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Capítulo 5

Miré alrededor.

—No. Creo que lo he entendido todo.

—Entonces te dejo trabajar, cariño.

Y salió de la habitación.

Abrí la puerta del balcón y corrí un poco las cortinas.

Salí, apoyé las manos en la barandilla y cerré los ojos mientras respiraba el aire fresco.

Así sí merecía la pena despertarse cada mañana.

Sonreí y volví al interior, dispuesta a empezar.

Me acerqué a una estantería y comencé a quitar el polvo hasta que una fotografía llamó mi atención.

Me incliné para verla mejor.

En ella, una mujer bellísima sonreía a la cámara mientras sostenía a un recién nacido. Con el otro brazo rodeaba los hombros de un muchacho que debía de rondar los dieciocho años. A su lado aparecía un hombre todavía joven y de aspecto fuerte, con un brazo alrededor de la cintura de la mujer y una expresión genuinamente enamorada.

Reconocí a Malcolm Thorne.

Los otros tres debían de ser su esposa, Callum y Lachlan.

—Veo que estás muy ocupada.

La voz me sobresaltó tanto que casi se me cayó el plumero de las manos.

Me giré.

Callum estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho.

No podía ser.

Se suponía que aún no debía estar en casa.

Sabía que no había leído mal su horario. Lo había memorizado por una razón muy concreta: evitar encontrarme con él.

Callum se apartó del marco y entró en la habitación.

—Lo siento. No pretendía curiosear. Solo estaba quitando el polvo.

Levanté el plumero como si aquello pudiera demostrar mi inocencia.

Sus ojos siguieron el movimiento de mi mano.

—No me importa. Supongo que tendremos que acostumbrarnos a vernos a menudo.

Eso era justo lo que yo esperaba evitar.

Me lanzó una mirada de reojo y sus labios se curvaron apenas. No lo habría notado si no hubiera estado observándolo en ese preciso momento.

Dejó algo sobre el escritorio y yo me aclaré la garganta.

—Sí... supongo.

Necesitaba cambiar de tema.

—De verdad que siento lo de esta mañana. Si me das la camisa, puedo lavártela.

Callum se giró por completo hacia mí.

Ya estaba bastante nerviosa por encontrarme en su habitación; tenerlo allí conmigo solo empeoraba las cosas.

Su mirada descendió hasta mis manos, que estrujaban el plumero con demasiada fuerza. Al darme cuenta, aflojé los dedos y traté de relajar los hombros.

—No te preocupes. Ya me ocupé de eso —dijo al cabo de un momento, casi provocándome un infarto con el silencio previo.

Luego añadió:

—¿Te gusta invadir el espacio personal de los demás?

Lo miré, desconcertada.

¿Adónde quería llegar?

—¿Perdón?

Prefería preguntar antes que sacar conclusiones.

Se apartó del escritorio y avanzó hacia mí.

—Estabas mirando una fotografía en mi habitación y esta mañana me pusiste las manos encima delante de todo el instituto. Así que sí: ¿te gusta invadir el espacio personal de los demás?

Hizo una pausa.

—¿O solo el mío?

Su voz había bajado de tono y algo en ella me puso en alerta.

Me quedé inmóvil.

Callum dio otro paso y tuve que inclinar la cabeza para mirarlo a los ojos.

Yo retrocedí uno, por si acaso.

—Creo que lo estás interpretando mal.

Pareció divertido.

—¿Ah, sí? Entonces explícate.

—Lo de esta mañana fue un accidente. Evidentemente no quería estrellarme contra ti. Jamás haría algo así a propósito. Y te ofrecí limpiar la camisa, pero rechazaste mi oferta. ¿Lo recuerdas?

—Y, como ya te dije, no pasa nada. Ya está solucionado.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Callum sostuvo mi mirada.

—Que deberías tener más cuidado y controlar dónde pones las manos. Podrías haberte tropezado con otra persona en vez de conmigo.

