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3. La despedida

Celina se encontraba frente al espejo, ajustándose el vestido mientras sus dedos rozaban suavemente el fino tejido, intentando calmar el nudo que le ardía en el estómago. Su cabello seguía impecable, el maquillaje apenas corrido, pero un temblor traicionero recorría sus labios. Tomó la caja de chocolates y la carta que había preparado con tanto cuidado, respirando hondo mientras intentaba contener la ansiedad que la carcomía desde hacía días.

«Tres años desde aquel primer beso…»

«Y ahora no solo es mi novio, también es mi prometido desde hace seis meses…»

Un débil consuelo la llenó por un instante, pero entonces el teléfono vibró sobre la mesa. El nombre de Dante apareció en la pantalla. Su corazón comenzó a latir con fuerza descontrolada; la mezcla de ilusión y miedo le hizo temblar las manos. Con un hilo de esperanza que se negaba a morir, respondió la llamada:

—Celina… lo siento —la voz de Dante, grave y distante, atravesó el auricular como un golpe inesperado.

El mundo pareció detenerse. Todo a su alrededor desapareció: el aroma del café, la luz cálida que entraba por la ventana, incluso el sonido lejano del tráfico se volvió irrelevante. Solo quedó esa frase, simple y letal: «Lo siento». Y con ella, años de esperanzas, ilusiones y planes cuidadosamente construidos comenzaron a derrumbarse como un castillo de naipes.

Celina dejó que el teléfono cayera suavemente sobre la mesa, como si soltarlo pudiera aliviar el peso que sentía sobre el pecho. Cada latido era un martillazo; cada respiración, un recordatorio de que todo lo que había imaginado esa noche perfecta se desmoronaba sin remedio.

Su reflejo en el espejo ya no mostraba a la mujer segura que se había esforzado por organizar cada detalle. En cambio, vio un rostro lleno de tristeza y rabia contenida, labios temblorosos y ojos brillantes de lágrimas que apenas comenzaban a formarse. Cada palabra de Dante resonaba en su mente, repitiéndose sin cesar:

«Lo siento… otra vez… otra vez me deja sola… otra vez destruye mi mundo…»

Mientras la frase retumbaba en su cabeza, un torrente de recuerdos la arrastró al pasado: la primera vez que Dante la había llamado “cabeza de chorlito”, la primera tarde compartida entre risas y café, el primer beso robado con nerviosismo y ternura, y la primera vez que ella creyó que todo podía ser perfecto. Revivió cada cita cancelada, cada promesa rota, cada pequeño momento que para él era insignificante, pero que para ella era vital.

Se permitió un suspiro profundo y comenzó a caminar por el departamento, como buscando un lugar donde calmar la tormenta interna. Cada paso la acercaba a su dolor, cada mirada a las fotografías y recuerdos le recordaba todo lo que había sido y lo que podría haber sido. La rabia la cegó. En un impulso casi irracional, comenzó a romper los marcos de fotos de Dante y de ella, cada regalo que había hecho con cariño, tirándolos al suelo y aplastándolos con fuerza. Cada objeto roto parecía absorber un pedazo de su dolor, aunque nada podía detener el vacío que se expandía en su interior.

Corrió hacia su habitación, intentando escapar de las voces crueles que ahora sabía que no eran externas, sino ella misma reprochándose cada emoción, cada lágrima derramada. Frente al espejo, su reflejo mostraba un rostro que apenas reconocía: maquillaje corrido, ojos rojos y brillantes, y una tristeza que parecía brotar de lo más profundo de su ser. Su corazón estaba hecho pedazos.

«Corre, enciérrate, llora… porque eso es lo único que sabes hacer bien», se dijo, mientras sus manos temblorosas comenzaban a empacar una pequeña maleta: ropa, recuerdos, todo lo que aún no había destruido de su vida con Dante. Cada cierre que cerraba era un golpe silencioso contra su corazón, un recordatorio de que esa noche que había planeado con tanta ilusión se desmoronaba con cada latido.

