Cerca, muy cerca.
La verdad es que no podía dejar de mirarlo por culpa de sus ojos porque, por alguna maldita coincidencia, se parecían a los de Cerbero.
—No, no estás haciéndome daño —repliqué unos segundos después, desviando la mirada de la suya—. Esta situación es un tanto incómoda. Mejor regreso a la habitación a descansar. —Traté de levantarme, pero no pude. En cuanto quise hacerlo, Eliot presionó mi pie con suavidad, deteniéndome. Quise gritarle, pero no me salía la voz.
—Si no me miras, no te dejaré ir —dijo de manera muy suave.
Lentamente, comencé a girar la cabeza hasta que encontré su mirada. No quería, pero terminé observándolo directamente.
—¿Feliz? —pregunté.
—Eso está mejor. —Dibujó una pequeña sonrisa—. ¿A qué le temes?
—¿A tus ojos? —respondí, y deseé nunca haber dicho eso. La vergüenza se intensificó porque, en serio, necesitaba urgente un filtro para mi boca.
—¿Qué tienen?
Me percaté de que él había dejado de masajear mi pie y, de un momento a otro, su rostro estaba muy cerca del mío. Oh, Dios, quería salir corriendo…
—Parecen una linda parejita de enamorados —habló otra voz.
Bien, ahora sería ese instante preciso donde el suelo se abre y me traga. ¿Por qué no sucedía tal cosa? Me alejé unos cuantos centímetros del rostro de Eliot y miré hacia mi hermana. Tenía una sonrisa cargada de burla en todo el rostro.
—¿Qué dices, Fran? —pregunté, sintiéndome extraña y más abochornada que antes.
—Oh, no dije nada. —Ella se estaba burlando, lo sabía—. Ahora, ¿qué te pasó?
Mi hermana se acercó y se sentó a mi lado, mirando mi pie con los ojos entrecerrados. Miré de soslayo a Eliot; había bajado la cabeza y no nos estaba mirando. Sus manos seguían alrededor de mi pie dolorido; se sentían tan tibias y suaves y… No. Nada de pensamientos alocados.
—No es nada grave —respondió Eliot. Mi hermana asintió—. Con unas compresas frías pasará el dolor. —Se irguió y se sentó en el sofá frente a nosotras.
Toda la tibieza y suavidad se fue con él. Oh, Señor, ¿qué estaba pasándome?
—Bien. Espero que estés bien para mi boda, hermanita —comentó Fran.
—No te preocupes —dije—. Tu boda es dentro de dos días, tiempo más que suficiente para que este pie sane.
—Bueno, iré por las compresas —decidió Eliot.
—Eli, ¿podrías ayudarla después y llevarla hasta su cuarto? —preguntó mi hermana.
Entrecerré los ojos al verla. ¿Eli? ¿Qué tipo de sobrenombre era ese?
—Puedo sola —murmuré.
—No, no puedes, Ale —insistió Fran, mirándome de nuevo—. Deja que Eli te ayude, ¿de acuerdo?
—Está bien —acepté sin ganas—. A todo esto, ¿dónde está Cerbero? —Quizás estaba escapando un poco de la situación con mi pregunta, pero no me importaba.
—Está durmiendo en mi cuarto —contestó Eliot, esbozando otra minúscula sonrisa.
Oh, bueno. Por lo menos no estaba…
Un momento…
—¿Qué Cerbero qué? —exclamé cuando caí en cuenta de lo que había dicho—. ¿Por qué? —Observé con algo de celos al chico sonriente. ¡Bien! Admito que estaba celosa de que mi mejor amigo de cuatro patas estuviera durmiendo en la habitación de Eliot. Además, él no…
—Tranquila, no es para armar un escándalo —intervino mi hermana—. Es solo un perro.
—Te equivocas, Francesca. —El enojo comenzaba a aflorar dentro de mí. Ella nunca lo entendería, mucho menos lo comprendería—. Cerbero no es una simple mascota. Es mi mejor amigo, es mi compañía. —Me acomodé el pantalón, pero no pude mover siquiera un músculo. Dolía.
—Está bien, perdóname —dijo Fran—. Sé que quieres mucho a tu perro, pero, Ale, es mejor que empieces a tener amigos. —Sus ojos color verde azulado fijos en mi rostro, como si estuviera analizándome. Arqueé una ceja—. Amigos verdaderos y tal vez conseguir novio.
