EL SUEÑO AMERICANO (parte 2)
Wallis veía como su ascendente sobre los varones, era cada vez mayor, a causa de sus conocimientos, y de la información que siempre se encargaba de reciclar, a fin de mantener al día sus opiniones. La prensa diaria era como un ritual forzado para ella, y escuchar, su pasión, cuando tenía delante a un hombre, capaz de fascinarla con sus experiencias. A lo largo de los años posteriores, echaría de menos a Espil y sus veladas de gala, con personajes de alto copete, que le conferían parte de su brillo a ella misma. A partir de aquellos días, Wallis ya jamás seria la provinciana que llegase a Washington, carente de conocimientos, y con un puñado de pretensiones. Era una señora elegante y discreta, capaz de fascinar a quien se propusiese sin desentonar jamás.
Las charlas en los clubes y las salidas a cenas de gala en las mansiones de los más estrambóticos y ostentosos magnates de la capital, fueron convirtiéndose en algo habitual, y le proporcionaron conocimientos de inestimable valor a Wallis. Aprendió a poner una mesa como solo en un palacio podría presentarse, a charlar animadamente sin destacar en exceso, a cambiar de tema si resultaba incómodo para su anfitrión, o a Decorar una casa al más puro estilo clásico sin recargarla o convertirla en una mera pretensión. La vestimenta que le llegaba de la mano de Espil le fue metamorfoseando y pasó de larva a mariposa en escasos días. Acompañando a estos vestidos costosos a los que rápidamente se acostumbrada a llevar, iban joyas discretas, que le conferían luz, como si de una estrella se tratase. Su armario era algo que jamás soñó, y su indumentaria, le convirtió en uno más, de aquellos seres privilegiados que pululan, por la cordillera del Olimpo económico de Washington, como ella solía hacer en su provinciana ciudad de origen. Todos esperaban su aparición en las cenas y en las reuniones de la alta sociedad en la que Espil le había introducido, para convertirla en lo que ahora era. Espil había logrado que obtuviese de los hacendados que habitaban Washington, algunas joyas, coches y viviendas temporales, que le daban el aspecto de dama social de alta alcurnia, que jamás tuviera antes de ahora. La vida le mostraba su lado más hermoso, y le regalaba los objetos que anhelaba, como si solo aquellos tuvieran algún valor. Wallis sentía que de terminar aquella época de graciosa majestad, todo volvería a la patética vida de provinciana y se juró impedirlo a toda costa.
Wallis había aprendido a poner una mesa de tal forma que al entrar dejase extasiado a quién hubiera tenido el honor de ser invitado a ella. Candelabros de plata y bandejas talladas por orfebres de renombre adornaban el centro, y los extremos. La vajilla Royal Albert, con sus delicadas flores rojas y amarillas en graciosos ramilletes, se convirtieron en algo emblemático en sus mesas. Flores de discreto perfume que no aminorasen el aroma de los selectos vinos que disponía se sirvieran, y mantelerías tejidas en hilos, trenzados a mano, y bordados en sus picos con sus iniciales, terminaban de decorar lo que era el marco incomparable para una cena en compañía de los más poderosos y exquisitos señores de la economía norteamericana. La música sinfónica sonaba suavemente como saliendo por las rendijas de cada puerta y ventana para envolver a los invitados y el aroma de esencias chinas hábilmente tratadas por ella misma, enseñada por madame Wung para tales ocasiones, completaban el escenario de la cena regia que Wallis, y solo Wallis podía ofrecer como fascinante anfitriona. Y ahora todo aquello peligraba a sus ojos, como un castillo de naipes que estuviera a punto de caer con estrépito. Felipe Espil debería continuar su camino al éxito de la mano de otra mujer que le aportase el abolengo preciso, y las influencias que él ansiaba tanto como para vender por ellas el amor hallado. Wallis miraba cada atardecer cuando los tranquilos instantes que preceden al ocaso reparador, le aportan la magia de conocer un destino, oculto cada amanecer.
