EL TORMENTO DE UNA REINA (parte 2)
Disponía de tan solo dos vestidos, que ella consideraba capaces de atraer la atención de la clase de hombre que ella deseaba conocer. Uno era ceñido al talle con un ancho cinto negro que lo adornaba con su brillo charolado. Sus zapatos eran de medio tacón y un diminuto bolso, completaba el atuendo. El otro, un vestido color beige, algo más largo y amplio, se ablusaba en la cintura, estilo años veinte, y lo solía adornar con un collar de perlas falsas, que le caía en dos hileras, que le llegaban, hasta algo más de la cintura. Se sentó en una cafetería que ella creyó frecuentarían los diplomáticos extranjeros, y no se equivocó. Al poco un varón de pelo negro, elegantemente vestido, con traje gris de raya diplomática y tez ligeramente oscura, penetró en el lugar y se sentó en la mesa de enfrente.
Las miradas de ambos se cruzaron y Wallis supo que el primero de sus objetivos estaba cumplido. Wallis sonrió sin demasiado entusiasmo, y el desconocido le correspondió mostrándole unos perfectos dientes, en una sonrisa franca. Se atrevió a levantarse y acercarse a saludarle con amables modales.
—Perdone mi atrevimiento señora,—le habló con arrobo por su parte, extrayendo como gotas de rocío, reservado únicamente, a quién hiciese arder su entusiasmo, como una hoguera— he visto que está usted sola…¿me permite invitarle a sentarse en mi mesa? ¡Oh que desconsiderado soy! Me llamo Felipe Espil, soy el primer secretario de la embajada de la república Argentina.
Nada presuponía que ambos fuesen a ser nada más que simples conocidos, pero el destino suele reírse de quién con el juega, y castiga con amor a quién lo suele despreciar. Wallis Warfield, que estaba harta de las palizas de Win, las noches eternas mojando con sus lágrimas la almohada, y los vanos intentos de cubrirse con maquillajes baratos los morados, había encontrado eso sí, la horma de su zapato. Pero aun el destino no había jurado venganza, contra aquella mujer diabólicamente armada, para de someter a los hombres más variopintos. La conversación fue transcurriendo por cauces nada comunes, al inquirir Wallis sobre sus actividades en la embajada, lo que al principio le supuso tener que rebasar una barrera, por creer Felipe Espil que podría muy bien tratarse de una espía al servicio de alguna potencia extranjera a la caza de información. Pero pronto se convenció el argentino, de que lo que la dama en cuestión buscaba, no era sino una aventura intensa, con alguien que se encontrase a su altura.
—Parece que usted acabase de llegar, desea saberlo todo, y pregunta con auténtica sed de datos…
—¡Oh! Lamento parecerle tan ansiosa, es solo que debo integrarme cuanto antes en esta enorme ciudad y tras pasar tantos años encerrada en un lugar más pequeño…
—Le veo señora…
—Warfield, señora Wallis Warfield, estoy recién separada, espero que esto no le escandalice señor Espil.
—No se preocupe por eso, para mí las formas no son importantes en la vida privada, sino solamente en la pública, donde la imagen es algo que muestra lo que se desea que los demás vean. Créame cuando le digo que este loco y atrevido caballero, conoce muy bien como navegar en estas aguas sucias que ocultan las verdades de las mentes preclaras.
—Vaya es usted señor Espil un hombre práctico, creo que podría aprender de su persona muchas cosas útiles…
—Eso solo dependerá de usted señora Warfield, si accede a pasar más tiempo con este estrambótico secretario de embajada, quizás logre su propósito…
La sonrisa franca y la expresión pícara de Felipe Espil conquistó a Wallis que veía al fin como un varón era capaz de sorprenderla y fascinarla, reconociendo años más tarde que había aprendido la mayor parte de las cosas que sabía de la boca y la mano de Felipe Espil. Había dado comienzo una relación estable, “interesada” por causa del conocimiento, de la clase social y del caudal de experiencia que Wallis absorbía sin descanso.
—¿Estará en Washington mucho tiempo?, no desearía perder demasiado pronto su agradable compañía. Mis atribuciones me permiten ciertos márgenes de movimiento y es en esos instantes cuando más anhelo la compañía de una mujer culta y con inteligencia.
—Pero sin lugar a dudas habrá muchas mujeres que tratarán de hacerle compañía y permanecer cerca de usted…es un hombre atractivo e inteligente y ese binomio no se da con demasiada frecuencia.
—Creo que no ha comprendido lo que realmente pienso, o quizás me he explicado mal yo…pero la belleza aunque es imprescindible y admirable, no lo es todo en este mundo, y no, no estoy haciendo referencia a ese típico tópico de que existe la belleza interior que es una solemne tontería…me refiero naturalmente a la mezcla adecuada entre inteligencia, elegancia, belleza, y clase que solo unas pocas mujeres y hombres poseen en el mundo. Debo decir que usted posee al menos la mayor parte de estos rasgos.
—¿Sabe que me halaga más de usted?. Que no es zalamero ni se arrastra tras una cara femenina. Yo solo pretendo hallarme algún día a la altura de las circunstancias, y del hombre que deba acompañarme en el largo viaje de la vida.
—No peque de vanidosa, pero tampoco de modesta, ¿por qué razón debería acompañarle tan solo un hombre en el recorrido de este viaje, cuyo último trayecto se termina en absoluta soledad?, busque compañeros y no compañero…que imbuida de saberes que se restringen, de quienes deambulan por la vida, sin hallar el sentido, encontrará el contenido, de aquello que le sabrá a miel agria en vaso de cristal.
