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Un dulce dolor

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RosaBlanca
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Sinopsis

Raquel tiene veinte años y es una chica de cabello castaño dorado y ojos bicolor; uno verde agua y el otro gris azulado. Amante de las novelas de amor, las canciones dedicadas, lo prohibido a punto de ser roto y con una ardiente pasión por el boxeo. Su vida se vino abajo la noche de su vigésimo cumpleaños. En esa discoteca nunca hubiera querido entrar si hubiera sabido lo que sucedería. Una persona entró en su vida y se la quitó. Al robarle la libertad, la ha lKenado al punto en que ya no utiliza la dialéctica. Con un rostro brillante y un corazón llorando, tendrá que lidiar con el pasado que quería olvidar. Robert Ken Kozlov, de veintiséis años, es el villano de esta historia. Lo suficientemente guapo como para doler, mechones rubios como el trigo, iris color avellana y un cuerpo tatuado, esculpido por el constante trabajo en el gimnasio. Temido ladrón de arte y líder de la mafia rusa, nunca le dices que no al zar. Perfeccionista despiadado, impetuoso y maníaco. Está en Estados Unidos con su mejor amigo, Velimir, para matar a uno de sus mayores rivales, Roy De Angelis. Y lo hace. La misma noche del asesinato, Velimir propone celebrarlo en una discoteca. Y al mirar por encima del borde de un vaso de mojito, la atención de Robert recae en dos ojos multicolores. Se enamora de ellos, los quiere y los toma. Sin embargo, no sabe que esos ojos le dirán que no varias veces. Si quieres saber más, lee la historia. - Estaría dispuesto a declarar la guerra a todos los seres humanos de esta Tierra si tan solo uno te hubiera causado dolor. -

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Capítulo 1

P ov's Raquel Alsa

- En cuanto te vi sentí que tus errores manchaban mi piel. Me gustaron tanto que te quise desde la primera vez que nos vimos. -

- ¡ Vamos Raquel! ¡Date prisa, tenemos que irnos! - Mi mejor amiga me anima gritando a todo pulmón desde el piso de abajo.

- ¡ Catherine, espera! ¡La máscara de pestañas! - Respondo bruscamente mientras cruzo el pequeño pasillo para entrar a la habitación.

Toda esta euforia se debe a que hoy es mi vigésimo cumpleaños.

Mis amigos me propusieron pasar una velada en un club nocturno.

Estoy muy emocionado.

Ay que descuidado, no me presenté.

Hola a todos, soy Raquel Nerea Valle y tengo veinte años.

Soy mitad americana y mitad española, de papá madrileño y mamá de Chicago.

De hecho, soy bilingüe.

El largo cabello castaño dorado enmarca mi rostro realzado por dos ojos de dos tonos: el izquierdo verde agua y el derecho azul grisáceo.

Tengo senos generosos, un trasero generoso, no tengo tatuajes impresos en la piel pero tengo muchas orejas perforadas.

Admito que tengo un carácter particular y además bastante malhumorado.

Pero me gusto así y no quiero cambiar.

A pesar de este lado alegre mío, todavía no he encontrado al chico de mi corazón. En este sentido soy bastante tímido.

Me encanta leer y espero un amor verdadero y apasionado como el de mis libros.

No confío muy fácilmente en la gente.

Por naturaleza soy un poco agresivo, hago boxeo, artes marciales y lucha libre.

No tengo una vida social envidiable ni mucho menos, pero mis amigos son los mejores del mundo.

La primera es, por supuesto, Catherine. Ella tiene la misma edad que yo, fuimos juntas a la secundaria, practica baile y es una rompecorazones de primera. Una larga melena rubia adorna su delgado rostro y dos ojos azules prevalecen sobre todo de forma fascinante.

Jonathan es un año mayor, es el capitán del equipo de baloncesto de su universidad pero es tan idiota que a veces, con sus salidas, pone de los nervios. Con rizos negros como boca de lobo y un cigarrillo perpetuo entre los labios, logra encantar a todas las mujeres que usan falda.

William, por el contrario, es un auténtico caballero, con las mejillas siempre sonrosadas veladas por espesos mechones marrones y dos iris subyugantes color miel. Quizás sea el aura de estudiante modelo lo que lo hace tan buscado entre los estudiantes de primer año e incluso entre las universitarias.

Y finalmente está Matías. Una mezcla compleja de encanto asesino, cabello castaño despeinado, pecas infinitas, ojos verde hierba y el aire de un falso buen chico. Es un as del fútbol y un Don Giovanni increíble.

Son como hermanos para mí, ¡pero no se ven nada mal!

De vuelta a nosotros...

LKeno un vestido azul claro, escote corazón que llega hasta la mitad del muslo.

Una vez que termino de maquillarme, tomo mi bolso y guardo en él mis llaves, teléfono, billetera y pañuelos.

Bajo las escaleras, con cuidado de no caerme con esos tacones inestables.

- ¡ Eres simplemente maravillosa! - exclama Catherine, sonriendo con picardía.

- Gracias, querido. Tú también eres muy elegante. - Me río, guiñando un ojo.

El gato resopla ruidosamente.

- Tú y tu lado pervertido. - Hace un gesto teatral, lKenándose la mano a la frente.

- ¡ Vamos, Cat! ¡Tenemos un viaje de diez minutos por delante! Los chicos ya están ahí. - Abro la puerta de mi casa y rápidamente salimos.

Vivo sola, cuando tenía dieciocho años dejé la casa de mis padres para poder volver a respirar y así me busqué un apartamento.

Estaban separados y yo no estaba feliz.

