Capítulo 2
Frunzo los labios, molesta hasta la médula.
- Mierda. Devuélvemelo. - Lo miro fijamente, ya pensando en cómo hacer que me estrangule.
Si siempre hubiera escuchado mis instintos homicidas, ahora estaría cumpliendo al menos tres cadenas perpetuas en prisión.
Vamos, Raquel. Eres el campeón de boxeo juvenil, demuéstrale que no puede permitirse el lujo de subestimarte.
Sin embargo, una pequeña parte de sentido común me hace pensar.
No te preocupes, respira. Piensa en algo que te haga sentir bien, no seas agresivo.
Intento escuchar la parte buena, pero mi paciencia se está acabando rápidamente.
- Dices demasiadas malas palabras, no te las mereces. - Continúe bebiendo sin ser molestado.
- Hablo como quiero, vivo como quiero y ciertamente no sería yo quien me dijera cómo comportarme. - Lo mataré en el acto.
O se rendirá o lo haré sucumbir.
- Aún hueles a leche, vete a casa y duérmete. - Me despide con una sonrisa burlona que inmediatamente es reemplazada por una sonrisa intrigada.
- ¿Cómo te llamas? - Pregunta con curiosidad tocándose un poco demasiado las cuerdas vocales.
- Maldita sea. - murmuro amargamente.
Me tiemblan las manos, es innegable que me estoy poniendo nervioso.
Y él parece darse cuenta.
- Te enojas fácilmente, ¿eh? - Observo, riendo entre dientes, que ese sonido encanta mis oídos, ligeramente apagados por la música alta del DJ. Salgo de ese pensamiento.
- No me desafíes, ni siquiera me conoces. - Te lo advertiré.
- ¿De lo contrario? ¿Qué me estás haciendo? ¿Me patearás en las pelotas? - Me dice con su voz llena de diversión.
Se me ocurre una idea y me siento tranquilamente en el taburete a mi lado.
Con mis escasos cinco pies y seis pulgadas, no puedo hacer mucho, pero el taburete me eKena lo suficiente.
También es por estas situaciones desagradables y repugnantes que me encanta practicar deportes de combate.
Con mi mano le hago señas para que se acerque, tratando de estar lo más suelto y sexy posible.
¿Sexy precisamente en qué otro mundo? Para.
Mi conciencia infame se encarga de arruinarlo todo y a pesar del mal pensamiento que ha surgido trato de atraerlo hacia mí.
Sus ojos se vuelven fríos y hostiles, pero un rayo de emoción brilla en ellos.
Reflexiona sobre ello y, con cautela, decide acercarse.
Qué asombrado.
Cuando lo encuentro lo suficientemente cerca, disparo.
Lo agarro por el cuello de su camisa y le doy un cabezazo en el puente de la nariz.
Ningún gemido de dolor sale de sus labios pero la sangre sale copiosamente, recorriendo su barbilla y esos hermosos labios pecaminosos que encuentra.
Y sonrío al verlo.
- No, como podrás comprobar, no soy la clásica chica que patea las joyas de la familia. Esto es mío. - Retiro el vaso, agitándolo frente a su mirada que promete la muerte.
Pero hace algo que nunca esperé.
Se quita el líquido carmesí de la barbilla con el dedo y se lo mete en la boca.
Luego sonríe. Una sonrisa capaz de hacer revolver a los muertos en sus tumbas.
Inquietante.
Voraz.
Peligroso.
Loco.
Intento evitarlo, a pesar de que los escalofríos recorren mi columna inexorablemente.
Me alejo, bebo el medio vaso restante y me pongo a bailar.
No queda nadie.
Cat definitivamente estará con John, apartado en algún lugar.
Digamos que los dos están saliendo.
Will y Matt debieron haber ido a buscar a alguien con quien pasar la noche.
Bailo un poco más, chicos de mi edad que me miran lánguidos y chicas que me miran mal porque llamo demasiado la atención...
