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2. El chico más guapo

No importaba cómo había llegado a la cama, lo que realmente contaba era que Dante estaba allí, abrazándola, arropándola con la calidez de sus brazos fuertes y seguros. Su presencia la hacía sentir protegida, completa, aunque solo fuera por un instante. Con esa certeza, Celina se levantó despacio, sintiendo cómo los rayos del sol de la mañana se filtraban por la ventana y acariciaban su piel, iluminando su rostro y suavizando la tensión acumulada durante la noche. Sus movimientos eran delicados, casi ceremoniosos, como si preparar el desayuno pudiera calmar la ansiedad que la consumía. Sabía que Dante dormiría hasta el mediodía; aprovecharía la mañana para desayunar con sus amigas y despejar su mente antes de la noche que había planeado con tanta anticipación.

—¡Celinaaaa~! —la voz de Reina sonaba cargada de fastidio, mezclada con un leve reproche, como si cada sílaba arrastrara su impaciencia.

—Sí, Rei —respondió Celina con un deje de mala gana, rodando los ojos hacia el techo mientras escuchaba el tono de su amiga.

—Déjala, Rei —intervino Leticia, siempre atenta a los sentimientos de las demás—. Parece que Celina tiene otras cosas que hacer, ¿verdad? Hoy es tu aniversario con Dante, ¿no? —le dedicó una sonrisa cálida, percibiendo la mezcla de nerviosismo y emoción en el rostro de Celina.

—Cierto —susurró Reina, resignada a la evidencia, intentando ocultar su fastidio.

—Así que aunque le roguemos, Celina no podrá acompañarnos hoy —añadió Annie, que entraba cargando bebidas y hamburguesas junto a Mariam, ambas intentando animarla con risas y gestos cómplices.

—Eso sí que es triste —dijo Mariam, suspirando mientras se sentaba junto a Celina, empujándola ligeramente mientras servía su jugo—. Pero ni modo, Celi… tendré que ver por ti la parte de chicos guapos que te correspondía hoy.

—¡Oye, nooo! —se quejó Celina, pero demasiado tarde: Mariam ya había tomado su jugo, dejándola solo con una sonrisa irónica y un toque de frustración.

—¿Entonces, chicas, nos vemos en Milenium Music? —preguntó Mariam, dejando brillar en sus ojos el entusiasmo mientras daba un sorbo a su bebida.

—Sí, a las 11 de la noche —respondieron todas, excepto Celina, que permanecía en silencio, con la mirada perdida en la calle a través de la ventana. Esa noche sería solo para ella y Dante: velas, vino, rosas… todo cuidadosamente planeado durante más de quince días. Más de dos meses había pasado aprendiendo a cocinar junto a Leticia, asegurándose de que cada detalle fuera perfecto.

«Nada puede salir mal», pensó, intentando calmar la mezcla de nerviosismo y emoción que le hacía cosquillas en el estómago.

Todo estaba listo. Desde la selección del vino hasta las luces bajas, suavizadas por el cálido resplandor de las velas. El asado desprendía un aroma delicioso que llenaba la cocina y Celina lucía un vestido negro que abrazaba cada curva de su cuerpo, dejando al descubierto sus largas piernas. Su cabello estaba recogido en un moño elegante, dejando a la vista su cuello de cisne y resaltando la delicadeza de su perfil.

«Ya falta poco», pensó, revisando nuevamente el asado y comprobando la hora en su muñeca. Faltaba media hora para que Dante llegara, y un leve alivio recorrió su pecho al notar que su teléfono permanecía silencioso. Para pasar el tiempo, encendió el televisor, pero desistió al ver cómo la protagonista de su drama favorito lloraba al ser plantada en el altar. No necesitaba más ansiedad.

Optó por abrir la laptop y revisar sus redes sociales: fotos de sus amigas, mensajes de apoyo, publicaciones de inspiración… Todo la mantenía ocupada mientras contaba mentalmente los minutos que faltaban para la llegada de Dante. Quince minutos se escaparon entre notificaciones, comentarios y pequeñas risas imaginarias que evocaban recuerdos.

