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Capítulo 11

Su voz se fue apagando antes de negar con la cabeza. —Ya se adaptará. Como siempre hacen las mujeres de familia. —Su madre ladeó la cabeza, con un destello de diversión en los ojos—. ¿Y si no lo hace?

Tomás apretó la mandíbula. —Lo hará. No tiene otra opción.

Porque, al final, el mundo de Alma ya estaba moldeado por las expectativas, el deber y el sacrificio. ¿Y Tomás? Era solo una parte más.

Las palabras de Tomás quedaron suspendidas en el aire, pesadas y sin complejos: «Quiere casarse conmigo, ¿verdad? Entonces se casará conmigo. Ella adoptará el nombre de la señora de Tomás Cabrera, y yo el de yerno de Quintana».

Soltó una risa seca, sacudiendo la cabeza. —Esa es la razón principal por la que estaba con ella en primer lugar. —

La sonrisa de su madre se ensanchó y sus ojos brillaron con aprobación: —Ese es el tipo de pensamiento que espero de mi hijo. —

Su padre, que había permanecido en silencio, finalmente habló: —Solo asegúrate de no dejarte llevar demasiado por ella, Tomás. Los negocios son los negocios, ¿pero las emociones? Tienen una forma de arruinar los buenos negocios.

Tomás exhaló bruscamente: —Sé lo que hago, papá. Alma no es una complicación, es una oportunidad.

Y esa era la verdad. Ella nunca se trató de amor. Nunca de emociones. Ella solo era un medio para un fin. Un acuerdo perfectamente elaborado en nombre del matrimonio.

El padre de Tomás se recostó, cruzándose de brazos mientras observaba a su hijo. Tras una larga pausa, finalmente habló: «De acuerdo. Iremos a ver a Los Quintana y arreglaremos tu alianza».

Tomás asintió, y la comisura de sus labios se elevó ligeramente en señal de satisfacción. Era el momento. El paso que aseguraría su futuro, su posición y los beneficios que conllevaba estar vinculado al apellido Quintana.

Su madre le puso una mano en el hombro, golpeando ligeramente su traje con las uñas. —Bien. Pero recuerda, Tomás, no metas tus sentimientos en esto. En cuanto empiezas a preocuparte, pierdes el control.

Tomás se burló: —¿Sentimientos? No hay ninguno.

Porque Alma nunca fue una decisión tomada con el corazón. Era un trato. Y ahora, ese trato estaba a punto de sellarse.

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EL PUNTO DE VISTA DE Silas

Me quedé cerca de la puerta del balcón, viendo cómo la lluvia azotaba el cristal. La noche era fría y el viento aullaba contra la ciudad.

El cigarrillo entre mis dedos ardía lentamente, la brasa brillando en la penumbra. Di una calada, dejando que el humo me llenara los pulmones antes de exhalar, viéndolo desaparecer en la nada, como todo lo demás.

Mi mente debería haber estado en blanco. Siempre lo estaba. Pero esta noche... no. Esta noche, me encontré pensando en un par de ojos.

Suyo.

Alma Quintana.

Me había mirado esta noche, no con miedo ni admiración, sino con algo completamente distinto. Una especie de vacío que reflejaba el mío. Era extraño. No debería haberme dado cuenta. No debería haberme importado. Pero por alguna razón, sí.

Di otra calada lenta, apretando los dedos alrededor del cigarrillo mientras exhalaba el frío aire nocturno. La lluvia seguía cayendo implacable, golpeando el cristal con rítmicos golpes, pero mi mente estaba en otra parte.

Sus ojos.

Había algo inquietante en la forma en que Alma me había mirado esa noche, algo que se me pegaba como un susurro indeseado en la oscuridad. Había visto el vacío antes. Vivía con él. Pero el suyo era diferente.

La suya no era la que provenía de la crueldad ni del poder. No era la que hombres como yo llevábamos. Era la que provenía de estar quebrantado.

Una mueca silenciosa salió de mis labios. No debería importar. Ella no debería importar. Y aun así...

