Ella no significa nada.
No sé qué pudo haber pasado para que Pietro tomara la decisión de viajar hoy. Me había explicado que teníamos que viajar a Italia por una emergencia que se presentó en una de sus compañías, pero lo que nunca llegué a imaginar fue que sería apenas unos minutos después de haber conversado conmigo.
Todo sucedió luego de que uno de sus empleados llegara hasta nuestra habitación, rompiendo un momento único y, creo que, especial entre nosotros dos. Tuvo que ser algo muy grave para que tuviéramos que salir de casa como alma que lleva el diablo.
En este momento nos encontramos abordando un avión privado, propiedad de mi prometido. No hemos cruzado palabra alguna desde que salimos de casa. Se la ha pasado sumergido en su celular, chateando y haciendo llamadas a cada momento, las cuales no he podido escuchar, puesto que se aleja para que no pueda oír sus conversaciones.
Cuando encuentre el mejor momento, le voy a pedir que me dé algún tipo de explicación y ver si, de alguna manera, puedo ayudarlo con eso que lo está atormentando.
Minutos después, entra una azafata para informarnos que debemos colocarnos los cinturones de seguridad. Dentro de poco, el avión va a emprender el vuelo y debemos estar listos.
La muy ofrecida no deja de comerse a mi prometido con la mirada. Hasta puedo llegar a imaginar que por su mente pasan todo tipo de perversiones, de las cuales el protagonista es Pietro. De solo pensarlo, algo en mi interior se revuelve y siento que mi sangre hierve, tanto que me siento como un volcán a punto de hacer erupción.
Pietro no le presta ningún tipo de atención porque aún sigue tecleando en su celular. Y, para darle fin a este teatro, decido romper su burbuja de ensueño.
—Muchas gracias por la información —le regalo una sonrisa tan falsa como mi virginidad—. Ya puedes retirarte.
—De nada, señorita. Siempre a la orden —responde con sarcasmo, regalándome una mirada de odio.
Gira sobre sus pies, dándome la espalda, pero antes de retirarse se dirige a Pietro, haciendo que este ponga su atención en ella.
—Señor Pietro, si desea algo, me puede llamar. Sabe que estoy para servirle en todo lo que usted desee.
—Creo que eso lo tiene claro —la fulmino con la mirada—. No hay necesidad de que lo molestes cuando se encuentra ocupado atendiendo asuntos más importantes.
Pietro dibuja una media sonrisa en su rostro, afirmándole a la ofrecida que, si necesita algo, él la llamará. Cuando desaparece de nuestro campo de visión, mi prometido se acerca a mí con una sonrisa socarrona y susurra en mi oído:
—¿Esos son celos? —besa mi cuello, haciendo que se me erice la piel—. Nunca te había visto en esa faceta, pero he de admitir que me encanta.
—No son celos. Es solo que tienen que aprender cuál es su lugar —ajusto el cinturón de seguridad y volteo hacia la ventanilla, evitando su mirada.
—Eres mala mintiendo, reina. Te conozco muy bien —toma mi rostro entre sus manos y une nuestros labios en un beso apasionado.
No sé cuánto tiempo nos mantenemos así, pero, luego de un rato, nos separamos cuando el beso se está tornando más urgente. Une nuestras frentes y me dice que me relaje, ya que son varias horas de viaje y necesito descansar.
Regresa a su asiento, colocándose el cinturón, y en cuestión de minutos escuchamos la voz del capitán informando que ya es hora de despegar. El jet se pone en marcha y, en menos de lo esperado, nos encontramos en el aire.
Por la ventanilla puedo visualizar el paisaje que me presenta la maravillosa ciudad. Aún tengo muchas lagunas mentales; prácticamente, no recuerdo absolutamente nada.
Por una extraña razón, siento que hay cosas que Pietro me oculta y que aún no estoy segura de que vaya a contarme. Le daré el tiempo que requiera mientras logro recobrar parte de mis recuerdos y solo espero que no pase mucho tiempo para ello.
Poco a poco, siento cómo mis párpados empiezan a cerrarse, cayendo en un sueño profundo. Lo último que veo es a Pietro mirando en mi dirección con una maravillosa sonrisa, una que hace que se estremezca cada partícula de mi cuerpo.
Pietro
Verla plácidamente dormida hace que me sienta más aliviado.
No puedo negar que para mí fue una gran sorpresa ver la manera en que reaccionó ante las insinuaciones de Clarisa. Aunque me haya negado que sentía celos, estoy más que seguro de que sí son reales.
Tenía dispuesto viajar a primeras horas de la noche, pero apenas fui alertado por uno de mis hombres, quien me informó que Alessandro D'Angelo estaba buscando desesperadamente el paradero de mi reina, no dudé ni un segundo y salimos de casa lo más pronto posible.
Esa es otra piedra en el camino de la cual me voy a deshacer si llega a darme problemas en el futuro.
Les di instrucciones a mis hombres de que no dejaran ningún tipo de evidencia que pudiera facilitar información sobre su estadía en el hospital y en mi casa. Todo va a parecer como si nunca hubiera estado viviendo en la propiedad.
