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Una nueva mentira.

«¡Maldita sea, esto no puede estar pasando!».

Mis ojos se abren como platos al ver a la mujer que acaba de atreverse a irrumpir en mi hogar. No tengo idea de si se le zafó un tornillo o se cayó mucho cuando era pequeña.

Es tan estúpida que no tengo idea de por qué se atrevió a venir. Lo peor de todo es que ella puede hacer que todo se vaya a la mierda.

Por un instante, pienso en cada una de las formas de poder deshacerme de ella de inmediato, pero eso no puede suceder por ahora. Aún la necesito para poder seguir con el plan.

De lo que sí estoy seguro es de que, después de lograr lo que deseo, ella va a desaparecer de la faz de la tierra. No puedo dejar ningún cabo suelto.

Salgo de mi ensimismamiento cuando escucho el susurro de mi reina.

—Pietro, ¿quién es ella? —pregunta en un tono gélido y siento un tono de reproche. Eso hace que mi corazón palpite con más rapidez.

—Es una socia, amor, pero tranquila, ya la voy a atender —le doy un casto beso—. Adelántate hasta el comedor. En un instante te alcanzo.

Asiente con un movimiento de cabeza mientras la veo perderse por el pasillo que lleva al comedor de nuestro hogar.

Siento que la sangre me hierve hasta el punto de que mi vena carótida está a punto de reventar. Con ello, giro para fulminar con la mirada a la estúpida que no aprende a acatar una orden.

Camino a grandes zancadas hasta acortar la distancia entre nosotros. La tomo del brazo y la llevo a rastras hasta mi despacho. Estando frente a la puerta, la abro e inmediatamente la empujo al interior, cerrando tras de mí.

—¿Qué crees que estás haciendo? —espeto, lleno de furia—. ¿Acaso no entendiste cuando te dije que yo te iba a contactar?

—¡Pues no es obvio! —se cruza de brazos a la altura de su pecho y me mira con odio—. ¿Acaso crees que te vas a deshacer de mí tan fácilmente? Recuerda lo que hay entre los dos.

Suelto una sonora carcajada que la hace fruncir el ceño. Ella aún no se da cuenta de que solo fue un medio para un fin. Se cree que, por haberme acostado con ella unas cuantas veces, tiene derecho a pensar que tenemos algo.

Me acerco a ella y, apretando su mandíbula con una de mis manos, le respondo:

—Entre nosotros nunca hubo ni habrá nada. No creas que, por haberte follado, tienes derecho a irrumpir en mi casa creyendo que eres dueña y señora —fuerzo mi agarre, haciendo que sus ojos se llenen de lágrimas—. Recuerda que fue un trato por el cual te pagué una cuantiosa cantidad de dinero. ¿O ya se te olvidó?

Se suelta de mi agarre y, de repente, siento un ardor en mi mejilla. La muy desgraciada se atrevió a darme una bofetada. No se la devuelvo por el simple hecho de ser un caballero y porque nunca me he atrevido a pegarle a una mujer.

La agarro con fuerza por los hombros y, mirándola directamente a los ojos, le digo:

—Nuestro trato acaba de terminar, así que puedes irte por donde mismo llegaste y terminar de desaparecer de mi vida. Y si no lo entiendes por las buenas, va a tocar que lo hagas por las malas. Puedes tener por seguro que no quieres conocer al demonio que habita en mi interior —la suelto con tanta brusquedad que cae sobre el sofá que se encuentra a un costado de la oficina.

—Eres un maldito hijo de puta. No soy un juguete que puedes utilizar y luego botar como si nada —limpia las lágrimas que brotan de sus ojos—. Te vas a arrepentir de lo que me has hecho. Pronto vas a tener noticias mías.

Con esas últimas palabras, se levanta para salir hecha una furia de mi despacho, azotando la puerta.

Apenas lo hace, saco mi celular y le marco a uno de mis hombres para que esté al pendiente de que ella abandone mi territorio, además de encargarse de seguir sus pasos y darme informes de cada uno de sus movimientos.

