecido una vacante en el extranjero. Una oportunidad que no volverá a repetirse —respondió él.
—¡Qué alegría! —exclamó Celina, abrazándolo con mezcla de felicidad y tristeza.
Dante apenas podía contener la emoción. Por primera vez aceptaba que el amor de su vida estaría en las mejores manos y que él debía dejarla ir.
Se quedó allí un instante más, contemplando la felicidad que nunca fue suya. Su princesa había encontrado su lugar, y él… tendría que aprender a sobrevivir sin ella.
Cada risa que Celina compartía con Santiago lo golpeaba en el corazón, pero también lo liberaba. Porque aunque la amara más que a nada en el mundo, sabía que debía soltarla. Dejarla volar, dejar que la amaran como él nunca supo hacerlo.
—Que seas feliz —susurró para sí mismo, levantando la mirada hacia la luna, dejando que su sombra se perdiera entre la música y las luces.
Era el final de un capítulo, y el dolor era inmenso, pero también lo era la lección: nunca más dejaría que el amor verdadero se le escapara de las manos.