¿Amigos? Sí, por supuesto. Lo que menos quería en estos momentos eran amigos. ¿Novio? No lo sé. El único novio que tuve fue cuando estaba en el último año de instituto y eso fue hace poco menos de dos años. Sí, tal vez ya haya pasado un tiempo prudente para pensar en la idea de conocer a alguien y, quizá, tener un novio.
—No quiero amigos —afirmé—, y novio… bueno, tal vez.
—Oh, cierto… —Fran desvió la mirada hacia…—. Eli, discúlpanos. No hagas caso de nuestras pequeñas disputas. Mi hermanita suele…
—No te preocupes, Fran —dijo Eliot. Con la mirada fija en mí, continuó—: Por mí está bien, entiendo. —Giró sobre sí mismo—. Enseguida regreso, traeré las compresas.
Se dirigió hacia la cocina. No tardó ni dos minutos. Eso fue muy rápido.
—De acuerdo, vayan al cuarto. —Fran se levantó del sofá—. En un rato les llevaré la cena.
—¿Vamos? —propuso Eliot, tendiendo una mano hacia mí.
—Sí —concordé y acepté su ayuda—. Está bien.
—Eli —mi hermana se detuvo, girando hacia nosotros y observando a su futuro cuñado—. Mejor llévala en brazos; tiene el pie muy hinchado. —Mi hermosa hermana (nótese el sarcasmo) apuntó con sutileza hacia mi pie.
—Sí, está bien.
Y, sin previo aviso, Eliot dejó en mis manos las compresas y me cargó estilo princesa.
No supe hacia dónde mirar. La vergüenza trepaba por cada centímetro de mi cuerpo.
*
Eliot me dejó sobre la cama. Se dirigió al baño y luego salió cargando un recipiente con agua y un par de gasas. Envolvió la compresa en una de estas, mojó otra y comenzó a palpar mi pie con ella. Noté el cuidado que tuvo para no mojar la cama ni la alfombra, pero también me percaté de su mirada con un atisbo de nostalgia. No me agradaba el silencio; se sentía denso y decidí romperlo.
—¿Sucede algo? —pregunté.
—Nada relevante —contestó.
Me secó el pie, dejó las gasas que usó en el recipiente y se adentró de nuevo en el baño. Cuando regresó, se sentó en el borde de la cama, envolvió mi pie en un par de gasas nuevas y colocó la compresa fría.
—Sé que algo te ocurre —insistí—. Quizá lo dudes, pero presto atención a tus gestos. —Me acomodé mejor en la cama, inclinando la espalda contra el cabecero repleto de almohadas. Eliot colocó mi pierna en su regazo sin mirarme.
—Dijiste que no necesitabas amigos. —Y por fin su mirada se conectó con la mía. Ese atisbo de nostalgia aún seguía impregnado en sus ojos—. Y creí que lo éramos. Creí que era tu amigo, ¿no lo soy?
Había metido la pata. Sí, de hecho, había metido el pie herido. Maldije por no haberme dado cuenta de ese pequeño pero gran detalle.
—Eso solo lo dije porque mi hermana no dejaba de molestarme con sus comentarios sugerentes —expliqué, algo cohibida.
—Pero sonó muy convincente —comentó cabizbajo—. Y, siendo honesto, me dolió escucharte decir eso.
¿Le había dolido?
—Lo siento —me disculpé sinceramente—. No quise decir eso, pero a estas alturas ya debes conocer cómo es mi hermana. Lo siento.
—Entonces, ¿somos amigos? —preguntó, retirando mi pierna de su regazo.
—Sí. —Los nervios nacieron de la nada—. Pero no incluye a Cerbero.
—Bien, pero es que también me gustan los perros —anunció—. No tanto como a ti, al parecer. —Ladeó la cabeza hacia un lado y dibujó una grácil sonrisa—. Cuando era un niño tuve un perro y era casi idéntico a Cerbero.
Se acercó un poco más a mí.
—Qué coincidencia —alcancé a decir. Me removí un tanto incómoda. Cerca. Eliot estaba más cerca.
—Dime, Ale. —Redujo más la distancia—. ¿Qué tienen mis ojos?
—Creo que son… —No podía. las palabras parecían no formar nada coherente.
—Estoy esperando.
Sentí su cálido aliento muy cerca. Eliot suprimió aún más la brecha entre los dos. Admiré sus ojos color marrón claro; habían recuperado ese brillo tan peculiar. Estaba tan cerca de mi rostro que algo comenzó a burbujear dentro de mi estómago. ¿Qué era?
