Capítulo 2
Poco después descubriría qué se ocultaba detrás de aquella visita.
—Aquí tienes, cariño. Espero que te guste el bistec.
Miré el plato y, como si mi estómago hubiera estado esperando una señal, gruñó. Sentí cómo el calor me subía por el cuello.
Moira se rio.
—Por lo que veo, sí. Buen provecho. Tengo que terminar unas cosas. Vuelvo enseguida.
Y salió de la cocina.
El silencio se instaló entre nosotros.
Solo se oía el golpeteo rítmico de los dedos de Callum sobre el teclado.
Esperaba que siguiera así.
Deseaba estar en casa.
Contemplé la delicada decoración, los cubiertos de plata y el apetitoso plato que habían puesto frente a mí. La diferencia con mi hogar era abismal.
Tragué el nudo que tenía en la garganta, agarré el cuchillo y el tenedor y empecé a cortar la carne.
El metal chocó contra el plato en aquella cocina silenciosa, pero fingí que no me importaba. Siempre había querido saber dónde habían empezado nuestros problemas. Tal vez había mostrado demasiado interés por averiguarlo.
Y ahora ahí estaba yo.
Hasta allí.
Me llevé un trozo de carne a la boca y lo mastiqué. El sabor de las especias me sorprendió. Cerré los ojos. Nunca había probado un bistec tan tierno y sabroso.
Y, sin embargo, el contraste entre aquella comida deliciosa y el caos que llevaba dentro me hizo arder los ojos.
La garganta se me cerró un poco más.
Tragué.
Abrí los ojos y volví a concentrarme en lo que me rodeaba.
Tragué otra vez, como si también pudiera hacer desaparecer mis emociones. No funcionó. Seguían allí, tan presentes como siempre.
Sentí el peso de una mirada sobre el rostro y me volví hacia Callum.
El silencio continuó entre nosotros.
No sabía cuánto tiempo llevaba observándome, pero no dijo nada.
Aparté la mirada enseguida. Sus ojos me ponían nerviosa y odiaba sentirme así.
Igual que lo odiaba a él.
Igual que odiaba a su familia.
Igual que odiaba lo que me estaban haciendo.
Moira tardó en regresar. Cuando terminé de comer, recogí mi plato, lo llevé al fregadero y empecé a lavarlo.
Un movimiento a mi derecha me hizo quedarme inmóvil.
Callum se había acercado. Llevaba una camiseta gris y unos vaqueros azul oscuro. Era muy alto, con el cabello casi negro, la mandíbula definida, la nariz recta, los pómulos marcados y unos labios que resultaba demasiado fácil mirar.
Me descubrí observándolo más de la cuenta y aparté los ojos en cuanto comprendí hacia dónde se dirigían mis pensamientos. El calor me subió de golpe al rostro.
No podía negar que era atractivo.
—El lavavajillas está aquí abajo —dijo con aquella voz ronca que me sacó de mis pensamientos.
Lo miré y volví a encontrarme con sus penetrantes ojos color avellana.
Estaba cerca.
Demasiado cerca.
¿O solo me lo parecía a mí? Empezaba a costarme pensar con claridad.
—Gracias. Puedes dejar tus platos en la encimera. Yo me encargo —respondí, intentando recuperar el control mientras me desplazaba hacia un lado para alejarme de él.
Me giré de nuevo hacia el fregadero y continué lavando.
De pronto sentí su pecho demasiado cerca de mi espalda. Me tensé y alcé la mirada.
—Necesito jabón para lavarme las manos —explicó.
Miré a mi izquierda. Allí estaba la botella.
—Claro.
Me sentí ridícula y me hice a un lado para dejarle espacio.
Callum se echó jabón en las manos y frotó sus dedos callosos antes de enjuagarlos bajo el grifo.
Después se secó y se volvió hacia mí. Dio un paso en mi dirección y yo retrocedí tanto que por poco terminé en el jardín.
—La papelera está detrás de ti —añadió.
Miré por encima del hombro y vi el cubo de basura al que se refería.
—Ah...
Fue lo único que mi cerebro logró producir.
Callum tiró el papel que llevaba en la mano, recogió sus cosas y salió de la cocina.
Yo me quedé allí, sola, sintiendo que aquella casa estaba a años luz de todo lo que conocía.
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Abrí mi casillero y guardé los libros dentro. Los pasillos estaban abarrotados de estudiantes y profesores. Algunos corrían hacia sus aulas; otros permanecían de pie charlando con sus amigos.
—¡Oye, Talia!
Sentí una mano sobre el hombro y sonreí al reconocer la voz de mi mejor amiga.
—Hola, Jessa.
Me volví hacia ella.
—¿Dónde estuviste este fin de semana? Fui a verte, pero tu hermano me dijo que no estabas en casa. ¡Brett organizó una fiesta espectacular! ¡Solo faltabas tú!
Volví a concentrarme en los libros del casillero mientras me preguntaba cuánto podía contarle. Al final decidí que todavía no era el momento de decirle la verdad.
—Hola, Talia.
Me giré otra vez al oír mi nombre. A nuestro lado estaba mi hermano mayor, Milo. Parecía no haber dormido en varios días. Llevaba el cabello revuelto, como si se hubiera pasado horas hundiendo las manos en él.
—Hola, Milo —lo saludó Jessa antes que yo.
Empezó a juguetear con el pelo, acomodándose unos mechones detrás de las orejas mientras lo miraba.
—Hola, Jessa —respondió mi hermano con una sonrisa.
—¿Te importaría dejarme a solas unos segundos con mi hermana?
Jessa siguió sonriéndole durante un instante, como si necesitara procesar la pregunta.
—¡Oh! Sí, claro. Hablad tranquilos. Mientras tanto iré adelantando anatomía humana. No es que esté mirando ninguna parte concreta del cuerpo ni nada por el estilo. Me refiero al corazón, por ejemplo. ¡O al cerebro y cómo funciona!
Era un desastre cada vez que Milo estaba cerca.
Suspiré y decidí rescatarla antes de que siguiera cavando su propia tumba.
—Gracias, Jessa.
Ella cerró la boca al fin.
—Ajá... —murmuró, y se alejó.
—¿Cómo estás? Esos malditos Thorne no te han hecho nada, ¿verdad?
Nunca había visto tanto odio en el rostro de Milo. No le pegaba en absoluto; normalmente era una persona amable.
—Estoy bien. De verdad, no me tratan mal. Mi habitación es más grande que nuestro salón —dije con una sonrisa.
Milo se pasó los dedos por el cabello, frustrado.
—Papá y yo discutimos anoche. Sé que está mejor y doy gracias por eso, pero no es justo que todo recaiga sobre ti. ¿Por qué tienes que pagar tú las consecuencias? ¡Esos malditos Thorne pueden irse al infierno!
