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Ajuste

Un tropezón no es caída.

La semana resultó ser un completo desastre. Entre los últimos preparativos de la boda, el vestido, el salón y la iglesia, todo el caos me agotó tanto física como mentalmente.

Suspiré con total aburrimiento, apoyando los brazos en el barandal del balcón; Cerbero se encontraba a mi lado. Con tanto ajetreo, no hubo mucho tiempo para conocer más a Eliot, el chico que desde hacía una semana vivía en mi casa. Siendo honesta, ni siquiera lo crucé por el pasillo o por el resto de la casa.

Francesca me contó que Eliot se desempeña como trainer y que trabaja actualmente en un reconocido gimnasio de la ciudad. La verdad, no me lo imagino, pero tiene un buen cuerpo, de eso no cabe duda. ¿Y por qué estoy recordando su cuerpo? Bueno, no es mi culpa si lo había observado minuciosamente.

Cerbero ladró, llamando mi atención, y lo miré. Realmente sus ojos se parecen mucho a los de Eliot.

—Cerbero, tengo que confesarte que estoy comparando tus ojos con los de un chico. —Otro ladrido más—. Lo sé, estoy loca. —Quedé pensando en lo poco y nada que sabía hasta ahora de Eliot, aunque, bueno, algo dentro de mí me decía que pronto sabría más de él.

Estoy muy segura de que toda esta situación cambiaría bastante.

Cerbero comenzó a ladrar de nuevo, moviendo la cola de un lado a otro. Entrecerré los ojos y miré hacia la puerta cerrada de mi habitación.

—De acuerdo. Ven, salgamos un rato —le dije. Apenas abrí la puerta, corrió por el pasillo, perdiéndose de mi campo de visión.

Suspiré y, antes de dar un paso en la dirección en la que se escabulló mi perro, me quedé observando la puerta de la habitación frente a la mía. La curiosidad nació como una enredadera, invitándome a que abriera la puerta, pero no, eso sería muy malo.

—Compórtate, ya no eres una chiquilla y debes respetar el espacio de los demás —musité, regañándome a mí misma.

En serio, creo que tendré serios problemas si no hago algo para distraerme… Sin embargo, tengo que decir que desde que Eliot llegó a casa, Cerbero se comporta extraño. Ahora se le daba por salir de la habitación muy a menudo, algo realmente raro.

(…)

—¡Ale! —gritó alguien.

Abrí lentamente los ojos, con el sueño aun pululando a mi alrededor, pero reconocí de inmediato la voz de mi hermana. Ella estaba en alguna parte dentro de mi habitación.

—¿Qué quieres? —pregunté, tapándome hasta la cabeza con las sábanas.

—Levántate, es hora de cenar.

Fran jaló las sábanas, destapándome por completo. Hice un enorme esfuerzo por mantener los ojos abiertos. El sueño aún no deseaba abandonarme, ¿o era yo quien no quería abandonarlo? Lo que sea.

—¿Qué hora es? —pregunté—. No tengo hambre. ¿Dónde está Cerbero?

—¿Lo único que te interesa es tu perro? —Negué con la cabeza y miré a Fran. Ella se cruzó de brazos—. Me caso dentro de dos días y me voy de viaje por un buen tiempo y a ti… ¿lo único que te importa es tu perro?

—Fran, ¿dónde está Cerbero? —pregunté nuevamente.

Ella suspiró derrotada, dirigiéndose a la puerta.

—Si quieres saber dónde está, levántate. No tengo idea. —Volteó la cabeza y sonrió de medio lado—. Aunque me pareció verlo entrar a la habitación de Eliot —comentó, saliendo de mi cuarto.

Asentí y volví a apoyar la cabeza sobre la almohada, repitiendo sus palabras en mi mente. Oh, bueno, Cerbero estaba en… Un momento, ¿Fran dijo que lo vio entrar al cuarto de Eliot? ¿Por qué Cerbero estaría en el cuarto de Eliot si apenas…?

Me senté de golpe en la cama, mirando la puerta cerrada de mi habitación. Fruncí el ceño, rememorando otra vez las palabras de mi hermana.

—¡Ese chico quiere robarme a Cerbero! —exclamé, apuntando con un dedo hacia la puerta.

Bueno, mi comportamiento acababa de confirmarme que estoy loca.

(…)

Al salir de mi cuarto, me quedé unos instantes viendo la puerta del cuarto de Eliot y dudé si tocar. Al final no lo hice y seguí el trayecto hacia las escaleras. Pisé mal el último escalón —o el primero, dependiendo de cómo se mirara—, dando un par de manotazos al aire como si fuera a sujetarme de este. Fue en vano y terminé cayendo, pero algo amortiguó la caída o, mejor dicho, alguien.

No, no y no. Mi mala suerte no podía ser peor, ¿verdad?, porque terminé encima de Eliot. Cerré los ojos…

«Dios, ayúdame, ¿sí?», rogué mentalmente.

—Sé que soy bueno como almohada, pero creo que no es hora de dormir —dijo con una voz cavernosa.

Abrí los ojos y todo lo que vi fue un par de ojos color marrón claro. La mirada que me dio la podría definir como tierna y… No, imposible. Lo tenía muy cerca de mi rostro y tardé unos segundos en reaccionar.

—Lo siento —dije.

Me levanté como pude y el equilibrio me falló, cayendo por segunda vez. Sin embargo, antes de que mi cuerpo tocara el piso, unos brazos envolvieron mi cintura, evitando que impactara contra el duro suelo.

—¿Te encuentras bien? —preguntó mientras me ayudaba a mantenermre de pie.

—Creo que sí —farfullé, un poco insegura—. Creo que me torcí el tobillo.

Nos dirigimos al living con la ayuda de Eliot. Tenía su brazo envuelto alrededor de mi cintura y… No lo sé.

Como todo un caballero, me ayudó a sentarme en el sofá. Se colocó de cuclillas frente a mí y comenzó a sacarme las zapatillas. ¿Por qué las dos? Me dolía el pie izquierdo, ¿o era el derecho? No, no caeré solo porque tiene los ojos casi iguales a…

—Bien. No hay fractura. —Su tono de voz era tan sosegado—. ¿Duele mucho? —Asentí, casi hechizada por… Nada—. El dolor disminuirá con compresas frías.

No podía emitir palabra alguna y todo por estar mirándolo a los ojos; mi mente, otra vez, los comparó con los de Cerbero. Dios, ¿qué estaba pensando? No podía continuar haciendo esta absurda comparación porque…

—Ale —pronunció.

Desperté de mi ensueño y caí en cuenta de que él había comenzado a masajear mi pie. Sus manos ejercían la presión exacta y el dolor poco a poco disminuía. Sentí la vergüenza trepar por mis mejillas.

—¿Sí? ¿Qué pasa? —pregunté, sintiéndome un poco inestable.

—¿Por qué estás mirándome de esa manera? ¿Te estoy haciendo daño?

No, no estaba haciéndome daño, era todo lo contrario. Muy en el fondo de mí —aunque me cueste admitirlo—, quería que siguiera haciéndome esos masajes que se sentían tan relajantes.

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