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5 ¿Ella hizo qué?

Dante Carbajal no podía comprender nada de lo ocurrido. Minutos antes, Celina Torres había estado frente a él, y cuando le preguntó si alguien le había hecho daño, ella le gritó con toda la fuerza de su dolor que sí, que había sido “él”. Dicho eso, se quitó la argolla de compromiso, tomó su maleta y se marchó, dejándolo allí, paralizado, sin atreverse a mover un solo músculo para detenerla. ¿Por qué no lo había hecho? ¿Por qué la había dejado ir?

La respuesta era simple y aterradora: porque nunca pensó que lo haría. En el fondo, Dante no creyó que Celina alguna vez pudiera alejarse de él. Jamás imaginó que llegaría el día en que la mujer que lo hacía sonreír con solo mirarlo no estaría a su lado, buscándolo, llamándolo, necesitando su presencia. Y ese día había llegado.

—Dante, vayamos a cenar, anda, di que sí… no debes estar siempre encerrado entre libros —susurró en su memoria, mientras su cuerpo se movía de manera mecánica, recogiendo los restos de la sala. Cada marco de fotos roto, cada pedazo disperso de imágenes partidas le recordaba el instante exacto en que Celina había decidido irse.

Sostuvo un pedazo de la fotografía, donde ella sonreía con la alegría que él creía haber entendido. Su voz tembló mientras susurraba:

—¿Qué te he hecho?

Un nudo en su garganta le impedía respirar con normalidad. Intentó unir los fragmentos como si con eso pudiera recomponer algo más que la foto: su relación, su futuro, su vida.

—¿Pero realmente era necesario hacer esto, Celina? ¿Por qué no me hablaste? —preguntó al aire, al rostro de la joven que lo miraba desde la fotografía, con esa sonrisa que ahora parecía burlarse de él.

Algo se removió dentro de Dante. Una mezcla de frustración, miedo y culpa lo envolvía. Recordó el instante en que ella se fue, su maleta apretada contra el pecho, sus pasos firmes y decididos alejándose. ¿Y si le pasaba algo en ese estado? ¿Por qué siempre hacía todo impulsivamente? ¿Por qué no podía confiar en él para hablar, para buscar un camino juntos?

Suspiró, dejando de intentar recomponer la fotografía. Nada ganaría insistiendo. Debía asegurarse de que ella estuviera bien. Alguien tenía que actuar con madurez, y como siempre, ese alguien era él.

Tomó su celular y lo marcó con manos temblorosas. El teléfono sonó entre los cojines que sobrevivieron a la ira de Celina.

«Perfecto», pensó.

Ahora debía llamar a cada amiga de Celina para saber dónde estaba. No era algo que le agradara, pero debía hacerlo. Con sus padres dudaba poder contar; después de la forma en que Celina había salido, no podía ir a buscarlos todavía. Primero debía recorrer toda la ciudad.

Marcó a Annie Mendoza, pero solo la contestadora respondió.

—¡Diablos! —exclamó, con un hilo de voz tensa. Dante rara vez perdía la calma, pero ahora estaba al borde del colapso.

Colgó y marcó a Reina Hino, esperando encontrar a alguien de verdad. Lo impresionante de Dante era que siempre mantenía el control; nadie podía saber cuándo estaba furioso o feliz. Esa frialdad la había aprendido tras la pérdida de sus padres, cuando apenas tenía ocho años.

—¡Diablos, Celina! —rugió, tomando sus llaves mientras esperaba ansioso. La incertidumbre lo devoraba. Saber que había perdido a la mujer que amaba tanto, que siempre lo había desafiado y mantenido alerta con su amor avasallador, lo llenaba de miedo. Su corazón, tan acostumbrado a levantar barreras, ahora estaba completamente expuesto.

Reina Hino, por su parte, estaba cada vez más irritada. Nicolás había vuelto a declarársele. Su persistencia, directa y sin filtros, le recordaba peligrosamente a alguien que había perdido y marcado su vida sin que ella pudiera evitarlo: Dante.

Por otro lado, esa manera de amar, tan abierta y valiente, tan directa y sin medias tintas, le provocaba una mezcla de nostalgia y frustración. Al recordarle a Celina y su forma de amar a Dante.

—Solo hay un hombre para mí —pensó Reina—

Pero ese “uno” había decidido estar con alguien más, y ella había callado sus sentimientos, relegando a todos los demás a ser insuficientes a sus ojos. Por eso Nicolás, con su insistencia tan similar a Celina su mejor amiga y su rival en amores, la irritaba profundamente. Era como si el destino estuviera allí, burlándose de su control, recordándole lo que había perdido.

Reina buscó en su bolso con fastidio, cada objeto parecía un obstáculo más. Las llaves se le habían caído en algún momento de la noche, y pensó: ¿por qué diablos había decidido llevar un bolso tan pequeño? Uno más grande hubiera sido incómodo, pero al menos práctico. Bajo una maceta, encontró la llave de repuesto. No pudo evitar sonreír: todos, absolutamente todos, tenían su cliché de esconder llaves en lugares secretos.

Se descalzó, dejando a un lado los tacones de diez centímetros que le lastimaban los pies.

«Todo sea por la vanidad y por verse bien», murmuró, dejándose caer con desgana sobre el sillón más cercano. Su ánimo era gris, como el cielo antes de la tormenta.

Entonces sonó el teléfono. Maldijo al aire, segura de que era Nicolás. La insistencia del hombre, directa y sin filtros, era algo que ella sabía reconocer, y lo que ahora necesitaba era fuerza para no ceder. Si no contestaba, golpearía la puerta, despertando a todos los vecinos y humillándola. No tenía opción.

—¡Más vale que sea algo urgente, Nicolás! —exclamó, furiosa, aceptando la llamada sin revisar el número.

Pero al escuchar la voz al otro lado de la línea, sus ojos se abrieron de par en par:

—¡¿Qué?! ¿¡Celina hizo eso!?

La incredulidad la llenó, mezclada con la frustración. Celina parecía haberse marchado en un arranque de rabia pasajera. Era evidente que su decisión debió en ese momento ser seria, que había elegido un camino que Dante ni ella podrían comprender. Y eso enfurecía a Reina, porque, aunque no podía admitirlo, sentía la misma punzada que sintió con Dante: por esa forma directa, valiente y sin filtros con la que alguien amaba y hacía las cosas que creía correctas, podía doler tanto como podían inspirar.

Mientras tanto, Dante conducía por la ciudad, su corazón latiendo a mil por hora. Cada llamada no contestada lo llenaba de ansiedad, cada silencio de las amigas de Celina lo hacía temer lo peor. Sabía que ella no actuaba por capricho. Cada paso que daba Celina era un reflejo de su fortaleza, de la intensidad de su amor y de su propio miedo a perderlo. Y ese miedo lo estaba consumiendo a él también.

Reina, al otro lado de la línea, no podía ocultar su enojo. Celina a su parecer había actuado como si todo fuera una rabieta, y ella, acostumbrada a medir, planear y analizar, no podía tolerarlo. Sin embargo, en el fondo, algo le decía que no era así, que había algo más profundo. Y en ese instante, al escuchar lo que había pasado, sintió un extraño nudo en el pecho. Inquieta y sobre todo preocupada.

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