Ah.

Así que no le gustaba que lo tocaran, ni siquiera por accidente.

Por fin entendía aquella expresión que había puesto esa mañana.

La vergüenza me subió por el cuello.

—Lo siento —murmuré.

Él continuó observándome y yo me ruboricé bajo aquella atención. Mis dedos juguetearon con el plumero.

Me negué a mirarlo directamente y fijé la vista en su pecho. Los músculos se tensaron cuando Callum levantó una mano y se la pasó por el rostro.

—Eso no es todo...

—Ya casi he terminado de limpiar —lo interrumpí antes de que pudiera añadir nada que me hiciera sentir peor—. No te molestaré mucho más. Haz lo que tengas que hacer.

Me di la vuelta y continué quitando el polvo.

Durante unos segundos no escuché ningún movimiento detrás de mí.

—Voy a ducharme —anunció al fin.

No respondí.

La puerta del baño se cerró con un golpe.

Terminé de hacer la cama y, cuando volvió a abrirse, metí las sábanas sucias en el cesto y salí de la habitación a toda prisa.

En la clase del señor Fenwick me senté junto a la ventana, en una de las filas centrales. Estaba dando un repaso para el examen que se acercaba y yo hacía lo posible por concentrarme.

No lo conseguía.

La noche anterior apenas había dormido. Por muy cómoda que fuera aquella cama, seguía encontrándome en una casa que no sentía como mía, y ahora estaba pagando las consecuencias.

El señor Fenwick escribía ecuaciones en la pizarra y las resolvía con nosotros paso a paso.

Llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas hasta los antebrazos y unos pantalones azules. Siempre me había gustado su forma de vestir. A veces añadía tirantes y, por alguna razón, esos días me gustaba todavía más.

Usaba gafas y tenía la costumbre de empujárselas hacia arriba con el índice mientras explicaba.

Y estaban aquellos ojos azules en los que podía perderme con facilidad. Su cabello rubio, ligeramente ondulado, completaba aquella apariencia amable y luminosa.

Todo en él transmitía calidez.

Todo lo contrario de cierto chico de cabello oscuro que últimamente se colaba en mis pensamientos sin permiso.

Sacudí la cabeza para expulsar la imagen de Callum.

Mi enamoramiento por el señor Fenwick había empezado como simple admiración. Me gustaba su pasión por enseñar, la paciencia con la que se preocupaba por sus alumnos y la forma en que se aseguraba de que todos comprendieran un tema antes de pasar al siguiente, sin importar cuánto tiempo necesitara.

A veces lo veía en los pasillos ayudando a otros profesores a cargar cajas o cualquier cosa demasiado pesada.

Recordaba especialmente el día en que se acercó para felicitarme por la excelente nota de un examen. Me dijo que estaba orgulloso de mí y yo floté durante el resto de la jornada.

También habíamos descubierto, en una de nuestras breves conversaciones, que a ambos nos gustaban las películas de terror.

Cuanto más lo conocía, más difícil resultaba fingir que solo lo admiraba como profesor.

Antes de darme cuenta, estaba enamorada de él.

Sentía mariposas en el estómago cada vez que entraba en el aula.

Nunca me había gustado nadie de aquella manera, de modo que todo resultaba nuevo, inesperado y emocionante. Incluso había empezado a pensar más de la cuenta qué ropa ponerme para ir al instituto.

También dedicaba más esfuerzo a controlar mi cabello negro, que parecía tener voluntad propia. Los mechones de la nuca jamás permanecían en su sitio y acababa recogiéndomelo en una coleta la mayoría de los días.

La brisa que entraba por la ventana me revolvió el pelo y algunos mechones cayeron sobre mi rostro. Fuera hacía un día precioso: soleado, aunque con suficiente viento para aliviar el calor sofocante.

Entonces algo en el exterior llamó mi atención.

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