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Tal vez no sea tan malo...

En serio, Fran enloqueció al dejarme sola con un completo extraño. ¿Qué se suponía que tenía que hacer con…?

—Mhm, ¿podrías indicarme dónde me quedaré? —Lentamente miré al chico. Tenía esbozada una sonrisa gentil—. ¿Por favor?

—Claro, es decir, por supuesto. —Él no tenía por qué saber ni darse cuenta de mis nervios. ¿Por qué sentía nervios?—. ¿Tus cosas? —pregunté. Él señaló una enorme maleta—. Oh, bien. Entonces... ¿Eliot?

—Ese es mi nombre. —Bien, no pude evitar sonreír. Me causó gracia ver sus cejas arqueadas—. Alessia, ¿cierto?

—Ese es mi nombre —repetí sus palabras. Él sonrió—. Ven, te mostraré tu habitación.

*

Dejé a Eliot en su, ahora, habitación. El chico tenía mucho por acomodar y, en lo personal, la privacidad para ciertas cosas es importante.

En cuanto a mí, me encerré en mi cuarto. Cerbero se encontraba durmiendo en mi cama, como siempre. Mi mente era una maraña liosa de pensamientos en cuanto al futuro cercano.

Mi hermana se casaría, se iría lejos —por un tiempo— de luna de miel. Quedaría sola… Bueno, no. Sinceramente, soy una persona poco social. Nunca tuve amigas en lo que refiere a verdaderas amigas; por ende, nunca tuve una mejor amiga o mejor amigo, para el caso. Lo que sí tuve fueron muchos conocidos, pero al tomarme los dos últimos años sabáticos, digamos que mi vida social ha sido muy escasa. Estar de vacaciones tendría que significar plena libertad y creo que no la tendré. No del todo.

Pensamiento tras pensamiento, terminé ordenando un poco la habitación. No sé cuánto tiempo estuve sumida en ordenar la ropa hasta que escuché leves golpes en la puerta…

—¿Quién? —pregunté, elevando la voz.

Luego me di cuenta de un pequeño y gran detalle: Francesca no estaba en casa, entonces, la persona que estaba del otro lado de la puerta era Eliot. Dios, ¿estaré tonta? Posiblemente.

—Eliot —respondió.

Lo bueno, al escuchar la respuesta, era que posiblemente él también fuera un tonto. Suprimí una risita e inhalé y exhalé hondo.

—Pasa, la puerta está abierta —dije.

La incomodidad se adueñó de mi ser. Nunca nadie, otra persona, había entrado —mi hermana no cuenta— a mi habitación. Mi cuarto significaba mi espacio, mi refugio.

Eliot ingresó y comenzó a mirar alrededor. Me permití escrutarlo sin que se diera cuenta, por supuesto. Unos cuantos centímetros más alto que yo. Cuerpo musculoso —solo llevaba una camiseta y un pantalón corto hasta las rodillas—, cabello color ébano. En resumen, Eliot era un chico común y ordinario… Bueno, había algo en él que sí destacaba y eran sus ojos. Esos mismos ojos que comparé con los de mi perro.

—Oh, ¿y tú quién eres?

Algo se removió dentro de mí. Él se estaba acercando a mi cama, a mi perro. No es como si fuera celosa de mi perro; Cerbero es más que un perro, él es mi mejor amigo.

—Él es Cerbero —comenté.

—Original —dijo Eliot. Ja, ja. Por supuesto que es original... ¿lo es?—. Me encantan los perros. De pequeño tuve uno.

Oh, a él también le gustan los perros… Eso es bueno, supongo.

—¿Necesitas algo? —No es como si lo estuviera echando de mi cuarto, pero si él estaba aquí…—. ¿Qué tal tu habitación? —Noté cómo su mirada recorría cada recoveco de mi alcoba.

—Me gusta tu habitación. —Sus ojos dieron en los míos. Marrón claro y sí, volví a compararlos con los de Cerbero. Me encogí de hombros y desvié la mirada—. No estás a gusto con mi presencia, ¿cierto? Puedes decirlo. Soy un completo extraño que ha venido a instalarse en tu casa y, para empeorar la situación, pasaré unas semanas aquí.

