
¡Ella! es mi Locura
Sinopsis
Secuela de Las locuras de mi Jefe Cuando pensaban tener un final felíz el cruel destino les juega una mala pasada. Cinthya nuevamente queda devastada. En esta ocasión presencia la muerte del amor de su vida. Es obligada a abandonar a sus hijos y tener que estar al lado de un hombre, el cual fue el causante de su desgracia. Vivirá una nueva vida llena de engaños y mentiras, donde aprenderá a mover las fichas a su favor. Para ello tiene que buscar un aliado que sea incondicional y que la ayude a recordar muchas cosas que olvido aquel trágico día. ¿Podrá recordar todo lo olvidado? ¿Se reencontrara con sus hijos? ¿Cómo va a afrontar la muerte de Erick? ¿Qué le deparará el futuro? Muchas preguntas sin respuestas. Hechos y acontecimientos inesperados. Alianzas, estratégias y la llegada de un hombre misterioso que va a cambiar el rumbo de toda esta historia.
Entre cuatro paredes.
—¿Dónde estoy? —despierto desorientada, con un terrible dolor de cabeza—. Señorita, por favor, ayúdeme —le pido a la enfermera que se encuentra a pocos pasos de mí.
—Mantenga la calma, puede hacerse daño —la enfermera me ayuda a recostarme nuevamente—. Todo está bien, no se preocupe. El dolor va a pasar rápido.
—¿Qué me pasó? ¿Por qué estoy aquí? —coloco ambas manos sobre mi cabeza. El dolor es terrible, parece que me hubieran golpeado con un martillo—. No recuerdo qué fue lo que me pasó.
—Solo puedo decirle que gracias a su prometido está a salvo —informa mientras coloca el tratamiento en el suero—. Ese hombre se ha desvivido por usted durante todos estos días. Ha estado al tanto de todo lo referente a lo que le pase. Además, se nota lo mucho que la ama.
La enfermera sigue hablando, cosa a la que ya no le presto atención. Lo último que escuché fue que mi prometido hizo todo lo posible por salvarme. ¿Qué demonios fue lo que ocurrió? No recuerdo nada. Prácticamente, me devano los sesos tratando de recordar, pero todos mis esfuerzos son en vano.
La enfermera termina de revisarme y sale, cerrando la puerta. Me encuentro recostada en la cama y no me había percatado de que tengo la cabeza vendada.
No entiendo qué fue lo que pudo suceder. El trauma tuvo que ser tan fuerte que no recuerdo nada. Tengo la mente totalmente en blanco y esto me está empezando a preocupar.
Trato de obligar a mi cerebro a recordar lo que sea que haya sucedido, pero el terrible dolor de cabeza me lo impide. Espero que, con el tiempo, pueda recuperar mis recuerdos y tal vez mi prometido me pueda ayudar.
Las horas pasan y mis párpados empiezan a pesar. Poco a poco, cierro los ojos hasta caer en un profundo sueño.
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Despierto sintiéndome mucho mejor. El dolor de cabeza ha disminuido considerablemente. Los medicamentos que me han suministrado han hecho efecto satisfactoriamente.
El doctor que se encarga de atender mi caso dice que he mejorado muy rápido. Lo que me preocupa es no recordar nada de mi vida. Tengo muchas lagunas mentales, y todo a causa del golpe que recibí en el accidente automovilístico que sufrí. «Esas fueron las palabras dichas por mi médico tratante».
Según mi doctor, recuperar la memoria lleva tiempo. No sabe con exactitud cuánto puede tardar. Pueden ser días, meses e incluso años. «Espero no estar desmemoriada por mucho tiempo. Necesito saber más de mi vida. Mis últimos recuerdos son cuando bailaba en el club, y no creo que mi vida haya girado en torno a eso».
En cuanto a mi prometido, no lo he visto en casi un mes de estar aquí hospitalizada. Solo nos hemos comunicado por llamadas telefónicas. Cada vez que lo hace, no deja de decirme lo mucho que me ama y cuánto me extraña. Tuvo que salir del país por negocios y, en parte, lo entiendo. No puede descuidar sus negocios por estar a mi lado cuidándome.
Escuchar su voz no me hace sentir nada. Siento que es un completo extraño para mí en todos los sentidos y no sé cómo es que estamos comprometidos.
