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EL SUEÑO AMERICANO (parte 3)

—Debes seguir tu instinto, sabes que siempre estemos donde estemos pensaremos el uno en el otro sin que nada lo impida…ve, ve y aferra tu destino creado solo para ti…—le impelió a proseguir su rumbo con su beneplácito.

Los dos ex amantes se miraron largo rato, se examinaron por dentro y por fuera, y recordaron brevemente sus momentos vividos entre el glamour de las cenas de gala, y los vestidos lujosos, adornados de joyas costosas, y poderosos personajes solo soñados. Un mundo cambiante, en una era peligrosa, y llena de esquirlas de cristales envenenados, les hacían saltar de un lado a otro, para tratar de hallar su lugar. Un coche azul oscuro llegó a la altura de Felipe Espil como presagio de un final anunciado. De este descendió una figura delicada y menuda, que sonrió abiertamente y sin control. Era la nueva mujer de Espil, que llegaba trayendo consigo la desgracia de Wallis y el desamor de Espil, unidos a la fortuna de su padre y a sus influencias que lo elevarían a la cumbre del poder en el cono sur. Espil la presentó y Wallis le extendió la mano con absoluta cortesía invitándola a quedarse con ellos y tomar algo. La muchacha decidió acceder y los tres por una sola vez formaron una extraña trinidad. Al concluir la mañana, Felipe Espil se despidió de Wallis, Wallis pegada virtualmente a Espil, acarició sus mejillas sin detenerse a pensar en la muchacha que esperaba, a pie firme, que desapareciese de sus vidas, y lo besó en los labios depositando su esencia en ellos, como marcándolo para la eternidad. Espil su Philip sintió que un fuego devorador se apoderaba de su cuerpo, y sus manos acogieron el rostro ovalado de Wallis con ternura para mirarle a los ojos y ver en ellos el reflejo de sus sentimientos, para asegurarse de que no habían cambiado, que era ella en realidad, y no otra la que tenía entre sus brazos.

—Wallis, Darling, sabes que esto es lo más difícil que he tenido que hacer en mi vida…es algo de lo que no me siento orgulloso, y que sé lamentaré por siempre, pero debo hacerlo en honor a nuestra amistad—una palabra que le dolió especialmente a Wallis— ya nuestro amor intensamente vivido. Te dije en una ocasión que mi propósito en la vida era situarme donde creo debo estar, y eso tiene un alto precio, pero nunca, fíjate que te digo nunca, creí que un dolor similar pudiera lacerarme tanto el alma como hoy está haciéndolo.

—Lo sé…—fue la lacónica respuesta de la compungida Wallis que jamás volvería a sentir algo parecido por otro hombre. Ella había intuido que la abandonaría cuando surgiera quien debería estar a su lado apoyando su carrera, de un modo que ella no podría, con poder e influencia.

—De hecho no lo haré, no puedo...—le dijo mirándola como lo haría un devoto a una diosa lejana en el tiempo.

—No…—alzó la mano abierta en un intento de detener la conversación que derivaba por derroteros que ella creía eran dolorosos e inapropiados para Espil.—debes hacer lo que debes hacer…me dijiste en una ocasión que no se deben alterar las metas por nada ni por nadie, incluyéndonos a nosotros dos…es la hora de ponerlo en práctica. Dime ¿quién es ella?.

—Es…es mejor que lo ignores, así sufrirás menos, será mi esposa en unos días –casi se le cortó la voz al pronunciar la palabra esposa, que debería haber estado ligada tan solo a Wallis.

—Piensa—le susurró como si la brisa de un verano olvidado le llegara, rozándolo—que estaremos unidos por un destino mayor, y que siempre seremos lo que la vida ha decidió que seamos. Cuando la tormenta arrecie, yo estaré en tus pensamientos.—Y diciendo esto se retiró dejando que el aire ocupase el lugar que ella invadiera.

—Solo estas palabras me consolarán cuando el mundo se dé la vuelta y nada valga la pena…—le respondió pálido y jadeante, con el pecho hendido de dolor, y los ojos húmedos, intentando en vano disimular sus sentimientos al verla alejarse para siempre.

Wallis le daba la espalda y dejaba que resbalasen por sus mejillas las que serían últimas lágrimas de su larga y aparatosa vida. Tenía que marcharse de aquella ciudad no podía consentir que Espil y su flamante esposa, que lo sería dentro de escasos días se encontrasen con ella turbándole de tal manera. Win agradecería la oportunidad estaba segura de ello. Habían sido dos años intensos, en lo que la vida y un maestro de esta le habían enseñado a amar a odiar a elegir…

El barco zarpaba con el alba, y Wallis abandonaba el continente americano, dejando atrás sus sentimientos, abandonando su vulnerabilidad para siempre. Salía del puerto de New York, con la estatua de la libertad alzando su llama, en pro de un mundo libre, que tendría que pagar con sangre, con ríos de sangre, su anhelada libertad. El humo de las calderas y el sonido de la sirena, le dijo a Wallis que el navío se despegaba del puerto, guiado por el práctico y siguiendo al remolcador, que lo sacaba a alta mar. Una brisa suave trataba de despeinarle, y arrebatarle su sombrero, bien ajustado por largos alfileres, al cabello perfectamente peinado. En la lejanía el continente se fue recortando cada vez más pequeño y delgado a sus ojos, hasta que solo fue una línea que se unía al horizonte. Los pasajeros ocupaban dócilmente sus camarotes y ella aun extasiada, permanecía en la cubierta superior dejando que el cielo la cubriese con su manto protector.

