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Capítulo 2.

A la mañana siguiente me trasladaron a otra sala. Más pequeña. Más fría. Separada del resto.

Allí conocí a otras dos chicas.

No hicieron falta muchas palabras para entendernos.

Compartíamos la misma mirada cansada, el mismo miedo disimulado bajo una capa de resignación. Una de ellas me ofreció una barrita de cereales que había traído escondida en el bolso. La acepté con un nudo en la garganta.

Ese gesto fue el único acto de bondad que recibí allí dentro.

Dos días después, me dieron el alta.

Sin despedidas.

Sin indicaciones.

Sin ayuda.

Salí del hospital con mi hijo en brazos y una bolsa con lo poco que tenía. El aire frío de la mañana me golpeó el rostro y, por primera vez, comprendí que estaba sola de verdad.

No tenía casa.

Mi coche se convirtió en nuestro refugio.

Dormía mal, siempre alerta, con el miedo constante de hacerle daño sin querer mientras dormía. Cada sonido me sobresaltaba. Cada sombra parecía una amenaza. Me levantaba antes del amanecer para lavarnos como podía, para fingir normalidad cuando cruzaba con otros lobos que evitaban mirarme.

A veces me preguntaba si estaba siendo egoísta.

Si tenía razón quien decía que no era vida para un niño.

Pero entonces él me miraba.

Y todo lo demás dejaba de importar.

Una noche, mientras la lluvia golpeaba el techo del coche con fuerza, alguien llamó a la ventanilla.

Un hombre. Seguridad de la ciudad.

—No puedes quedarte aquí —me dijo, con cansancio más que dureza—. Ya te he visto varios días.

Negué despacio.

—No tengo otro sitio.

Miró al interior del coche y su expresión cambió al ver al bebé.

—¿Y el padre?

Apreté los labios.

—No está.

Suspiró.

—Te daré unos días más. Pero después tendrás que irte.

Asentí, sin saber a dónde.

Cuando se marchó, apoyé la frente contra el volante y dejé que las lágrimas cayeran en silencio. No por mí. Por él. Porque no era así como había imaginado traerlo al mundo.

Esa noche comprendí algo.

No podía seguir así.

Tenía que pedir ayuda.

Aunque doliera.

Aunque tuviera que enfrentarme a quien fuera.

La lluvia caía con fuerza cuando decidí salir del coche.

No podía seguir allí dentro fingiendo que todo estaba bien. El aire estaba cargado, húmedo, y el silencio se me hacía insoportable. Me cubrí con la chaqueta como pude, asegurándome de que mi hijo estuviera bien protegido antes de abrir la puerta.

Tenía frío. Hambre. Miedo.

Pero, sobre todo, estaba cansada.

Cansada de esconderme.

Cansada de pedir permiso para existir.

Caminé hasta los baños de La Franja Gris para asearnos un poco. Cada movimiento era torpe, lento, como si el cuerpo me pesara el doble. Cuando regresé al coche, con el cubo de agua medio lleno y los brazos temblando, lo vi.

Un hombre se detuvo a pocos metros.

Traje oscuro. Postura recta. Mirada atenta.

No parecía alguien que estuviera allí por casualidad.

Me tensé al instante.

—Disculpa —dije antes de pensarlo demasiado—. ¿Tendrías fuego?

El hombre dudó un segundo, evaluándome. No con desprecio, sino con cautela. Finalmente sacó un mechero del bolsillo y me lo tendió.

—Toma.

—Gracias —respondí, encendiendo la vela dentro del coche.

Cuando me giré para devolvérselo, seguía allí.

—¿Es un bebé? —preguntó, bajando la voz.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me acerqué un poco más al coche, como si pudiera protegerlo solo con la presencia.

—Sí.

Él asintió despacio. Sus ojos se detuvieron en el rostro de mi hijo durante un segundo de más.

—No deberías estar aquí —dijo al fin.

Solté una risa breve, sin humor.

—Ya lo sé.

Hubo un silencio incómodo. Pensé que se marcharía. Que haría lo que todos: mirar hacia otro lado.

No lo hizo.

—¿Tu coche funciona?

—No tengo gasolina —respondí—. Me iré mañana.

No sabía por qué le estaba dando explicaciones.

El hombre suspiró, como si esa respuesta confirmara algo que ya sospechaba.

—No puedo dejarte aquí —dijo finalmente—. Y menos con un niño.

Lo miré, incrédula.

—No necesito caridad.

—No es caridad —replicó—. Es sentido común.

