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Promesa.

Cinthya

Abro los ojos y me doy cuenta de que no me encuentro en el asiento del jet; ahora estoy en una habitación pequeña y acogedora.

Intento incorporarme, pero algo pesado que rodea mi cuerpo me lo impide. Bajo la vista hacia mis extremidades inferiores y puedo notar un brazo fuerte que me rodea la cintura y una pierna que se entrelaza con la mía.

Giro mi cuerpo con cuidado para no despertar a Pietro. Cuando mi rostro queda frente al suyo, no puedo evitar detallar cada facción de su rostro.

Por inercia, mi mano viaja hasta su cabello y lo acaricio. Se siente tan sedoso. Sigo haciendo el recorrido por su rostro, desde sus cejas pobladas, pasando por su nariz y finalizando en sus labios.

Acaricio con cuidado su barba, que no ha de llevar más de dos días sin afeitarse. Esta también se siente suave; lo más seguro es que se aplique alguna clase de aceite para mantenerla de esta manera. De repente, me sorprende cuando me atrae más hacia su cuerpo.

—¿Qué haces, pequeña pervertida? —Sus hermosos ojos grises conectan con los míos a la vez que esboza una pícara sonrisa—. Si debo estar dormido para que me aprecies de esta manera, de ahora en adelante lo haré más seguido.

—No seas tonto. —Mis mejillas se enrojecen y, por un instante, siento vergüenza—. Solo estaba quitando unas pelusas que tenías encima.

—Voy a hacer que te creo. —Besa la punta de mi nariz—. ¿Cómo te sientes? ¿Pudiste descansar?

—Sí, me siento mucho más relajada. —Poso mi mano en su mejilla—. Pietro… No, mejor olvídalo.

—Dime, reina, no te cohíbas de preguntar lo que quieras. —Besa mi mano—. Voy a responder a cada una de tus inquietudes.

Dudo por un instante si hacer o no la pregunta que tengo rondando por mi cabeza. Tomo valor y, tras tomar una bocanada de aire, las palabras se deslizan por mis labios.

—¿Tuviste algo con Clarisa a mis espaldas? —pregunto con seguridad—. Quiero que seas sincero conmigo. No quiero que esta relación esté basada en mentiras.

—Reina, no te voy a negar que me acosté con ella algunas veces durante mis viajes. —Se incorpora de la cama—. Eso fue cuando estuvimos separados por un tiempo. Todo te lo voy a explicar en su debido momento. Te juro que no he tenido nada que ver con ella desde hace mucho. Ahora solo tengo ojos para ti y, por nada del mundo, te quiero volver a perder.

Siento que está siendo sincero, pero algo dentro de mí me indica que no debo confiar ciegamente en sus palabras.

Me mantengo en silencio por un instante mientras pienso lo que voy a responder.

—Pietro, solo espero que no haya más mentiras. Voy a tratar de confiar en ti. —Me levanto de la cama—. Todo esto que está pasando no es nada fácil para mí y quiero retomar mi vida nuevamente, pero, para ello, quiero que todas las cosas estén claras y que siempre hablemos con la verdad.

Se levanta de la cama y camina en mi dirección. Acorta la poca distancia que nos separa y, uniendo nuestras frentes, me hace una promesa.

—Prometo que de ahora en adelante no habrá secretos entre nosotros. —Acaricia mi mejilla con delicadeza—. Solo quiero que sepas que lo que hubo entre Clarisa y yo terminó. Te repito nuevamente que ella no significó nada para mí.

Con un beso sellamos esa promesa. Nos quedamos abrazados por un rato, hasta que el rugir de mis tripas nos saca de nuestra burbuja.

—Parece que alguien tiene mucha hambre. —Besa mi frente—. Ven, vamos a comer algo; aún nos quedan horas de vuelo.

—Adelántate, en un rato te alcanzo. —Camino en dirección al baño.

—No te vayas a demorar, sino vendré por ti. —Sale de la habitación y cierra la puerta.

Entro al baño y aprovecho para hacer mis necesidades. Sentía que mi vejiga iba a explotar si esperaba un rato más. Cepillo mis dientes y lavo mi cara para espabilarme y estar atenta. Sé que Pietro dijo que no tiene nada más que ver con Clarisa, pero mi sexto sentido me indica que ella no se va a quedar tranquila y va a querer hacerme la vida imposible durante lo que resta del vuelo.

Cuando llego al lado de Pietro, ya está servida la comida. Lo veo concentrado en su laptop, revisando quién sabe qué cosas. Cuando se percata de mi presencia, la deja a un lado.

—Ven, amor, siéntate a mi lado. —Tiende su mano para que la tome—. Estuve tentado de ir por ti.

—No seas exagerado, no demoro más de diez minutos. —Golpeo su hombro—. Ahora no me vas a salir con que no puedes vivir sin mí.

—Consta que tú misma lo acabas de decir y no te has equivocado en nada. —Deja un beso en mi cuello—. Vamos a disfrutar de la comida, que ambos estamos muertos de hambre.

Mientras comemos, conversamos sobre los planes que tiene para las nuevas inversiones. Afortunadamente, Clarisa no ha hecho acto de presencia, cosa que agradezco.

Cuando terminamos de comer, Pietro presiona un botón y, al poco rato, Clarisa hace acto de presencia para retirar los platos de comida. La mirada que me lanza no es nada amistosa; está llena de odio y desprecio. Y, como no soy moneda de oro para caerle bien a nadie, me acerco a Pietro y tomo su rostro entre mis manos, uniendo nuestros labios en un beso apasionado, el cual él corresponde con gran efusividad.

