
Sinopsis
Carolina lo perdió todo en una sola noche: su memoria, su honor… y su lugar en la manada. Meses después, con un cachorro en brazos y el rechazo de su propio padre quemándole la piel, Carolina huye a la Franja Gris de Vireholm, donde las leyes de Eldhavn no protegen a nadie. Allí, entre lluvia, hambre y miradas de desprecio, se promete una cosa: su hijo jamás pagará por los pecados de los alfas. Pero el destino no se queda quieto. Kael Nordrath, Alfa de Sangre del Norte, es el hombre más temido del país… y el último que debería volver a cruzarse en su camino. Cuando el vínculo de pareja despierta con violencia, Kael la desprecia, la expulsa y la obliga a marcharse como si fuera una cualquiera. Carolina intenta enterrarlo para siempre… hasta que descubre la verdad más peligrosa de todas: Su cachorro tiene los mismos ojos del Alfa. Mientras Kael comienza a sospechar que le han ocultado algo imperdonable, los enemigos de ambas manadas se mueven en la sombra y Carolina queda atrapada entre un lazo que no puede romper, un Alfa que no sabe amar… y un secreto que podría desatar una guerra. Porque en Eldhavn, una loba rechazada puede sobrevivir. Pero una madre con el hijo del Alfa… puede hacer caer un reino.
Capítulo 1.
Desperté con una sensación extraña, como si mi cuerpo no terminara de pertenecerme.
La cabeza me latía con fuerza y la luz que entraba por la ventana me obligó a cerrar los ojos de nuevo. Durante unos segundos me quedé quieta, respirando despacio, intentando recordar dónde estaba, cómo había llegado allí… pero mi mente se resistía a darme respuestas claras.
Nada resultaba familiar.
La cama no era la mía.
El silencio tampoco.
Me incorporé despacio y fue entonces cuando lo sentí.
Un brazo rodeaba mi cintura, firme, pesado, cálido.
Demasiado real para ser una ilusión.
El corazón me dio un vuelco.
Girada aún de espaldas, supe que no debía mirar. Que no estaba preparada para lo que iba a encontrar. Aun así, lo hice.
Había un hombre acostado a mi lado.
Desnudo. Profundamente dormido. Ajeno al caos que se apoderaba de mí.
Y no era un hombre cualquiera.
Era Alfa Kael Nordrath.
El Alfa de Sangre del Norte.
El rival de mi padre.
El aire me abandonó los pulmones de golpe.
No.
No podía ser.
Mi mirada descendió lentamente hasta mi propio cuerpo, apenas cubierto por la sábana. La punzada sorda entre las piernas terminó de arrancarme la última esperanza.
Había sucedido.
Había entregado aquello que debía haber protegido… y no recordaba nada.
Ni una caricia.
Ni una palabra.
Ni una decisión consciente.
Solo un vacío incómodo y una culpa que empezaba a oprimirme el pecho.
Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
De todos los errores posibles… este era el peor.
El teléfono vibró en el suelo y el sonido me hizo estremecer. Me incliné para cogerlo con manos torpes antes de que volviera a sonar.
—¿Sí? —susurré, como si alzar la voz pudiera romper algo más.
—¿Dónde estás? —preguntó mi hermana, nerviosa—. Papá te está buscando. Le dije que estabas conmigo, pero quiere que volvamos ya.
Miré alrededor, como si las paredes pudieran darme una respuesta.
—Sigo en el Hotel Frostfall —murmuré.
El silencio al otro lado fue inmediato.
—Carolina… —dijo al fin—. Dime que no te has acostado con el Alfa.
Cerré los ojos con fuerza.
—No —mentí—. Me quedé dormida en una habitación. Sola.
No podía arrastrarla conmigo. No a ella.
—Vale. Di que estabas con Amber y conmigo. Yo llegaré en unas horas.
Colgó.
Me levanté con cuidado, recogiendo mi ropa del suelo como si cada prenda pesara demasiado. En el baño, el espejo me devolvió una imagen que apenas reconocí: purpurina en la piel, maquillaje corrido, una versión de mí que no encajaba con la hija del Alfa que se suponía que era.
Me vestí deprisa.
Antes de marcharme, mis ojos regresaron a la cama.
Él seguía dormido.
Hermoso. Intimidante. Peligroso.
Tal vez nunca sabría quién había sido yo para él. Tal vez solo sería un recuerdo borroso… o ni siquiera eso.
Salí de la habitación sin hacer ruido.
En el pasillo choqué con un hombre.
—Eh.
Era uno de sus betas. Lo había visto la noche anterior, aunque dudaba que me reconociera.
—¿El Alfa está ahí dentro? —preguntó, con una media sonrisa.
Asentí, evitando su mirada.
—¿Todo bien? ¿Quieres que te acerque a casa?
Solté una risa suave, más por nervios que por humor.
—¿Sueles llevar a casa a las chicas de una noche de tu Alfa?
Sonrió.
—Solo a las guapas.
Negué con la cabeza y me marché sin responder.