Sí, tenía razón. Él era un completo extraño. Pese a ello y analizando la situación, no es como si me disgustara su presencia. Tal vez un poco, al principio. Siendo honesta, Francesca debió tener sus razones para traerlo a vivir temporalmente a casa. Nota mental: indagar sobre esto con mi hermana.

—Es verdad —dije y lo miré fijamente—. No te conozco, no nos conocemos. Con esto no estoy tratando de justificar mi comportamiento anterior. A decir verdad, lamento toda la escena que tuviste que presenciar hace rato.

—No te preocupes, está bien. —Asentí—. En realidad, quiero proponerte algo.

—Te escucho.

Señalé los sillones. Nos sentamos; miré de soslayo la puerta abierta, agradeciendo mentalmente porque no la cerró.

—Escucha, Alessia, mi hermano se casará con tu hermana dentro de unas semanas. —Dibujé un mohín en los labios—. No fue mi decisión venir a vivir temporalmente aquí. Trevor no me dejó opción. Por eso comprendí tu reacción cuando Fran te puso al tanto de la situación. —Exhaló un pequeño suspiro, despejó su frente de algunos mechones de cabello más largos—. Sin embargo, estuve reflexionando las cosas mientras acomodaba todo en el que ahora es mi cuarto y, sinceramente, no quiero llevarme mal contigo. ¿Podemos tratar de llevar la fiesta en paz y tal vez con el tiempo convertirnos en amigos?

—¿Amigos? —murmuré, más para mí misma.

Observé detenidamente a Eliot. Sus facciones denotaban sinceridad y tal vez un pequeño rastro de derrota por las circunstancias en general. Entonces lo comprendí. Fui una tonta al no darme cuenta antes y pensar egoístamente solo en mí.

—De acuerdo —dije—. Llevaremos todo esto en paz y no está mal lo que dices. Trataremos de ser amigos.

—¿De verdad? —Esbozó una enorme sonrisa. Asentí—. Bueno, entonces, ¿te puedo decir Ale?

—Mi nombre es Alessia —aclaré. Toda sonrisa se esfumó, hasta sus ojos perdieron un poco de brillo. Oh, no…—. De acuerdo, puedes decirme Ale.

Eliot volvió a sonreír y ver ese gesto me produjo algo extraño.

—Gracias, Ale —dijo, pero su mirada ya no estaba en mí… Estaba mirando a Cerbero—. Él es especial, ¿no es así?

—Es mi mejor amigo —comenté, mirando también a Cerbero.

—Sí, lo supuse porque no ha dejado de mirarme. —Solté una risita por lo bajo—. Sin embargo, si él presintiera algo malo, yo no estaría vivo. Te lo aseguro.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Los perros son especiales. Ellos presienten cuando una persona tiene malas intenciones. Son intuitivos.

—Lo sé. —Él volteó hacia mí, sus ojos fijos en los míos—. No eres mala persona y es evidente que no tienes malas intenciones.

De un momento a otro, Cerbero saltó de la cama. Caminó hasta Eliot y, para horror propio, comenzó a menear la cola de un lado al otro… Un momento, ¿a Cerbero le agradó, así como así? ¿Por qué mi perro le tendía una pata como si lo estuviera saludando y dando la bienvenida?

—Hola, Cerbero. También es un gusto conocerte. —Abrí y cerré la boca—. Sí, lo sé. Nos llevaremos muy bien.

—Él… Él no actúa así ni siquiera con Fran —balbuceé.

—Entonces es un honor para mí que lo haga conmigo. —Eliot continuó acariciando la cabeza de Cerbero y sonriendo—. Sí, seremos buenos amigos, Cerbero.

—Esto es el colmo —musité, tratando de sonar enojada, pero mi sonrisa demostraba lo contrario.

Era extraño estar con alguien en mi cuarto y, para mi propia sorpresa, no me disgustaba del todo. Tal vez al principio me comporté reacia a aceptar que Eliot estaría viviendo en mi casa, pero quizá las cosas no sean tan malas, ¿verdad?

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