1. Mi soledad.
—Lo siento, Celina… la verdad deseaba poder cumplir en esta ocasión —la voz de Dante sonaba tensa, cargada de preocupación, como si él mismo lamentara la cancelación, o tal vez era solo la manera en que ella deseaba escucharlo—. Prometo que te lo recompensaré, pero realmente lo siento.
Celina suspiró profundamente, dejando que su hombro cayera ligeramente. Otra vez. La quinta vez en un mes. Cada vez que escuchaba esas palabras, un pequeño vacío se abría dentro de ella, un hueco silencioso que parecía absorber toda su alegría y reemplazarla con una mezcla de frustración y tristeza que no podía ahogar con una sonrisa.
—Sí… no te preocupes, Dante. Comprendo, será en otra ocasión —dijo con voz firme, aunque por dentro sentía que su mundo se encogía un poco, como si algo vital se desvaneciera con cada “lo siento”.
No comprendía nada. Y, en realidad, no había nada que comprender. Todo lo que deseaba era una cita simple, sincera, una cita que no estuviera marcada por agendas apretadas, compromisos ineludibles o responsabilidades que ella nunca podía alcanzar. Su cita ideal era sencilla: ver una película de terror abrazada a él mientras temblaba de miedo, sentir su calor y su protección; tal vez un beso tímido y cálido; después, cenar en un restaurante pequeño, pasear bajo la luna, detenerse a comprar hot-dogs en un carrito callejero y simplemente disfrutar del tiempo juntos. O ir a un concierto, perderse entre la música y las risas compartidas. Pero esos momentos nunca llegaban. Siempre había tiempo para museos, exposiciones, convenciones “educativas”… pero nunca para ella.
Con un suspiro largo, colgó el teléfono. Se quitó la ropa con lentitud, como si cada prenda que retiraba fuera un recordatorio de su soledad, de la ausencia que Dante dejaba a su paso. Había decidido no llorar esta vez, no dejar que la tristeza la venciera… pero una lágrima traicionera apareció en su ojo azul, seguida de otra, y otra más. Se dejó caer de rodillas en el centro de la habitación, abrazando sus piernas y dejando que las lágrimas fluyeran libremente. Cada sollozo era un grito silencioso, un lamento que su corazón no podía contener, un reflejo del amor que no encontraba eco en su compañero.
«Llorona… infantil», se reprendió mentalmente.
Las palabras se repetían como un eco dentro de su mente, mezclándose con la culpa y la frustración, mientras su cuerpo se acomodaba en la alfombra, formando un pequeño ovillo que intentaba absorber el vacío que Dante había dejado. No había música, no había luces cálidas, no había calor de otra presencia… solo ella y su dolor. Poco a poco, su respiración se acompasaba con las lágrimas hasta que, finalmente, el sueño la venció, arrastrándola al silencio de la noche.
«¿Hasta cuándo seguiré esperando y llorando?»
Se pasó un mechón de cabello rubio pegado al rostro por las lágrimas. La luz de la luna, llena y brillante, se colaba por la ventana, iluminando apenas la habitación.
—Media noche… y todavía no llega —susurró frente al espejo del baño, observando sus ojos hinchados y enrojecidos—. Está bien… no quiero que Dante me vea así —se dijo, dándose palmaditas suaves en la cara para intentar calmarse, para recomponerse.
El vapor del agua caliente llenaba el baño mientras abría la llave, dejando que la niebla acariciara la habitación. El contacto del agua sobre su piel era un alivio, pero a la vez un recordatorio cruel de lo vulnerable que se sentía. Su enojo y frustración habían regresado con fuerza; quería gritarle, reclamarle, hacerle sentir su dolor… pero algo siempre la detenía, un miedo silencioso de perderlo aún más.
«La culpa es mía… ya había dicho que tal vez no podríamos salir, que tendría guardia y que quizá no encontraba quien la cubriera…»
Dejó que el chorro de la regadera cayera sobre su rostro, dejándose arrastrar por los recuerdos y la tristeza que siempre acompañaban a Dante.