Vuelvo al bar sintiendo la necesidad de no pensar, al menos durante la noche de mi cumpleaños.
- Ron. - Hago un pedido y una vez que llega el vaso lo escurro.
El sabor fuerte invade mi garganta.
Disfruto de esta sensación mientras el alcohol comienza a tener el efecto deseado.
Me quedo cerca del mostrador durante unos minutos y luego mi vejiga pide que la vacíen.
Resoplo con impaciencia y me tambaleo hacia el baño.
Puedo soportar bastante bien el alcohol, sólo estoy un poco mareado.
Entro al baño de mujeres y entro al armario.
Hago mis necesidades y salgo, mientras me arreglo la falda azul de mi vestido.
Pero lo que encuentro hace que se me revuelva el estómago. Me invaden náuseas y vómitos.
El espejo que cuelga encima de los lavabos está manchado de sangre.
Bofetadas arrastradas, bocetos confusos y luego una frase...
Cuenten como espadas, cuando reinan los palos.
Así que, pequeña, no tentes a tu suerte.
Se refiere a mi.
Y por un momento me invade una ansiedad.
Pero tengo que mantener la calma, porque sé que es él y me está provocando.
Dice que no valgo una mierda y que tengo que hacer lo que él quiera.
¿Pero quién se cree que es?
La ira me ciega.
Me dirijo hacia el espejo y abro el grifo, paso mis manos bajo el agua y luego embadurno la escritura.
Haciendo gotear agua y sangre por todos lados, respondiendo a su amenaza.
- ¡ Que te jodan! Amigo, no me asustas. - escupo en el espejo y salgo del baño.
Nadie puede darse el lujo de herir mi orgullo, ni siquiera un fenómeno que se cree Jesucristo que vino a la tierra.
Lástima para mí que en el futuro resultaría ser el mismísimo diablo e incluso me lo demostraría.
Raquel del Alsa de Pov
- Nuestra historia comenzó cuando atentó contra mi corazón. -
Salgo del baño y me dirijo hacia los sofás de cuero que rodean la pista de baile.
Allí encuentro a todos mis amigos, algunos más presentables y otros menos.
-¡Hola Raquel! ¿Pero dónde estabas? - Me pregunta Cat con una mirada bastante desaliñada y yo diría... mirada satisfecha.
- En el baño. ¿Tú más bien? ¡Pareces un superviviente de la Segunda Guerra Mundial! - El cabello rubio está desordenado, el maquillaje gotea, el vestido rojo está arrugado.
- Oh, Jonathan y yo pasamos la noche. - Responde mirando a este último.
John también, está en terrible forma... Pero lo dejo en paz, sacudiendo la cabeza y riendo con picardía.
Me siento con ellos bebiendo un poco más y hablamos un poco, pero el alcohol pasa factura.
Necesito beber algo sin alcohol.
- Chicos, voy al bar. Tengo que beber un poco de agua. - Estoy de pie sobre pies inestables.
- ¿Quieres que te acompañe? - pregunta Will amablemente, decididamente menos borracho que yo.
- No te preocupes. Puedo hacerlo. - Le sonrío
pero creo que mi expresión es más bien una mueca confusa.
Él no parece darse cuenta y asiente, reclinando su espalda en el sofá.
Me hago espacio entre la multitud, estoy presionado entre cuerpos sudorosos y excitados, casi tengo ganas de vomitar.
Al llegar a la esquina del bar, busco al barman.
Ya no es el mismo de antes, el que me servía los cócteles.
¡Éste es un armario de seis puertas!
Es muy alto y robusto.
De pelo oscuro, de pelo claro, con numerosos tatuajes y un aura peligrosa.
Bha.
- ¿Podrías darme un vaso de agua? - Pregunto apoyándome en el mostrador para no perder el equilibrio.
- Cierto. Aquí estás. - Me entrega el vaso, lleno del líquido transparente.