Mientras empacaba, los recuerdos continuaban acosándola. Rememoró la primera cita cancelada por un seminario de Dante, la primera vez que él olvidó un día importante para ella, y todas las pequeñas promesas que nunca se cumplieron. Recordó cómo ella había esperado horas en aquel restaurante solo para recibir un mensaje diciendo que él no podría ir. Cada recuerdo era un puñal envuelto en nostalgia; cada sonrisa pasada un fantasma que la hacía desear retroceder el tiempo y borrar los errores.

La tormenta de emociones crecía. Cada lágrima que caía se mezclaba con la rabia y la tristeza, un cóctel que la consumía lentamente. Se permitió un instante de flaqueza, abrazando el vacío que Dante había dejado en su corazón durante años, pero pronto lo rechazó. No podía seguir siendo víctima de su propio amor.

Dante, por su parte, estaba a unas calles de distancia. Recordó que era su aniversario y que Celina había planeado algo especial. Su corazón se aceleró con anticipación; había planeado una sorpresa que esperaba que la hiciera sonreír, una forma de mostrarle que, a pesar de todo, ella era su prioridad. Subió corriendo al departamento, su mente anticipando la reacción de Celina, sin saber que la escena que encontraría lo paralizaría.

Desde la puerta del departamento, la luz cálida de las velas iluminaba un escenario tétrico: marcos de fotos rotos, regalos destrozados, y un silencio pesado que parecía aplastarlo. Corrió hacia la recámara, preparado para cualquier cosa, incluso para encontrarse con alguien más que él hubiera lastimado a Celina. Lo que vio lo dejó sin aliento: Celina, despeinada, con maquillaje corrido, haciendo una maleta con manos temblorosas.

—¡Celina! —exclamó, acercándose con cuidado—. ¿Estás bien? ¿Te hicieron daño?

—¡No, Dante, no me encuentro bien! —gritó ella, un hilo de risa triste escapando entre sus palabras mientras se llevaba las manos a la cabeza—. Y sí, me hicieron daño… —agregó con un suspiro profundo, intentando contener las lágrimas que amenazaban con caer de nuevo.

—¿Los viste? —preguntó Dante, acercándose con los brazos extendidos. Por un instante, Celina deseó que esos brazos hubieran estado allí antes, cuando su corazón se había roto. Pero no lo estuvieron; la soledad la abrazó primero.

—¿En serio no sabes quién me hizo daño? —dijo ella, cerrando de golpe la maleta y alejándose un paso.

—No, Celina… no sé quién fue —respondió él, intentando acercarse, pero deteniéndose, recordando cómo debía tratar a alguien que sufría—.

«Siempre seré yo quien busque la manera de salvarnos. Él jamás lo hará», pensó Celina, con un nudo en el pecho.

—Es curioso que me respondas eso, Dante —continuó—. Porque tú eres quien me ha hecho daño.

—¿Yo? —preguntó Dante, confundido—. ¿Cómo podría hacerte daño? Explícame…

Su enojo creció. Cada indiferencia, cada cancelación, cada promesa no cumplida le había dejado cicatrices invisibles. Para él, pequeños detalles como pasar la tarde juntos o acompañarla en cosas sencillas parecían insignificantes, pero para ella eran vitales, la prueba de que la priorizaba en su mundo.

—Lo siento —dijo Celina, con voz firme y temblorosa—. Sacó su alianza de compromiso del dedo anular y la dejó sobre la cama. La palabra flotaba en el aire, cargada de dolor, reproche y amor—. Lo siento. —Repitió, tomando su maleta y dirigiéndose hacia la puerta, dejando atrás el eco de un amor que no parecía suficiente, dejando a Dante con el corazón en un nudo, incapaz de comprender plenamente la magnitud de su error.

Celina Torres salió del departamento con pasos firmes, aunque temblorosos. Su corazón lloraba en silencio, pero en su mirada brillaba un rastro de determinación: a veces, incluso el amor más profundo no es suficiente para ser feliz.

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