Con un suspiro de irritación, apagué el cigarrillo y me alejé del balcón. Esto era inútil. No me gustan las distracciones. No me gustan las emociones. Y lo que fuera que estuviera pasando en los ojos de esa chica, no era asunto mío.

Caminé hacia el mueble bar, agarré un vaso y me serví un trago. El líquido ámbar se arremolinaba bajo la tenue luz, pero mi mente no estaba en el whisky.

Alma Quintana era solo otra chica atrapada en la red del poder, las expectativas y los negocios. Como tantas otras. Pero entonces, ¿por qué seguía viendo cómo le temblaban los dedos alrededor de ese plato?

Con un suspiro brusco, bajé el vaso con más fuerza de la necesaria; el sonido resonó en la habitación silenciosa. Basta. Ella no era mi problema. Y no tenía intención de convertirla en uno.

Me recliné contra la silla, haciendo girar el vaso en mi mano, pero la imagen que se reproducía en mi mente no tenía nada que ver con esta noche.

Fue hace años: su octavo cumpleaños.

Estábamos todos allí, reunidos en la mansión Quintana, con el gran salón decorado con elegancia, como siempre para sus eventos. Alma estaba tan feliz que se le iluminaron los ojos al ver cómo traían el pastel.

Hasta que su sonrisa desapareció. Porque ese pastel, el que estaba destinado para ella, tenía el nombre de Vera. Vera había ganado un concurso de recitación esa mañana, y así, sin más, el cumpleaños de Alma se había pospuesto. Sin velas que soplar, sin deseos que pedir.

Había observado cómo sus pequeñas manos se cerraban en puños a los costados. La había observado parpadear rápidamente, obligándose a no llorar. Pero nadie más se había dado cuenta. A nadie le importó. Igual que esta noche.

Abrí el cajón lentamente; la madera crujió como si recordara el peso de los secretos que guardaba. Mis dedos tantearon un instante antes de rozar una textura familiar: fina, frágil, casi como si fuera a desmoronarse al tacto.

Un trozo de papel doblado. Viejo. Desgastado. Amarillento por el tiempo.

Lo saqué con cuidado, con la mano temblorosa al abrirlo. Los bordes estaban deshilachados y rotos, unidos con tiras de cinta adhesiva descolorida que habían empezado a desprenderse en las esquinas. Mis dedos se deslizaron sobre esos desgarros, alisándolos instintivamente como si de alguna manera pudiera deshacer lo que había sucedido hacía tantos años.

Era una pintura. Pinceladas de color infantiles, desiguales e inocentes. Una familia dibujada con una calidez torpe: dos padres sonrientes, dos niños riendo tomados de la mano en el centro.

Pero mis ojos se desviaron a la esquina de la página. Una niña pequeña estaba allí, sola. Sin sonrisa. Sin calidez. Solo ojos abiertos, observando.

Esa niña… era Alma.

Había dibujado esto una vez en la escuela. Recordé vívidamente ese día lo orgullosa que estaba, cómo se le iluminaron los ojos cuando llegó corriendo con el cuadro en sus pequeñas manos. Pero antes de que pudiera mostrarlo bien, Vera se lo arrebató y lo hizo pedazos, justo delante de ella.

Alma lloró y suplicó. Le rogó a su hermana que no hiciera eso. Pero nadie la escuchó. Esa noche, después de que se calmara el caos, volví en silencio y recogí del suelo los fragmentos de su arte; su pequeño mundo de colores se hizo añicos como su corazón.

Volví a pegar los pedazos con cinta adhesiva, torpemente. No sabía por qué. Quizás por lástima. Quizás por algo más profundo. Algo que no entendía entonces. Pero lo guardé. Lo guardé todos estos años. Y ahora, al mirarlo de nuevo, al tocarlo como si fuera una herida que aún sangraba, me di cuenta de algo.

Entonces todo se torció en un solo instante: «Ese trozo de papel rasgado no era solo…».

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