Capítulo 4
Agarré una servilleta y empecé a frotarle la camisa con la intención de limpiar lo que pudiera.
Seguí haciéndolo sin pensar hasta que mi cerebro por fin registró exactamente dónde tenía puesta la mano.
Me detuve.
Levanté la cabeza despacio y me encontré con unos ojos color avellana. Retrocedí, sobresaltada por la intensidad de su mirada.
La mano izquierda de Callum se cerró alrededor de mi cintura para evitar que perdiera el equilibrio.
Sus dedos callosos rozaron la piel desnuda que quedaba entre el borde de mi camiseta y la cintura de los vaqueros.
Su rostro estaba a pocos centímetros del mío. Su aliento cálido me acarició la piel y mi cuerpo tembló de forma involuntaria cuando percibí su aroma: cítricos y especias mezclados con una nota dulce de miel.
La luz fluorescente hacía brillar tonos dorados en sus iris. Abrí mucho los ojos al encontrarme con aquella expresión indescifrable.
Su brazo se tensó alrededor de mi cintura, acercándome un poco más a su pecho.
Apoyé una mano entre los dos para aumentar la distancia. Con la otra lo empujé. Sus pupilas se dilataron al sentir el contacto.
Bajó despacio la mirada hasta mi mano sobre su pecho.
Su brazo siguió rodeándome y yo ejercí más presión, intentando apartarme.
Callum me observó unos segundos, inclinando apenas la cabeza, como si estuviera pensando algo. Finalmente me soltó.
—Lo siento, Callum. Puedo mandar a lavar tu camisa y devolvértela como nueva —dije para romper el silencio.
Él bajó la vista hacia la mancha, como si acabara de reparar en ella.
—No te preocupes. Llamaré a casa para que me traigan otra limpia.
—Ah. De acuerdo.
Volví a mirar la mancha y, cuando levanté la cabeza, descubrí que sus ojos seguían clavados en mí.
No añadió nada. Se limitó a marcharse.
—¿Estás bien? —preguntó Jessa.
—Sí, estoy bien. Ha sido un poco... raro.
—Ha sido intenso. ¿Vosotros dos...? No, da igual. Ven, te ayudo a limpiarte y luego vamos a clase.
—Estas flores solo necesitan agua una vez por semana —me explicó Moira más tarde—. Tenemos un jardinero que se ocupa de podar y mantener las plantas. Se llama Norman y también vive en la propiedad.
Miré hacia el jardín. Una brisa ligera nos rozaba la piel y aliviaba un poco el calor sofocante del verano. El aire arrastraba un aroma dulce, parecido al de las manzanas maduras de los árboles cercanos.
Los rayos del sol se reflejaban en las gotas de agua que cubrían las briznas de hierba, haciéndolas brillar como pequeños destellos dorados.
Peonías rosadas ocupaban buena parte del jardín, mientras los tulipanes morados añadían notas de color entre el verde. Al respirar hondo, llegaba una mezcla de aromas florales que recordaba al jazmín y a la cereza.
Moira me condujo hasta la parte trasera de la casa.
En medio del enorme jardín había una cancha de baloncesto.
—Callum y sus amigos pasan mucho tiempo aquí. Les gusta jugar —comentó.
Asentí, distraída, mientras observaba todo lo que me rodeaba.
Dios, eran ricos. Ridículamente ricos.
Había oído hablar de la fortuna de los Thorne, pero verlo con mis propios ojos era otra cosa.
—Volvamos, cariño. Voy a enseñarte la habitación de Callum.
Al oír esas palabras, sentí una presión desagradable en el pecho.
Las preguntas regresaron de golpe.
Mis pies se movieron antes de que mi cabeza pudiera detenerlos y terminé caminando casi pegada a Moira, como si pudiera esconderme detrás de ella.
De camino recogimos algunos productos de limpieza.
—Callum todavía no ha vuelto. Entre semana entrena con el equipo después de clase —explicó Moira, intentando conversar, ajena a mi creciente nerviosismo.
Llegamos a las escaleras y levanté la vista.
Me quedé clavada en el sitio.
Tragué saliva. Tenía la garganta seca y las palmas húmedas.
Moira comenzó a subir, pero enseguida se detuvo y se volvió hacia mí.
—¿Pasa algo? ¿Estás bien? Parece que hubieras visto un fantasma.
Arqueó las cejas, preocupada.
Me obligué a sonreír.
—No. Estoy bien.
Puse un pie en el primer escalón y empecé a subir lentamente. Me aferré a la barandilla y me concentré en cada paso.
No era para tanto. Yo misma lo estaba convirtiendo en algo peor de lo que era.
Solo iba a limpiar una habitación.
Vamos, Talia. No seas idiota. Deja de darle vueltas.
Con aquel pequeño discurso mental conseguí alcanzar el último escalón.
Moira se volvió otra vez y me sonrió. Tal vez solo quería comprobar que no había salido corriendo por la puerta principal. O quizá intentaba tranquilizarme.
Fuera como fuera, allí estaba yo.
Exactamente donde querían que estuviera.
La seguí por un pasillo inundado de luz natural. Todo parecía carísimo: los muebles, los cuadros, los objetos decorativos. Caminé con extremo cuidado, procurando no rozar nada. No necesitaba romper una antigüedad y prolongar mi deuda hasta el día de mi muerte.
Al final del corredor había una inmensa ventana con vistas al jardín. Desde aquella altura resultaba todavía más impresionante.
Moira giró a la derecha y se detuvo frente a una gran puerta de madera.
—Esta es la habitación de Callum. La de enfrente es la de Lachlan, para cuando venga de visita.
Señaló la puerta situada al otro lado del pasillo.
Había oído hablar de Lachlan. Era el hermano mayor de Callum y trabajaba con Malcolm Thorne en el negocio familiar. También sabía que, pese a su juventud, ya se había hecho un nombre dentro de la empresa y era considerado el sucesor de su padre.
Moira abrió la puerta y la sostuvo mientras yo me detenía en el umbral.
El techo era altísimo. Una gran cama dominaba el centro de la habitación. El cabecero de madera estaba decorado con intrincados relieves, y unas sábanas de seda gris con almohadas a juego cubrían el colchón deshecho.
El olor a limpio se mezclaba con aquel aroma familiar a cítricos y especias.
Su perfume.
Sentí cómo el calor me subía por el cuello y aparté la mirada de la cama, molesta conmigo misma.
Mis ojos fueron a parar al enorme balcón, al que se accedía por una puerta corredera. Una brisa suave movía las cortinas blancas y, más allá, se adivinaba una vista magnífica del jardín.
En una esquina, sobre un escritorio de madera, descansaba el portátil que le había visto utilizar el primer día. Había libros y papeles cuidadosamente ordenados a su lado.
—Antes que nada, te recomiendo que no toques nunca su escritorio. Es muy celoso de sus cosas —advirtió Moira al notar hacia dónde miraba.
—Está más ordenado de lo que imaginaba... —se me escapó antes de poder evitarlo.
Moira sonrió.
—Sí. Callum es bastante pulcro. Al principio incluso se opuso a que tú limpiaras su habitación.
—Mmm.
No se me ocurrió nada mejor que responder.
Moira continuó explicándome las tareas.
—Tienes que quitar el polvo y mantenerlo todo limpio. Las sábanas se cambian cada tres días. Las limpias están abajo, en la lavandería. Luego te enseñaré dónde.
La idea de invadir su espacio personal me ponía nerviosa, pero traté de serenarme mientras escuchaba sus instrucciones.
Cuando terminó, preguntó:
—¿Alguna duda?