Se presentó como Eron.

No dijo mucho más.

Me ofreció una noche bajo techo. Calor. Comida. Nada más. No promesas. No condiciones.

Me debatí durante largos segundos.

Había aprendido a desconfiar de la ayuda. Siempre llegaba con un precio oculto.

Pero miré a mi hijo.

Y supe que no podía permitirme el orgullo.

—Solo esta noche —dije.

Eron asintió.

Durante el trayecto no hablamos apenas. Él conducía con calma, respetando el silencio que yo necesitaba. Cuando cruzamos el límite del territorio de la manada, esperé sentir el malestar habitual.

No llegó.

Eron lo notó.

—Eso es extraño —murmuró.

No respondí.

La casa era grande. Demasiado. Fría. Imponente.

Me dejó una habitación, una ducha, una manta limpia.

—Descansa —dijo antes de marcharse—. Mañana hablaremos con mi Alfa.

La palabra me atravesó como un relámpago.

Alfa.

Asentí sin decir nada.

Esa noche, mientras veía dormir a mi hijo en una cama de verdad por primera vez, me permití pensar que tal vez… solo tal vez… había tomado la decisión correcta.

No sabía que esa casa no era un refugio.

Era el principio del final.

Me estaba secando el pelo cuando lo sentí.

No fue un sonido.

Ni un olor concreto.

Fue algo más profundo, más antiguo.

Una presión en el pecho.

Un tirón invisible que me obligó a detenerme.

Alcé la cabeza despacio, mirándome en el espejo sin verme realmente. El aire de la habitación había cambiado. Se había vuelto denso, cargado, como si la casa entera contuviera la respiración.

Mi hijo dormía en la cama, tranquilo, ajeno a todo.

Entonces oí las voces.

Risas apagadas. Pasos torpes. Una mujer riendo demasiado alto.

El corazón me dio un vuelco.

Salí del baño envuelta en la toalla justo cuando la puerta se abrió.

Él entró primero.

Alto. Imponente. Desordenado. El olor a alcohol lo precedía, mezclado con algo más… algo que hizo que mi cuerpo reaccionara sin pedirme permiso.

Mis manos empezaron a temblar.

Alfa Kael Nordrath.

El mismo hombre.

Los mismos ojos ambarinos.

La misma presencia que había marcado mi vida meses atrás.

Y entonces lo supe.

No porque mi mente lo entendiera.

Sino porque mi alma lo reconoció.

Mi compañero.

El mundo pareció inclinarse.

Di un paso hacia él sin darme cuenta, con la respiración entrecortada, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera escapar.

—Kael… —susurré.

Él se tensó.

Sus ojos se clavaron en mí, primero confusos, después oscuros. La mujer que lo acompañaba se detuvo detrás, observándome con desdén.

Kael avanzó un paso.

Luego otro.

Demasiado rápido.

Su mano se cerró alrededor de mi garganta y me empujó contra la pared con una fuerza que me dejó sin aliento. El frío del mármol me atravesó la espalda.

—¿Qué demonios haces en mi casa? —rugió.

Intenté hablar. No pude. Sus dedos apretaban lo justo para asfixiarme sin matarme.

Me olió.

Una vez.

Dos.

Su cuerpo se tensó aún más.

Algo en él sabía que algo no encajaba. Lo vi en su expresión. En el breve destello de confusión que cruzó su mirada.

Pero el alcohol ganó.

—Eres una cualquiera —escupió—. Una puta sin manada.

La mujer detrás de él sonrió.

Las lágrimas me quemaron los ojos.

—Yo… —logré decir—. Yo no quería…

Me soltó de golpe.

—Fuera —ordenó.

La palabra resonó en mi cabeza como un latigazo. El poder de su voz me atravesó el cuerpo, obligándome a moverme aunque no quisiera.

—Sal de aquí antes de que mande a sacarte.

Me giré a trompicones, con el corazón destrozado y el cuerpo obedeciendo a una orden que no podía resistir. Cogí mi ropa, me vestí como pude, con manos torpes, sin dejar de mirar a mi hijo.

Él se removió, inquieto.

—Tranquilo, cariño… —susurré, cogiéndolo en brazos.

Cuando bajé las escaleras, el dolor llegó.

No físico.

Era algo más profundo. Más cruel.

Una punzada en el pecho, aguda, insoportable, que me dobló sobre mí misma. Me aferré a la barandilla, jadeando, con el cuerpo temblando.

Lo sentí.

Kael estaba con ella.
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