Las únicas personas que iban a quedar a cargo de ella serían mis fieles sirvientes. Ellos no se van a atrever a abrir la boca y de eso estoy más que seguro. ¿Por qué? Muy fácil: sus familiares se encuentran bajo mi cuidado en una propiedad en Italia de la cual nadie más tiene conocimiento, sino única y exclusivamente mi mano derecha y yo.
No tengo idea de qué pensamientos pueden estar rondando por su cabeza, por eso tengo que ser precavido y estar en alerta. Sé que las mentiras tienen patas cortas y, tarde o temprano, todo saldrá a la luz.
Lo que el doctor y el mismo Luca me propusieron puede ser algo un tanto descabellado, pero no tengo otra opción.
Todo esto será mientras tomo las riendas de mis negocios en Italia. No quiero inyectarle esa medicina por el simple hecho de que me da miedo que pueda ocasionarle efectos secundarios de los cuales pueda llegar a arrepentirme en el futuro.
No tengo otra opción si lo que quiero es que no vaya a recordar nada de lo que ha vivido durante este último año, en especial a Erick y a su bastardo. En cuanto a su pequeña, es algo que tengo que planear meticulosamente para no cometer errores.
Mientras los Carters viven su duelo, yo me encargaré de crear una nueva vida para mi reina y un nuevo futuro en donde solo estaremos ella, su hija, nuestros futuros herederos y yo. Puede que suene muy egoísta de mi parte, pero ya la perdí una vez y no pienso volver a cometer los mismos errores del pasado que nos hicieron tomar rumbos diferentes.
Hago a un lado la laptop y camino en su dirección. Se ve tan hermosa cuando duerme, pero lo que más me excita es cuando se pone celosa. En lo más profundo de su corazón, sé que me recuerda, porque la historia que vivimos no se puede olvidar de la noche a la mañana.
Desde un principio supe las intenciones de Clarisa y, por ello, esperé a ver cuál era la reacción de Cinthya. Y, como lo suponía, sintió un mínimo de celos cuando ella me coqueteó.
Clarisa no significa nada para mí. Ella era quien se encargaba de hacer mucho más relajados y placenteros mis largos viajes y de ayudarme en mis momentos de mucho estrés. No creo que sea algo que deba explicar; ya se deben hacer una idea de a qué me refiero.
Salgo de mis pensamientos cuando veo que Cinthya comienza a moverse un tanto incómoda. No debe ser relajante dormir en un asiento y, por ello, suelto su cinturón y la tomo entre mis brazos para llevarla hasta la habitación que se encuentra al final del pasillo.
Al entrar, la recuesto con mucho cuidado para que no vaya a despertarse. Le quito los zapatos y la arropo con una cobija. Me quito los zapatos y el saco que me estorba. Cuando hago el amago de recostarme junto a la mujer que tanto amo, la puerta se abre de par en par, dando paso a Clarisa.
—¿Se puede saber qué demonios haces aquí? —espeto con molestia—. ¿Acaso no te enseñaron a tocar la puerta antes de entrar?
—No fue mi intención interrumpir —se cruza de brazos mientras observa a Cinthya recostada en la cama con una mirada de odio—. Además, solo quería pasar un rato contigo.
Camino en su dirección, la tomo con fuerza del brazo y la arrastro hasta la salida, cerrando la puerta tras de mí. No quiero que mi reina vaya a despertarse y mucho menos que escuche lo que tengo por decir.
—Lo voy a decir solo una vez y espero que te quede claro —apunto con mi dedo índice hacia su sien—. No me pienso acostar contigo nunca más. Para mí no significas nada y solo fuiste la mujer con la que me acostaba para poder desestresarme en mis momentos de estrés. Ahora las cosas han cambiado y espero que sepas cuál es tu lugar.
—Todo es por ella, ¿cierto? —las lágrimas brotan por sus mejillas—. Ella nunca te va a amar como lo hago yo. Más tarde que temprano, todo este teatro se te va a acabar. A mí nunca me diste un lugar en tu cama y mucho menos en tu corazón. Mientras a ella la llenas de atenciones y la acuestas en tu cama, a mí solo me follabas en el baño del jet y me desechabas como un trapo sucio.
—Todo estaba claro desde un principio y tú lo aceptaste. ¿O me equivoco? Pero te advierto que, si llegas a acercarte a ella o intentas hacerle algo, lo vas a pagar con tu vida —la empujo para que termine de largarse—. Fuera de mi vista. No quiero volver a repetir las cosas.
Y, finalizando con estas palabras, la veo perderse por el pasillo. Antes de entrar a la habitación, hago una serie de respiraciones para tranquilizarme. No quiero acostarme al lado de mi reina alterado y mucho menos que se dé cuenta y empiece a hacer preguntas que no quiero responder en este momento.
Tomo mi posición a su lado y, atrayéndola a mi pecho, dejo que su delicioso olor inunde mis fosas nasales. Solo espero que a Clarisa no se le ocurra hacer una estupidez, porque no me va a temblar el pulso para mandarla al otro mundo, ese en donde no va a tener un boleto de regreso.
Espero que, una vez puestas las cartas sobre la mesa, todo le haya quedado totalmente claro.
