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EL SUEÑO AMERICANO

CAPITULO II

EL SUEÑO AMERICANO

Las fiestas nocturnas junto a Espil resultaron ser algo fuera de lo común, donde aprendía constantemente sobre economía, política, y alta sociedad, tanto que apenas podía asimilarlo en el tiempo de que disponía. Pero Wallis sentía fluir dentro de su alma una corriente que la empujaba cada vez más alto, como si un destino mejor y más encumbrado la esperase en el camino de la vida. Felipe Espil le había dicho un día que debería marcarse unas metas y no abandonarlas pasase lo que pasase…ella le preguntó si eso le incluiría a él mismo, y Espil le respondió con un lacónico: “Sí”. Fue entonces cuando supo Wallis que su historia de amor y entendimiento mutuo, tocaría algún día a su fin. Se marcó su primera meta, disfrutar de Espil, para nunca olvidar que un hombre mereció la pena antes de que la vorágine la devorase para situarle en lo alto de la cresta tanto a él como a ella.

-Wallis –le habló con voz queda y la mirada vidriosa a causa de las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos.-debo decirte que cuando esto nuestro termine, tendremos que mantener nuestro recuerdo dentro, en un lugar privado que nadie conozca, allá donde no alcance la desdicha ni el dolor, y que siempre podamos contar en nuestros cerebros-señaló su sien derecha con el dedo índice-con el recuerdo que nos anime y nos haga recobrar el ánimo en los momentos de mayor dificultad.

-Veo que hemos recorrido un largo camino Philip,-le llamó por su nombre en inglés como solía hacer cuando hablaban de asuntos importantes-pero aun quedan asuntos pendientes, y espero que nos dé tiempo para solventarlos.

-Sí, así es. Queda algún tiempo, pero a pesar de que mi amor es tuyo, solo podré conservarlo cuando me vaya si tu haces otro tanto…

-Me estás asustando Philip, espero que solo sea una sugerencia y no un adiós precipitado.

-Nada de eso, darling-usó ahora él el inglés para agradarle a ella-es solo, que deseo que no sea de manera brusca, que hayamos de despedirnos, cuando no quede tiempo, ni lugar, al que acudir para dejar, que el caudal de la vida nos arrastre a ambos. Sabes que mis metas son altas y he de ascender para situarme antes de que proceda a venir la catástrofe que yo creo se avecina.

Wallis continuó la conversación, a pesar de que, le resultaba incómoda y resbaladiza, pero Espil le había dicho muchas veces que no debía abandonar ese tipo de conversaciones, si no era imprescindible, endurecían las cabezas de quienes combatían en ellas. Y como buena discípula Wallis obedecía en lo posible. Aquella noche los dos traspasaron sus propios límites y sus cuerpos como solían hacer se unieron en una danza de sensualidad y pasión que les desinhibió de pensamientos de abandono, de modales educados, o pretensiones sociales. Wallis y Espil terminaron la velada en la casa de un amigo común que jamás saldría a la palestra, y en la planta alta de su casa a las afueras de Washington, ambos desnudos uno ante el otro, se acariciaron sin prisas ni requiebros, recorriendo el cuerpo del otro en un ritual, que les ofrendaba el dios Apolo en su infinita misericordia, a fin de mantenerlos como a figuras ajenas a los dolores del ser humano. Wallis hizo gala de una pasividad que jamás se repetiría, sabedora de que las expertas manos de Espil, explorarían su cuerpo que se entregaba como fruta madura en las manos de su dueño, el único dueño, que ella reconocería jamás, a lo largo de su intensa vida. Los gemidos sordos de la mujer se entremezclaban con los jadeos excitados del varón que intercambiaban su sudor y su ansias devoradoras, de modo que cuando comenzaron a dar vueltas lentamente sobre las sábanas blancas de la enorme cama con dosel, los dos quedaron unidos por un vínculo eterno que ninguna reconvención humana o divina podría quebrar ya nunca. Espil penetró en el cuerpo de Wallis, con la virilidad de quien sabe que solo le pertenecerá a él, aquel templo que ahora le daba la bienvenida y que solo otros, profanarían con su indeseada presencia, a cambio de ofrendas a la diosa. Las noches transcurrieron como si el sol jamás volviese a salir para ellos dos, y las lecciones de Espil fueron siendo más duras, de aprender, a medida que el tiempo como la arena de un reloj iba cayendo inexorablemente, en el cuenco, de un vacío sentimiento de necesidad.