—Creo que por un poco de tiempo me dejaré llevar por usted, será como tener un guía privado para recorrer el mundo en su plenitud más exquisita.
—Créame cuando le digo que la llevaré por veredas inexploradas y conocerá la verdadera diferencia entre el bien el mal y lo conveniente. Esto último casi nadie lo conoce.
—Yo sí. –fue taxativa Wallis que se veía envuelta por una filosofía capaz de encantarla como si su recién estrenado partenaire, poseyera una extraña e invisible varita mágica capaz de quitarle el velo a la realidad convirtiéndola en algo asequible y fácil de acceder.
Aquella tarde Felipe Espil, le llevó al exclusivo club Scanthope, donde se daban cita los hombres de negocios de la capital federal y en el que tan solo se podía entrar previa invitación de al menos dos de sus miembros. El caso de Felipe Espil era algo que quebraba las normas del club, solo por causa de su posición y de la del embajador de la república Argentina. El vestíbulo mostraba un peristilo de columnas de mármol blanco veteado en rosa, que se hallaba coronado por capiteles antropomorfos, que sostenían los nervios de una formidable cúpula acristalada, con hermosos colores. Imponente como morada de dioses antiguos, que abandonasen el lujo y las maneras que les presentaban a los mortales, como dueños de sus destinos. Un larguísimo mostrador atendido por seis personas de ambos sexos, se escondía tras este círculo de pilares, rodeándolo casi por completo.
Tan solo una gran puerta de dos hojas de madera blanca con ribetes dorados se abría como única salida a un patio interno, que se debía atravesar para llegar al gran salón donde se reunían los hombres, los barones de la economía y el poder político de la ciudad y de la nación misma. Wallis acompañó ante la atenta y sorprendida mirada de los ujieres a Felipe Espil, hasta que sus pies tocaron el cuidado césped del patio, dejando la fuente central tras de sí. La gran biblioteca, que eso era en realidad el gran salón, como lo denominaban, presentaba un aspecto impresionante, cubiertas sus paredes a lo largo y ancho por miles, quizás millones de volúmenes en sus estanterías de acacia y roble.
Una veintena de varones sentados, en pie o apoyados en las estanterías leían charlaban y discutían en medio de una nube de humo que flotaba como queriendo crear una atmósfera que amenazaba con engullirles. Felipe le sugirió a Wallis que se despegase de él, y buscase su primer contacto por sus medios. Wallis asintió sonriendo a medias y aceptó el reto. Se paseó sin coquetería ni sensualidad ninguna entre los hombres y se quedó en la tangente de un círculo de varones que discutían sobre la economía en el extremo oriente.
—El acero y el hierro serán importados de USA, para crear las flotas de guerra y las acerías de Japón, que se convierte a pasos agigantados en una potencia militar de primer orden.
—¡Por favor Haberland, eso es un sueño de fantasía imposible, esa gente carece de la mentalidad adecuada, serán siempre parias al servicio de Rusia o USA…
—Lamento tener que contradecirle señor…pero el caballero que responde al parecer al nombre de Haberland, tiene el cien por cien de la razón. Yo misma tengo en mi poder datos de sumo interés al respecto, —mintió con descaro Wallis, que lo ignoraba todo sobre el tema, y daba palos de ciego, a fin de introducirse subrepticiamente en el cerrado círculo social de la capital—Japón será una potencia dentro de una década no más…
Wallis acababa de acertar, sin saber absolutamente nada al respecto, conocedora de sus limitaciones, que eran muchas y las miradas de los presentes pasaron de centrarse en ella como mujer, a hacerlo como si en verdad fuese otro hombre, como eran ellos. La conversación prosiguió por derroteros, que ella ignoraba a donde irían a parar, y sin embargo acababa de comportarse, de la manera que ninguna hembra haría en presencia de aquellos magnates, dueños de vidas y haciendas, señores del metal que el mundo gobierna como cetro real que nadie ve, nacidos en un mundo nuevo, América.
Al grupito que conformaban sus interlocutores se fueron uniendo otros, que se sentían atraídos por la extraña discusión, y de la que creyeron poder extraer beneficios propios. Wallis fue adquiriendo sin ella quererlo la prominencia que solo otro hombre podría tener en aquellas circunstancias. Su cara al contrario de lo que sería lógico pensar, no mostraba entusiasmo, ni alegría en especial, algo de lo que le había advertido antes su “maestro” Felipe Espil. Era menester, que todos creyesen que la dama se hallaba acostumbrada tales conversaciones entre varones, y no que anhelase tales. En torno a la mesa central de enormes proporciones y sobre la que se extendieron mapas, Wallis fue marcando lugares en el extremos oriente y en Japón como si supiera de lo que hablaba. Nada les hizo sospechar sobre las intenciones verdaderas de Wallis a aquellos empresarios que veían como nuevas informaciones, por supuesto hechas al azar, les mostraban lo que ellos mismos creían identificar como nuevos caminos. Espil entretanto disfrutaba del órdago lanzado sobre los engreídos norteamericanos y se unía en sus disquisiciones de vez en cuando, fingiendo sorpresa, que no sentía, para esperando en acecho constante, saber de su respuesta. Desde aquel momento crítico en la vida de Wallis todo daría un giro espectacular en torno suyo, como si la diosa fortuna le hubiese tocado con su varita, para revestirla de encanto y fascinación, a los que ningún varón podría sustraerse. Los clubes de la capital, se disputarían eso sí, discretamente, su presencia en las charlas de sobremesa y en las tertulias donde se discutían los asuntos de mayor relevancia en los tiempos en que el mundo entero parecía estar dando un cambio de ciento ochenta grados