Finalizo la llamada y siento un terrible dolor de cabeza. Para calmar las ansias que tengo, me sirvo un vaso de whisky y lo tomo de un solo trago. Siento cómo el líquido quema mi garganta mientras sopeso lo que va a pasar de ahora en adelante.

Arreglo mi saco y salgo del despacho para ir al encuentro de mi reina. Quiero disfrutar de esta comida con ella y, por eso, no la voy a hacer esperar más tiempo. Camino por todo el pasillo y, cuando llego al comedor, la veo parada frente al gran ventanal.

Me acerco a ella con pasos lentos para no asustarla. Cuando llego a su lado, la abrazo por la cintura y ella da un ligero respingo al sentir que alguien la abraza.

—¿Te asusté, mi reina? —pregunto mientras doy un sutil beso en su cuello, sintiendo cómo su piel se eriza ante el contacto.

—Mentiría si dijera que no, pero sí. Creía que aún estabas reunido con tu socia —responde con una media sonrisa—. ¿Sabes? Creo que su rostro se me hace familiar, pero no logro recordar.

—Seguro la has visto cuando ha venido anteriormente a tratar temas relacionados con nuestros negocios —miento—. Dale tiempo al tiempo. Poco a poco vas a ir recordando, amor. Mejor vamos a comer, que muero de hambre.

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Cuando terminamos de comer, subimos a nuestra habitación para tomar un descanso. En pocas palabras, lo que quiero es permanecer cerca de ella el mayor tiempo posible. Siento que, al tenerla alejada de mí, es como si no pudiera respirar. Ella es una parte vital para poder vivir. Ya estuvimos mucho tiempo separados y no puedo permitir que eso vuelva a suceder otra vez.

Estando en nuestra habitación, se recuesta a un lado y no pierdo tiempo. Me acuesto a su lado, envolviéndola entre mis brazos. Me martiriza pensar que, de un momento a otro, pueda recordar quién es la mujer que estuvo hace escasas horas en nuestra casa.

No quiero llegar a imaginar lo que pueda suceder ni las consecuencias que pueda llegar a ocasionar. Por eso, he tomado la decisión de partir hoy fuera del país, a un lugar en donde nadie la conozca ni mucho menos puedan encontrarla.

Tengo que inventarle una excusa para decirle que tenemos que salir de viaje hoy mismo. Todo ya está listo, tanto que nuestro equipaje se encuentra en el avión privado de la familia.

Respiro hondo para decirle otra mentira que espero no tenga consecuencias más adelante.

—Amor, no sé cómo decirte algo que es muy importante —la tomo por el mentón, haciendo que nuestras miradas se conecten, y coloco una falsa expresión de preocupación.

—¿Es algo malo? —pregunta en un tono de angustia.

—No, mi reina, todo lo contrario —beso su frente—. Recibí una llamada en donde me informaron que debo viajar a Italia con urgencia para atender una de mis empresas. No sabía cómo…

—Decírmelo —termina la frase por mí y asiento con un movimiento de cabeza.

—Sé que acabas de pasar por un accidente y lo que menos quiero es estar lejos de ti. Necesito tenerte a mi lado para cuidarte y protegerte.

—Pero… —hace silencio, pensando en las siguientes palabras que saldrán de su boca—. Imagino que tengo un empleo. No puedo dejarlo así porque sí, ¿cierto?

—Por eso no te preocupes, mi reina. Tú eres la CEO de tu propia compañía en Italia —miento nuevamente y tengo que solucionar esto de inmediato para que ella no sospeche.

Puedo notar la duda en su mirada y, por eso, prosigo.

—La razón por la que estábamos en este país fue para firmar un contrato con nuestros nuevos socios, pero nunca pensé que podrías tener un accidente que casi te cuesta la vida.

Sus ojos se llenan de lágrimas y se aferra a mi pecho, en donde la abrazo para brindarle el apoyo que tanto necesita en este momento.

Salimos de nuestra burbuja cuando unos fuertes golpes se escuchan en la puerta.

Me levanto para ver quién se atreve a interrumpir este momento tan mágico y, al abrir, me encuentro con el rostro pálido de uno de mis hombres, que susurra para que solo yo pueda escuchar:

—Jefe, tenemos problemas. Tienen que salir de inmediato…

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