Muchas veces he llegado a pensar que todo esto se debe al accidente, pero estoy segura de que, con el pasar del tiempo, todo se va a aclarar y, por fin, voy a recuperar mis recuerdos.
Si todo sale bien en los exámenes que me han realizado, en cuestión de días seré dada de alta. La verdad es que estar encerrada en estas cuatro paredes no es para nada divertido.
Por lo menos, no todo es malo ni aburrido. He entablado una amistad con Amanda. Ella es la enfermera que se ha hecho cargo de mí durante mi estancia en este hospital. Con ella converso de temas triviales y me habló de su pequeño hijo, que cuenta con dos años de edad.
Saca de su bolsillo una foto de su pequeño y me la muestra. Es muy tierno y no sé por qué razón siento que mi corazón se estruja y una pequeña lágrima brota por mi mejilla.
Disimuladamente, paso mi pulgar para limpiarla. No quiero que ella se dé cuenta de que estoy llorando. No tengo un motivo ni una explicación para lo que estoy sintiendo en este momento.
—¿Por qué está triste? —toma mi mano con mucho cariño—. ¿Acaso dije algo que te hizo ponerte así? Te juro que no fue mi intención…
—Si te digo que no sé el motivo por el cual me puse así, no me lo vas a creer —me encojo de hombros—. Tal vez vas a pensar que ya me volví loca.
Ambas soltamos una carcajada a causa de lo que acabo de decir. Seguimos conversando por un largo rato, durante el cual me cuenta que es madre soltera y que la vida para ella no ha sido fácil.
No cuenta con el apoyo de sus padres. Dice que ellos se decepcionaron tanto de ella que le dieron la espalda, negándose a ayudarla.
En cuanto al padre de su hijo, apenas se enteró de su embarazo, huyó como un cobarde para no hacerse responsable. Prefirió darle una suma de dinero para que se hiciera un aborto, cosa que ella no tenía pensado hacer.
El pequeño no tenía culpa de nada y ella no iba a recurrir a lo más fácil para deshacerse de él. Ella lucharía contra viento y marea para sacar a su pequeño adelante.
Después de que me den de alta, tengo que seguir guardando reposo por más tiempo. Pensé que sería una gran idea decirle a mi prometido que ella sea mi enfermera y así poder darle un ingreso fijo, además de darle la posibilidad de que tenga a su pequeño junto a ella y no siga gastando en el cuidado de niños.
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Finalmente, ha llegado el día tan esperado. En la mañana, durante la revista médica, el doctor Inciarte me informó que en horas de la tarde podré, al fin, ir a casa.
Me hace entrega de unas indicaciones, las cuales debo seguir al pie de la letra, y me explica que debo tomar las medicinas en los horarios establecidos.
También hizo hincapié en la importancia de mantener una alimentación sana: nada de comida chatarra hasta que mi organismo esté totalmente recuperado.
Espero que salga para poder entrar y darme una larga ducha. Quiero relajar mi cuerpo; lo tengo tan adolorido por tanto tiempo de estar acostada. Hasta he llegado a pensar que lo poco que tenía de trasero me ha quedado como una tabla.
Después de darme una ducha, ya estoy lista, esperando la hora para salir de este encierro. Por poco me vuelvo loca entre estas cuatro paredes.
Cuando estoy desenredando mi cabello, la puerta se abre y Amanda entra con una gran sonrisa.
—¿Cómo se siente mi paciente favorita? —esboza una gran sonrisa—. Debes estar feliz porque al fin vas a salir de aquí.
—En lo primero, no creo que sea tu favorita —pongo los brazos en jarras—. En cuanto a lo segundo, no te equivocas. La palabra «feliz» se queda corta.
Ambas reímos mientras termino de peinar mi cabello y ella me ayuda a arreglar mi maleta. Dentro de un rato, mi «prometido» vendrá por mí y, al parecer, no le gusta esperar.
La puerta se abre y le da paso a un hombre muy, pero muy guapo. Tanto, que sentí que mis bragas se humedecieron. «Santa madre del purgatorio, creo que estoy soñando».
Puede que parezca un poco extraño, pero la palabra PELIGRO se ilumina en mi cerebro, haciendo que se active un mecanismo de defensa que grita que debo tener cuidado. «No sé por qué sucede esto, pero debo ser precavida».
—¿Cómo te sientes, amor? —camina en mi dirección y me estrecha entre sus brazos, acariciando mi mejilla—. No te imaginas lo preocupado que he estado por ti…