En alta mar su mente descansó para retomar sus pensamientos sobre el matrimonio, sobre la continuidad, sobre los hijos que no tenía…y sobre sus recién adquiridos conocimientos. Llevaba consigo una respetable cantidad de joyas y dinero que había reunido pacientemente, a través de los regalos de Espil y de sus invitados. Le daba cierta garantía de seguridad a la hora de marchar y le aportaba un pequeño capital para construir algo junto a Win. La vida recomenzaba, sin que nada ni nadie pudiese evitarlo. Recordó la despedida de sus amigos en la cena que diera la noche antes de la partida, donde todos lamentaron su marcha y se prometieron reunirse de nuevo en una cena, en un lugar donde pudiesen celebrar su retorno, un retorno que jamás se produciría. Palabras grandilocuentes, que se decían para dar calor y se olvidaban al enfriarse.

El capitán del navío que conocía de oídas a la señora Warfield aprovechó para entablar conversación con tan distinguida señora y de esta forma conocer al mito en persona, pues ya se hablaba de ella en todos los círculos sociales de importancia.

—Es un honor tenerla en mi barco señora Warfield, espero que se sienta cómoda durante el trayecto. Si precisa de alguna cosa no dude en pedírmela. –Con las manos a la espalda y la cabeza ladeada para admirar el porte de la dama, el capitán esperaba una invitación que no llegaba. –esta noche tendrá lugar la cena que doy como capitán, me sentiría muy honrado con su presencia…

—Verá capitán es un placer navegar en su navío, es un momento delicado el que vivo, y deseo La soledad más que nada, pero estaré encantada en cenar con usted cuando considere adecuado.

—Entonces no se hable más, está formalmente invitada a la cena de gala, que daré esta noche—y sin esperar palabra de ella, le besó caballerosamente la mano enguantada, y se dio la media vuelta desapareciendo de escena.

La cena servida en la cubierta superior, consistió en una serie de productos del mar cocinados al estilo mediterráneo, que atrajeron la atención de quien no había probado a tratarlos de tal manera. El champán francés y los vinos españoles, corrieron libremente desinhibiendo a los comensales que conversaron sin prejuicios, algo poco usual, que desagradó en parte a Wallis. El capitán mismo comprendió que la dama de mayor relevancia de la mesa, que se situaba por supuesto a su diestra, se sentía molesta. Cuando los comensales fueron retirándose lentamente, el capitán le entregó un pequeño paquete que Wallis apurada, abrió para ver en un estuche de terciopelo rojo, una brújula dorada que llevaría siempre con ella.

—Perteneció a mi abuelo adquirió dos yo poseo otra, la otra, y me gustaría que accediera a tener en su poder la segunda…

Wallis consternada la tomó entre sus dedos y admiró su factura, era como poseer el tiempo mismo en sus manos y se esforzó por sonreírle a le vez que asentía. Los hombres, comenzaba a darse cuenta de ello, le entregaban sus tesoros voluntariamente, sin necesidad de manipulaciones aparatosas ni mentales que les colocasen en sus manos. Aquel hombre que apenas le conocía le ponía en sus manos el mayor tesoro que debía guardar en su haber, y lo hacía con auténtico placer. Esto le hizo preguntarse si n o debería cultivar aquel don que era la atracción fatal sobre los varones que ejercía como dado por la madre naturaleza para su defensa. El viaje transcurrió sin mayores incidentes dignos de mención y las aguas a veces furiosas y amenazadoras hicieron balancearse el navío más de una vez antes de hacer la primera escala. Unos pocos hacendados y ricos comerciantes neoyorkinos viajaban a bordo y todos ellos conocedores de la fama que le precedía ya por los cotilleos que se desprendían de las cenas de los Espil, deseaban contactar con ella y conocerla en primera persona.

Wallis evitó en lo posible tales contractos superficiales que en nada le beneficiaban y nada le podían aportar tal y como lo veía ella que anhelaba reunirse con Win convencida de que todo iría bien. Ignoraba que el padre tiempo y la madre destino habían entretejido los hilos de la trama más extraordinaria que jamás haya existido, y que ella, y solo ella, sería la gran protagonista.

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