Cuando Espil trabajaba en la embajada ella aprovechaba para organizar su agenda diaria como lo haría un buen alemán, por un estricto horario, en el que hasta los momentos de ocio estaban enmarcados en su lugar exacto. Solía tomarse el té frente a la chimenea en una silla dorada tapizada en azul y blanco que le hacía sentir la reina de aquella casa. En la mesa un juego de té Royal Albert, desplegaba su majestad adornando el instante sagrado del té de la tarde. Era el prefacio que anunciaba la llegada de Felipe Espil su Philip. El pluncaque con pasas y la leche fría eran los únicos compañeros de aquel instante en que el mundo desaparecía ante sus ojos para permitirle dejar de pensar y de controlarlo. Echaba el té reposado previamente y un azucarillo que se disolvía en él suavemente. Removía con la cucharilla de plata y en el remolino que se formaba echaba una nubecita de leche fría que le confería aquel sabor secreto que tanto amaba. El mundo se paralizaba cuando ella se sentaba en aquella silla solo utilizada para tal momento privado. Tenía que prepararse para la cena de gala a la que Felipe Espil iba a acudir. La bandeja del té quedó abandonada y el armario cobró el protagonismo que le aportaba la seguridad externa. Eligió un vestido de corte recto, y de un color escarlata, que adornó, ciñéndolo con un fajín de seda negra, a modo de cinturón ancho, y unos zapatos negros de tacón muy alto. En las punteras, unas lentejuelas les hacían brillar levemente, y el bolso que extrajo de la balda superior, donde se alineaban los demás, resultó ser un diminuto y plateado estuche, con cadena que quedó aferrado ante el espejo por sus dedos.

La velada iba a ser de las que aportan nuevos conocimientos y contactos, que más tarde serían de inestimable valor, a la mujer que daba la cena en la mismísima embajada de la República Argentina. En el salón de recepciones los invitados tomaban unas copas de champán, en espera de ser llamados para acomodarse en la gran mesa del comedor oficial donde se daban cita cuatro parejas. A Wallis le desagradaba tener a más personas en la mesa, no podía controlar la conversación ni atender adecuadamente a cada uno de los personajes que tenía delante. Un automóvil llegaba con premura trayendo al personaje de mayor relevancia a bordo, el mismo presidente Máximo Torcuato Alvear, que descendía acompañado de su esposa la cantante de ópera Regina Pacini, que elegantemente ataviada sonreía satisfecha. El líder de la UCR entraba en la embajada y tras él se cerraban las puertas para acto seguido ser anunciado y abrir las dobles hojas de madera que comunicaban con el salón comedor donde el presidente acudía a la recepción dada por Wallis Warfield. Felipe Espil cedió la cabecera al presidente y a su derecha se situó su esposa, que lo alentaba en las cuestiones de índole cultural y alegraba las veladas añadiéndoles un elemento indispensable, la alegría de su rostro afable. Wallis ocupó el extremo opuesto y a su derecha se sentó Felipe Espil. El hacendado Miguel de la ciudad de Córdoba, dueño de grandes extensiones de azúcar y Manuel de Alcór, empresario textil que asomaba al escenario empresarial con fuerza, se acomodaron uno frente al otro, con sus respectivas y grises esposas. El último en tomar asiento, fue el contralmirante Julián Irízar, Su fuerza emanaba de una personalidad poderosa y en todo el país s ele consideraba un héroe.

Los camareros fueron sirviendo en delicadas tazas los consomés humeantes que crearon la atmósfera propicia para hablar del consabido tiempo, y de este modo romper el hielo, iniciándose las conversaciones. Las copas fueron llenadas de vinos tintos importados de España, y la carne de la Pampa hizo su aparición estelar abriendo el apetito de los emperifollados invitados, que comenzaban a relajarse. Wallis como anfitriona estaba obligad a empezar los contactos y hacer las presentaciones a fin de eliminar las reticencias y extirpar el desconocimiento entre ellos.

-Creo señor,-se dirigió al invitado más importante en `primer lugar-que el país pasa por una etapa de cambio en la que las importaciones no son el elemento mejor considerado…-dejó el resto para que el presidente se explayase mostrando su nociones sobre el tema y así poderse lucir.

-Es cierto señora Warfield, el tejido industrial en la Argentina, pasa por una mezcla de productos manufacturados, carne, textiles, y cereales, que nos colocan entre las primeras potencias productoras, y exportadoras…sin olvidar el azúcar-miró a don Miguel de Córdoba-que empieza a situarse entre las materias primas esenciales de la nación.

-Creo que para tales éxitos se habrá de contar con la armada argentina que protegerá las exportaciones de manera y forma que no se pierdan las ganancias de la nación-introdujo su opinión el contralmirante Irízar que con su corpulencia impresionaba.

-Nada como colaborar entre los que poseen naturales condiciones a la hora de engrandecer a una nación…-añadió Felipe Espil que satisfecho del curso que tomaba la velada sonreía seductoramente suavizando las posturas.

Las lámparas de estilo imperio relumbraban, y las ventanales despedían al exterior su luz intensa y dorada, mientras los comensales discutían y conformaban alianzas entre sí. La embajada no tendría nunca más una velada tan intensa y la marcha de Wallis supondría el decaimiento en este aspecto de las cenas de gala en las que el presidente mismo la echaría de menos. Las opiniones de Wallis Warfield una mujer ilustrada como lo estaría un varón de su tiempo, suponía un elemento disonante, que aportaba frescura y contraste, a las conservadoras opiniones políticas, que aburrían en las reuniones sociales al uso.

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