Capítulo 3
Levantó la voz y puse ambas manos sobre sus brazos, acariciándolos con suavidad.
—Oye, estoy bien. Solo tengo que hacer algunas tareas sencillas. No es un trabajo duro. Y esto no durará para siempre. Saldré de allí antes de lo que imaginas.
Lo miré y vi el dolor reflejado en su rostro.
—Encontraré la manera de sacarte antes. Te lo prometo.
Milo apoyó una mano sobre mi cabeza y me revolvió el pelo. Parecía querer añadir algo, pero finalmente se contuvo.
—Ahora ve a clase o llegarás tarde.
Le sonreí.
—Te echo de menos. Y procura no meterte en problemas.
Él comenzó a alejarse mientras me devolvía la sonrisa.
—Yo también te echo de menos. Y no prometo nada.
El resto del día pasó deprisa. Intenté mantenerme ocupada con las clases y no pensar en nada más.
A la hora del almuerzo, la fila de la cafetería era enorme. Jessa se reunió conmigo llevando un sándwich de pavo y un zumo. Hablamos de tonterías hasta acabar riéndonos. Siempre había sido así con ella. Nos conocíamos desde pequeñas, habíamos crecido en el mismo barrio y estudiado juntas desde siempre.
—¿Adivina a quién vi en la fiesta de Brett? ¡A Jared y Paige! —soltó, respondiéndose ella misma.
—Jessa, Jared y Paige van a todas las fiestas. Además, son pareja. No hay ninguna novedad ahí.
Masticó deprisa un bocado de su sándwich.
—Déjame terminar. Estaban besándose y luego subieron las escaleras. Pero lo importante es que Jared bajó hecho una furia y Paige salió corriendo detrás de él, suplicándole que no se fuera. Investigué un poco y descubrí qué pasó.
Se detuvo y me miró con una expresión de absoluto escándalo. Casi me eché a reír ante su dramatismo.
Como no dije nada, suspiró.
—¿Podrías al menos darme un poco de satisfacción? Te estoy sirviendo un cotilleo jugoso en bandeja de plata.
Esta vez sí me reí.
—Está bien. ¿Qué pasó?
Jessa alzó las cejas, satisfecha de haber captado por fin mi atención.
—Al parecer, cuando las cosas empezaron a ponerse interesantes en el dormitorio, Paige susurró el nombre de otro chico.
—¿Y adivina quién era? —preguntó.
—No tengo ni idea, Jessa. Dímelo de una vez —contesté antes de beber un sorbo de agua.
—Callum.
El agua salió disparada de mi boca mientras empezaba a toser sin control, llevándome una mano al pecho.
Jessa me dio unas palmadas en la espalda.
—¿Estás bien? Toma, un pañuelo.
Me lo entregó y retomó la historia como si yo no hubiera estado a punto de morir delante de ella.
Bueno, quizá estaba exagerando.
—Hablando del rey de Roma... —murmuró Jessa.
—¿Qué quieres decir?
La miré como si acabara de crecerle una segunda cabeza.
Jessa suspiró.
—Callum. Acaba de entrar.
Me volví.
Callum atravesaba la puerta acompañado por el equipo de fútbol. Hablaba con uno de los capitanes que caminaba a su derecha y se rio de algo que el chico acababa de decir.
Era unos centímetros más alto que la mayoría. Sus hombros anchos dejaban claro que era fuerte, y los vaqueros marcaban unas piernas largas y musculosas, propias de alguien que entrenaba a diario.
Sonrió a alguien y aparecieron hoyuelos en las comisuras de sus labios. Oí una bandeja caer al suelo y puse los ojos en blanco ante lo ridículo de la escena.
—Maldita sea. Eso sí que es atractivo —comentó Jessa, volviéndose hacia mí.
Callum saludó a los chicos de una mesa cercana, agarró una manzana y le dio un mordisco. Uno de ellos intentó recuperarla, pero Callum la mantuvo fuera de su alcance, le dio otro bocado y provocó las risas del grupo.
Era popular en el instituto, y no solo por su físico. También destacaba en el campo de fútbol.
Y estaba su familia.
Los Thorne controlaban buena parte de los edificios de la ciudad. No me habría sorprendido descubrir que, en realidad, eran dueños de medio lugar.
—Oh, por favor. Deja de exagerar. He visto chicos mejores —dije antes de poder contenerme.
Jessa arqueó una ceja.
—¿Quién?
Me ruboricé bajo su mirada.
—¡Dios mío! Te gusta alguien. ¿Quién es? —Entrecerró los ojos, lo que consiguió que me sonrojara todavía más.
Jugueteé con el brócoli del plato, pero ella no parecía dispuesta a rendirse. Me observaba como un halcón.
—¿Es Perry, el chico que te ayudó con matemáticas la semana pasada?
Negué con la cabeza.
—¿Alden? ¿El que te prestó aquel lápiz que nunca le devolviste?
Volví a negar.
No sabía si contarle que la persona que me gustaba no era precisamente una opción apropiada.
—Vamos, suéltalo. ¿Quién es?
Respiré hondo.
—El señor Fenwick.
Jessa dejó escapar un suspiro y se recostó en la silla.
—¿En serio? ¿Nuestro profesor de matemáticas, el empollón de treinta y dos años?
Asentí, volviendo a sonrojarme.
—Bueno... tampoco está tan mal —admitió Jessa.
Luego me señaló con gesto solemne.
—Sea quien sea, siempre te apoyaré. Aunque quizá te convenga esperar al menos hasta graduarte antes de intentar montártelo.
Le di una palmada en el brazo.
—¡Para! No pienso montarme a nadie. Es solo un enamoramiento pasajero. Me gustan sus clases. Me atrae su inteligencia.
Jessa soltó una carcajada.
—Claro, claro. El intelecto. Muy excitante todo.
Todavía colorada por las bromas de Jessa, me levanté deprisa para tirar las sobras.
Y me estampé de frente contra un pecho firme.
El contenido de mi bandeja terminó sobre la camisa del pobre desafortunado, dejando una mancha oscura y húmeda en la tela.
Contemplé el desastre con horror.
—¡Dios mío, lo siento muchísimo!