Compartíamos la misma casa, en el almuerzo y en la cena parecía que estábamos carcomiendo la tensión que se creaba cada vez.

Era una situación bastante... particular.

Tomamos mi auto y Catherine entra.

- ¿Encendemos la radio? - Pregunta arreglándose unos mechones rubios que se le habían escapado del pelo.

- ¡ Cierto! - Presiono el botón de encendido y las notas de Perfect de Ed Sheeran llenan la cabina.

- ¡Ohhh sí! - exclamamos.

¡Amamos a Ed Sheeran!

Cantamos a una velocidad vertiginosa, riendo como locos hasta que las notas de la canción se desvanecen en la radio.

A continuación se transmite la historia de amor de Taylor Swift .

- Tienes suerte hoy, cariño. ¡Incluso hay tus canciones favoritas en la radio! - Dice la rubia a mi lado.

- Mi vigésimo cumpleaños, sí. Muy agradable. - Pienso poéticamente en voz alta.

Me golpea en el hombro, se ríe y cantamos un poco más.

Poco después estamos frente a la discoteca, estaciono el auto y abro la puerta, inmediatamente llegan a mis oídos las voces molestas y roncas de los chicos.

- ¡ Aleluya! - Will agita los brazos, luego cruza los brazos sobre el pecho.

- No, tómate tu tiempo. - Dice Matt altivamente, arrugando su nariz francesa llena de pecas.

- ¡Qué zorras sois por hacernos esperar, pff mujeres! - Luego es el turno de John quien siempre logra ponerme en mis narices con su tono provocativo e irritante.

- Uno, pendejo, ahí estarás. Dos, somos mujeres, ¡no nos molestes! - Respondo con la barbilla Kenantada, mirándolos con furia.

No soy alguien que se deje lKenar fácilmente.

- ¡ ¿Tampoco nos perdonas esta noche?! Siempre feroz, Raquel... Tómate un descanso. - Matt se burla de mí, su nuez sube y baja mientras gorgotea una ligera risa.

- ¡Pero seamos breves y vámonos a divertirnos! - Interviene mi salvador tomándome del brazo.

- Siempre te sales con la tuya. - murmuran los chicos poniendo los ojos en blanco.

Cat y yo nos reímos a carcajadas de sus falsos enojos.

Entramos después de mostrar los documentos al guardaespaldas.

La música alta y el olor a alcohol y humo me abruman por completo. Siento que mis pupilas se dilatan de excitación, lo prohibido se burla de todo mi sentido de razonabilidad, haciéndolo sucumbir siempre.

Me gusta la fiesta casi tanto como me encanta leer. Dije casi.

- Vamos a bailar. - Nos anima John tomando entre sus manos la delgada cintura del rubio.

Con Matthias y William a mi lado, asiento y nos vamos y nos soltamos en la pista.

Mi amigo y yo intercambiamos algunas miradas lascivas, seguidas de las habituales bromas que vuelven loco a John, extremadamente celoso de Cat, incluso si no lo admite.

Después de unos buenos cuarenta minutos, decido que es hora de tomar una buena copa.

- ¡ Gato, voy a la esquina del bar! ¿Quieres algo? - Grito para hacerme oír y ella primero niega con la cabeza y luego me indica que vaya con un guiño.

Camino entre la multitud, con la mala sensación de sentir una mirada quemando mi piel.

Cuando llego al mostrador, llamo la atención del barman.

- Hola, hola hermosa. ¿Qué puedo hacerte? - me pregunta Kenantando sus oscuras cejas ambas atravesadas por piercings.

- Un mojito. - Ordeno inclinándome sobre el mostrador, el chico parece distraerse por un momento con lo que le dije. El tamaño de mis senos parece más importante en este momento.

- No, dale una Coca-Cola. - Dice una tercera voz que nunca había escuchado seriamente desviada por un acento extraño.

Me doy la vuelta listo para decírselo a este tipo, pero lo que aparece ante mí se parece más a una deidad griega que a un hombre normal.

Al menos mide un metro noventa, su cabello es rubio trigo recogido con gel y sus ojos oscuros, con las luces de discoteca, adquieren tonalidades cercanas al avellana.

Músculos reventados florecen con orgullo bajo la camisa blanca que lKena, y los dos botones superiores están desabrochados. Incluso puedo vislumbrar intrincadas marañas de tatuajes impresos en la carne de su cuello.

Unos vaqueros negros envuelven sus poderosas piernas y un Rolex adorna su muñeca.

Las manos son grandes, tatuadas, llenas de venas y anillos. Exudan paliza y ferocidad.

Alrededor de su cuello venoso cuelga un collar de plata que parece caro.

Tengo que obligarme a recomponerme, no puedo mirarlo fijamente... Incluso si tal belleza no debe pasarse por alto...

- ¿Disculpe? Yo tomo lo que quiero, tú bebes la Coca Cola. - Respondo del mismo modo, mirándolo de arriba abajo por última vez.

Me mira extraño, inclinando la cabeza hacia la derecha, mientras confirmo mi pedido con el barman.

- Para ti. - Dice el chico, colocando el cóctel sobre el mostrador con la mirada fija en este desconocido.

Estoy a punto de sumergirme en él pero de repente desaparece de mi campo de visión.

- ¿Qué carajo...? - Miro hacia arriba y noto al chico bebiendo mi alcohol.

- Devuélveme el mojito. - Gruño, no me gusta cuando me quitan cosas de las manos.

Me mira con una mezcla de diversión y desafío, luego Kenanta una ceja rubia.

- Eres pequeño, no puedes beber. - Afirma seriamente, en realidad no tengo veintiún años pero con documentos falsos sí los tengo.