Wallis se había despertado de manera abrupta como si un hado del destino le advirtiese del peligro de perder cuanto había edificado en tan escaso tiempo. Se incorporó en el lecho, sola, y se percató de su situación con tan solo mirar junto a sí. Se levantó con aire de diva furiosa y en el baño, se dedicó a recomponer su imagen lo mejor que pudo, para poder salir a la calle y elegir un lugar donde pensar sin que nada ni nadie pudiese detener sus elucubraciones. Un elegante vestido de dos piezas compuesto de blusa blanca con bordes negros en su cuello y mangas largas hasta las muñecas, y una falda negra acampanada, acompañada de unos zapatos negros de charol con medio tacón, le devolvieron la imagen que ella deseaba proyectar a los demás de sí misma. Abrió el armario y eligió un bolso negro y blanco donde guardaba sus elementos de escritorio, que solía llevar para tomar notas, desde que le enseñasen a hacerlo en Sanghai. El día estaba medio nublado como su propia vida, pero ella se prometió a sí misma que al terminar este, el sol brillaría como nunca antes para ella, y que al día siguiente saldría para ella solamente. Paseó con calma dominando su natural instinto, que le hacía intuir el abandono por parte de Felipe Espil, que tanto le había aportado y enseñado, tanto que ella reconocía que la mayor parte de sus conocimientos de este provenían. Ante sus ojos una cafetería con pretensiones de local lujoso que deseaba captar clientes de clase, se le presentó como el lugar perfecto entre los selectos locales del centro de la capital y los más comunes de los suburbios.
Se sentó ante una mesa redonda de mármol rosa y blanco y dejó el bolso sobre su pulida superficie. El camarero llegó casi en el acto y ella con una media sonrisa le pidió unté frío. Las nubes luchaban afuera por dominar al astro rey y ella en su interior trataba de crear un medio por el que seguir en el lugar más maravilloso del mundo conocido por ella, la capital de Norteamérica. Pero el dios destino estaba empeñado en llevarla de nuevo a presencia de su pasado más terrible, para elevarla a la cumbre de los mortales de donde ya jamás nadie podría quitar su nombre, que se escribiría con letras de oro en los anales de la historia. Rememoró los instantes en que su esposo aun, la estrechaba entre sus poderosos brazos, cuando les parecía, que el amor lo sería todo en la vida, y que jamás se separarían, antes de que Win empezase a amar a otra esencia mucho más peligrosa que una mujer, y con la que nunca podría competir, la afición al alcohol. Pero habían pasado dos años, y quizás él hubiese recapacitado, le hubiera echado de menos a ella como ella a él, y estuviese dispuesto a recomponer su matrimonio, para juntos elevarse, en el mundo que ella ahora conocía y dominaba. Estaba segura, ¡sí!, le convencería de unirse a ella en su proyecto ambicioso, de ascender en el mundo de los negocios y llegar a donde deseasen solos los dos…depositó unas monedas en la mesa y salió con donaire del local, animada por sus pensamientos positivos, dispuesta a presentarse ante su Win y perdonar incluso las humillaciones más evidentes del pasado. El sol estaba perdiendo la batalla y las nubes comenzaban a dejar caer pequeñas gotas de agua que le golpeaban con suavidad amenazadora.
Por la tarde Espil apareció vestido de traje y corbata como era su costumbre y le sonrió mostrando sus dientes blancos y sus hoyuelos en las comisuras de la boca, que tanto le fascinaban a Wallis. Su cabello dorado y su monóculo en el ojo derecho, y su delgadez, le hacían verse a ojos de Wallis como un dios nórdico. Era la despedida de dos amantes que se unieron en una alianza eterna, que habían de perpetuar en otra dimensión, en la que la carne no contaría como elemento.
—Estás realmente hermosa Wallis…—se dirigió a ella por su nombre como solía hacer desde hacía algún tiempo—ese vestido está bien elegido…sin embargo diviso en tu mirada algo que me aterra, dime ¿Qué es ello?
Aquella mañana sin embargo el espíritu de ella se hallaba impregnado de un ánimo nuevo, que parecía haberse contagiado con la benignidad del ser que habita en cada hombre y mujer, en un día dulce y luminoso. Y como chisporroteando, los brillos de sus ojos encandilaban a quien osaba encontrarse con ellos en un cruce que los sometía a su férrea voluntad femenina.
—No te disgustes Darling, es solo que la vida nos separa para crear personajes en lugar de personas, y hemos de alejarnos sin que realmente nada pueda hacerlo de manera definitiva.
Felipe Espil creyó en un principio no comprender nada de lo que Wallis quería transmitirle, pero a medida que ella se explayó en matices, y fue concretando sus ideas, este fue entendiendo que el ave que había enseñado a cazar estaba empezando a salir del nido y ya nunca regresaría a él. Un hondo dolor lo invadió por dentro y las entrañas le pareció de desgajaban sin remedio al sentir que se iba de su lado la única persona que lo había comprendido y admirado sin interés alguno, tan solo por ser quien era. Nada podría ya evitarlo, y se dispuso a facilitarle la huída en pos de su destino.