«Todavía faltan 15 minutos», murmuró, dejando la laptop a un lado y estirando los brazos con fuerza, intentando liberar la tensión que recorría su cuerpo. Las mariposas en su estómago bailaban sin control, y una sonrisa involuntaria apareció en sus labios al recordar la primera vez que vio a Dante con otros ojos, no solo como el chico odioso amigo de Edward. Un gran suspiro escapó mientras revivía cómo todo había comenzado de manera tan inesperada y perfecta.

Mientras caminaba hacia la cocina, su mente la llevó de regreso a aquel primer encuentro que había marcado su vida: el Crown, la caja de chocolates y la carta de amor. Recordaba cómo su corazón había dado un salto al ver a Dante allí, en lugar de Edward, escuchando su declaración. La sonrisa picara y la mirada azul zafiro todavía ardían en su memoria. Aquel momento, tan inesperado y perfecto, había sido el inicio de algo que aún la consumía por dentro, a pesar de los altibajos de los últimos meses.

Su corazón latía con fuerza. Nerviosa y asustada, cerró los ojos y extendió una caja de chocolates y una carta mientras exclamaba:

—¡Por favor, sé mi novio!

Cuando abrió los ojos, lo vio frente a ella. No era Edward quien aparecía, sino Dante, con la mirada fija en ella, sorprendido y curioso.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, señalándolo mientras sentía cómo sus mejillas ardían y sus manos temblaban ligeramente.

—Escuchando tu declaración, cabeza de chorlito. Aunque juraría que escuché que yo no era tu tipo —dijo él con una sonrisa que mezclaba picardía y ternura.

Celina palideció. Había escuchado lo que ella le había dicho a Annie ese día, y ahora estaba ahí, con una caja de bombones y una carta de amor, pidiéndole que fuera su novio.

—P…pues es cierto, no eres mi tipo —balbuceó, con un dejo de vergüenza y sorpresa.

—Entonces, ¿cómo es que no veo a nadie más aparte de mí aquí, cabeza de chorlito? Además, dudo que a la novia de Edward le haga gracia saber que él tiene una enamorada. Pero no te pongas triste… he decidido aceptar tu declaración.

—Ni en mil años —respondió ella, girando con enojo y lista para marcharse.

—Celina —la llamó Dante, deteniéndola en seco, demostrando que ninguna “cabeza de chorlito” enfadada podía escapar a su mirada.

—¡¿Qué quier…?! —pero sus palabras se interrumpieron cuando los labios de Dante se posaron suavemente sobre los suyos. Su cuerpo irradiaba calor, su fragancia la envolvía, y la manera en que sus labios se movían con delicadeza, usando la punta de su lengua para acariciar y separar suavemente la suya, la dejó sin aliento. Se separaron lentamente, pero permanecieron abrazados, dejando que ese primer beso quedara grabado en sus recuerdos.

«Realmente verlo ese día, con esa expresión de sorpresa y esos ojos azul zafiro bien abiertos, es imposible de olvidar… y fácil de atesorar. Ese fue mi primer beso… y él era, sin duda, el chico más apuesto que había visto».

Celina sonrió, perdida en esos recuerdos mientras miraba nuevamente el reloj.

«Ya es hora», se dijo, asegurándose de que todo estuviera perfectamente en su lugar. Todo listo, solo esperando a Dante, el amor de su vida, el hombre que había transformado cada uno de sus recuerdos en un tesoro que nunca dejaría escapar.

Celina respiró hondo, sintiendo cómo la ansiedad se mezclaba con la emoción, con la certeza de que esa noche todo sería perfecto. Mientras el reloj marcaba los minutos finales, su corazón se preparaba para el reencuentro, para el abrazo que sellaría su amor una vez más, para cada beso y cada susurro que aún no habían tenido lugar. La espera había valido cada segundo, porque Dante estaba a punto de volver a hacerla sentir completa, como solo él sabía hacerlo.

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