No sé cuánto tiempo pasa; solo nos separamos por falta de aire.

—Vaya, a cada instante me sorprendes más. —Coloca un mechón de cabello detrás de mi oreja—. Creo que tengo muchas más cosas por descubrir.

—Solo quería que ella supiera cuál es su lugar. ¿O acaso no puedo defender lo que es mío? Porque, si es así…

No termino de decir la frase porque une nuestros labios en un beso.

—Sé perfectamente que es una manera de marcar tu territorio, pero puedes estar tranquila, porque la única mujer que deseo en mi vida y en mi cama eres tú.

Lo que resta del vuelo lo ayudo a revisar los contratos para las nuevas inversiones. La mayor parte de ellos tienen que ver con nuevas cadenas hoteleras y clubes nocturnos.

Sacamos la mayor parte del trabajo en menos de una hora. Para cuando estamos a punto de aterrizar, aparece Clarisa, informando que debemos colocarnos los cinturones porque estamos a punto de aterrizar. Esta vez, solo da la información y se gira a toda prisa, directo a la cabina.

Cuando aterrizamos, Pietro me toma de la mano para salir juntos. Al pisar tierra firme, siento un gran alivio, al igual que una extraña sensación que se apodera de mis emociones. Pietro nota mi estado y, para tranquilizarme, aprieta mi mano y deja un beso en la comisura de mis labios.

A pocos metros nos espera una camioneta negra blindada. De ella sale un hombre de la misma altura y contextura de Pietro. No puedo negar que es tan guapo como mi prometido.

A medida que se acerca a nosotros, Pietro me toma por la cintura y ejerce presión en su agarre. Si él decía que yo sentía celos por lo vivido con Clarisa en el jet, él, en este momento, está siendo posesivo y celoso a morir.

—Pietro Salvatore en persona. —Esboza una gran sonrisa—. ¿Será que puedo saludar a tu prometida?

—Claro que sí, pero no abuses. —Espeta con frialdad—. Reina, no te acerques mucho a este donjuán.

—Es todo un placer tener de vuelta a la mujer que tiene como idiota a mi amigo. —Besa el dorso de mi mano—. Tan bella y hermosa como siempre.

—Gracias por la cordial bienvenida…

—Lucca, pero puedes llamarme dios griego. —Guiña un ojo.

—Deja tus babosadas y vámonos, que mi mujer está cansada y nosotros tenemos trabajo por hacer.

Subimos a la camioneta y nos ponemos en marcha hacia el que será nuestro hogar. Por todo el camino, Lucca le va dando información a Pietro sobre las próximas reuniones que tienen. Al parecer, el trabajo que tienen es mucho más de lo que había pensado.

De vez en cuando, la mirada de Lucca y la mía se encuentran a través del espejo retrovisor. Por más que intento recordar su rostro, no logro hacerlo. Él me conoce mucho más de lo que pienso, pero el detalle está en que yo no lo recuerdo.

Al cabo de una hora, entramos a una zona que se encuentra alejada de la ciudad. En la entrada hay una gran reja que, al abrirse, nos da paso. Lo que captan mis ojos es majestuoso. Hay un camino empedrado y muchos árboles a los costados. Al llegar, giramos en un círculo y, al estacionar, nos recibe una gran mansión. Por la estructura que tiene, se nota que es de la Edad Antigua. Es impresionante lo bien conservada que se encuentra la propiedad.

—¿Te gusta? —Frunce el entrecejo—. La adquirí hace unos días, pero, si no te gusta, podemos comprar otra.

—Claro que me encanta, pero creo que exageraste. —Respondo mirándolo a los ojos—. ¿No te parece muy grande para nosotros?

—Para nada, mi reina. Te mereces esto y mucho más. Además, dentro de poco tendremos a los niños corriendo por toda la casa.

—¿Niños? —Abro los ojos como platos por la impresión—. Aún no nos hemos casado y ya estás pensando en muchos niños.

—¿No quieres tener hijos?

—Claro que sí, pero por ahora es muy pronto para tocar ese tema.

—No sabes qué alivio me has dado. Por un momento pensé que no los querías. Me muero por ser padre y, sobre todo, porque tú seas la madre de mis hijos. —Me acuna en un fuerte abrazo—. Ahora sí, vamos, que te tengo una gran sorpresa.

Al entrar, nos recibe el personal que se encuentra a cargo de la casa. Se van presentando uno a uno y los saludo con gran cordialidad, pero lo que más feliz me hace en ese momento es ver a Amanda, mi enfermera. A su lado se encuentra un pequeño, y ese ha de ser su hijo, David.

Lo reconozco por las fotos que ella me había mostrado tiempo atrás.

—¡Amanda! —Corro en su dirección y le doy un fuerte y caluroso abrazo—. ¡Qué alegría tenerte aquí! No pensé que llegarías tan rápido.

—Llegamos hace algunas horas, señorita.

—Tú debes ser David. ¡Qué hermoso y guapo eres!

El pequeño se esconde detrás de su madre. Seguro es porque no me conoce, pero me voy a ganar su confianza en cuestión de días.

Pietro se acerca a mí, rodea mi cintura y deja un beso en mi mejilla.

—Espero que te haya gustado la sorpresa, mi reina. —Dice cerca de mi oído—. Ve a descansar. Nos vemos más tarde. Yo tengo que atender unas cosas con Lucca.

Se despide de Amanda y de mí para luego dirigirse a los otros empleados y darles una serie de instrucciones.

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