Caminé deprisa, con los tacones resonando demasiado fuerte en el suelo del hotel.
Tenía que llegar a casa.
Tenía que esconder esto.
Tenía que fingir que nada había pasado.
Porque si mi padre llegaba a descubrirlo…
No habría palabras capaces de salvarme.
Supe que algo no iba bien antes incluso de atreverme a decirlo en voz alta.
No era solo el cansancio. Ni las náuseas persistentes. Era una sensación extraña, profunda, como si mi cuerpo me estuviera avisando de algo que yo me negaba a aceptar.
Los lobos no enfermamos así.
No durante días.
No sin motivo.
Mi padre me llevó al médico de la manada una semana después, cuando ya no pudo seguir fingiendo que no veía cómo se me apagaba el rostro. Apenas habló durante el trayecto. Sus manos se aferraban al volante con fuerza, los nudillos blancos, la mandíbula tensa.
Yo miraba por la ventana.
Sabía que, en cuanto cruzáramos esa puerta, nada volvería a ser igual.
El doctor tardó poco en regresar. Demasiado poco.
La expresión en su rostro fue lo primero que me hizo temblar.
—Está embarazada.
Las palabras cayeron como una sentencia.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones y que algo dentro de mí se rompía en silencio. No. No podía ser. Solo había sido una vez. Una noche confusa, borrosa, de la que apenas recordaba fragmentos sin forma.
—Eso es imposible —rugió mi padre, levantándose de golpe—. Repita la prueba. Mi hija no ha encontrado a su compañero. No puede estar embarazada.
Yo no fui capaz de moverme.
Tenía diecisiete años. Aún no había cumplido los dieciocho. Me habían enseñado desde niña que una loba debía reservarse para su compañero. Que romper esa regla era una vergüenza. Una mancha imposible de borrar.
El doctor repitió la prueba.
El resultado no cambió.
Mi padre comenzó a pasearse por la sala como un animal acorralado. Cuando se detuvo frente a mí, su mirada ya no era la de un padre. Era dura. Extraña. Desconocida.
—Dime que no es verdad —me exigió—. Dime que no me has hecho esto.
Abrí la boca, pero no salió ningún sonido.
—No —susurré al fin—. No quise… yo no…
No importó.
—No voy a permitirlo —escupió—. Esto se soluciona ahora mismo.
Lo miré, sin entender.
—¿Cómo…?
—No tendrás ese hijo —sentenció—. Nadie tiene que saberlo. Después, todo volverá a la normalidad.
Sentí náuseas. No por el embarazo, sino por el miedo.
—No —dije, esta vez con más fuerza—. No puedo hacer eso.
Su mano llegó antes de que pudiera reaccionar.
El golpe fue seco, breve, pero suficiente para dejarme sin aliento. El ardor en la mejilla tardó en desaparecer, pero el dolor real fue otro.
—Entonces ya no eres mi hija.
La frase fue peor que el golpe.
Salió de la habitación sin mirar atrás.
Ese día perdí más que un hogar. Perdí mi nombre. Mi lugar. Todo lo que había sido.
***
Ocho meses después
Nadie vino a verme.
Las otras mujeres estaban rodeadas de sus compañeros, de familias emocionadas, de sonrisas cansadas pero felices. Yo miraba a mi hijo en silencio, intentando grabar cada rasgo de su pequeño rostro, como si temiera que el mundo también intentara arrebatármelo.
Había sido un parto largo. Doloroso. Solitario.
Cuando lo puse sobre mi pecho por primera vez, supe que, pasara lo que pasara, no me arrepentiría.
Era mío.
Y yo era todo lo que tenía.
El hospital no estaba hecho para alguien como yo.
Lo supe desde el primer momento, desde las miradas esquivas, desde los susurros que no se molestaban en disimular. Las otras madres ocupaban habitaciones llenas de voces, de manos que se alargaban hacia los recién nacidos con orgullo y ternura. Yo permanecía en un rincón, con mi hijo entre los brazos, envuelta en un silencio que pesaba más que cualquier palabra.
Nadie vino a verme.
Nadie preguntó cómo estaba.
El dolor del parto seguía latiendo en mi cuerpo, sordo y constante, pero no me permití quejarme. Había aprendido rápido que allí no servía de nada. Las enfermeras cumplían lo justo. Algunas ni siquiera eso. Sus ojos se detenían en mí con una mezcla de desprecio y lástima que me hacía bajar la mirada.
—¿No sabes quién es el padre? —preguntó una de ellas, sin rastro de tacto.
Apreté a mi hijo contra el pecho.
—No.
Era mentira. Pero decir la verdad habría sido peor.
—Qué pena —murmuró, observándolo—. Tan bonito… y sin compañero.
No respondí. No iba a defenderme. Nada de lo que dijera cambiaría su forma de mirarme.
Las horas pasaron lentas. No recibí comida hasta bien entrada la noche, y cuando pregunté si podía beber algo, me dijeron que no estaba en mi ficha. Como si no existiera del todo. Como si ya hubiera dejado de importar.