—Celina, deja de ser infantil… no puedes llorar siempre que pasa esto —se reprendió, frotando su piel con fuerza mientras el jabón y el agua se mezclaban, dejando su piel rojiza y sensible, marcada por la vulnerabilidad de un corazón cansado.
«No puedo… duele demasiado… a veces siento que todo es más importante para él que yo…»
Finalmente cerró la llave y se secó lentamente frente al espejo. Su albornoz rosa, descolorido, reflejaba su estado de ánimo: apagado, triste, sin vida.
«Ahorita soy mi albornoz. Triste y opaca», pensó, mirándose con dureza.
Se observó detenidamente. La Celina sonriente de siempre parecía haber desaparecido. Lo que veía era a una chica con cabello rubio, ojos azules y piel blanca, pero sin la chispa que la caracterizaba. Solo tristeza, acumulada en cada línea de su rostro, en cada gesto silencioso.
Se preguntó cuántos suspiros había dado desde la llamada de Dante. Seguramente muchos. Y probablemente no sería el último.
«¿Por qué sigo en esta relación? ¿Es amor o masoquismo?»
Sacudió la cabeza, intentando convencerse:
—Claro que es amor… Dante y yo estamos predestinados… lo supe desde la primera vez que lo vi —se dijo, mirando su reflejo con intensidad—. No permitiré que nadie, ni siquiera yo misma, me haga dudar.
Recordó con detalle el primer encuentro con Dante: aquel día que salió del Crown, el examen de álgebra cayó accidentalmente sobre su cabeza y él, entre risas, la apodó “cabeza de chorlito”. En aquel momento la había irritado profundamente, pero ahora la memoria la llenaba de nostalgia, de una sonrisa que quería reaparecer a pesar del dolor.
Se sentó sobre la barra del desayuno, apoyando la cabeza sobre la fría superficie, dejando que sus pensamientos fluyeran hacia el pasado, reviviendo cada sensación, cada palabra, cada gesto que Dante había dejado marcado en su vida.
—¿Celina le conoces? —había preguntado Annie, al ver la expresión de Celina al escuchar la forma tan peculiar de llamarla Dante.
—¿Yo a ese? Para nada, Annie —respondió, haciendo un puchero, refunfuñando bajo—. Solo porque es medio guapo se cree mucho.
Annie no pudo evitar reír, contagiando un poco de luz a la melancolía de Celina.
—Pues a mí me parece simpático, no guapo… y además creo que es más tu tipo que el mío —dijo, sonriendo mientras se frotaba la barbilla.
—¿Mi tipo, Annie? —preguntó Celina, intrigada pero cautelosa.
—Nada, Celina, en serio —mintió Annie, evitando la mirada intensa de su amiga.
—Bien… porque él no es en absoluto mi tipo —aclaró Celina con firmeza, aunque su corazón empezaba a traicionarla con pequeños latidos acelerados al recordarlo.
—Entonces, ¿cuál es tu tipo? ¿Tu chico ideal? —preguntó Annie, observando cómo Celina empezaba a fantasear, a dejarse llevar por los sueños que Dante le inspiraba.
—Debe ser un chico en quien siempre pueda confiar… alguien dispuesto a darlo todo por mí —dijo Celina, entrelazando las manos y suspirando profundamente, dejando que sus sueños fluyeran libres a pesar del dolor.
El tiempo pasó lento mientras recordaba, hasta que finalmente, exhausta, se quedó dormida sobre la barra de la cocina. La memoria del primer beso, del primer encuentro, de cada pequeño gesto de Dante se entrelazaba con la tristeza de la noche presente. Su corazón estaba cansado, pero aún lleno de un amor que no sabía cómo renunciar.
Finalmente sus ojos se encontraban cerrados, dejando que el sueño la arrastrara, abrazando los recuerdos y los sentimientos que Dante había dejado en su vida desde la primera decepción que le hizo sentir, emociones tan vívidas y dolorosas que parecía que su corazón se rompía poquito a poquito, pero que a la vez la mantenían viva, aferrada al amor que no podía dejar ir.
