Capítulo 2
La mujer a la que amo acaba de comprometerse con otro hombre.
Me entero por una fotografía en internet.
Hay muchas formas de arruinar una noche. Esa entra directamente en el primer puesto.
La pantalla del televisor muestra a Brielle levantando la mano izquierda mientras Wesley Beaumont sonríe como si acabara de ganar un premio.
El anillo es ridículo.
Redondo.
Enorme.
Nada que ver con lo que ella habría elegido.
—Nathaniel.
Natalie está sentada en el otro extremo del sofá. La miro solo cuando toca mi antebrazo.
—¿Quieres que cambie de canal?
—No.
Mi voz sale demasiado seca.
Apago la televisión.
Peor.
Ahora veo mi reflejo en la pantalla negra.
—¿La conoces? —pregunta Natalie con cuidado.
Me río por la nariz.
Qué pregunta.
Conozco la forma en que Brielle se muerde el interior de la mejilla cuando quiere discutir y decide callarse. Sé que odia el color naranja. Sé que prefiere los diamantes pequeños y las piedras con cortes alargados. Sé que desayuna comida salada cuando está nerviosa y que deja propinas absurdamente altas porque una vez trabajó de cara al público y no olvida lo cruel que puede ser la gente.
Sé qué cicatriz tiene en la rodilla izquierda.
Sé qué canción pone cuando quiere llorar sin admitir que está triste.
Sé cómo suena cuando se ríe de verdad.
Y sé cómo sonaba la última vez que me pidió que la dejara sola.
—Fuimos pareja —respondo.
Natalie tarda un segundo de más en contestar.
—Ah.
Solo eso.
Ah.
—Hace mucho —añado.
Tres años.
Mil noventa y cinco días en los que he hecho todo lo posible por convencerme de que una ruptura también puede ser una muerte.
No funciona.
Me levanto.
—Voy a entrenar.
—Nate…
—Estoy bien.
—No he preguntado si estás bien.
Eso consigue que me detenga.
Natalie se pone de pie y cruza los brazos.
—Te he preguntado con la mirada desde que salió la noticia. No quiero obligarte a hablar, pero tampoco quiero fingir que no te ha afectado.
La culpa me cae encima.
Natalie no se merece esto.
No se merece estar con un hombre que tiene que esforzarse para no pensar en otra mujer cuando lo besa.
—Lo siento.
—No me pidas perdón. Solo no te destruyas esta noche.
Me voy al gimnasio sin prometerlo.
Vendo mis manos demasiado rápido. El velcro queda torcido.
Brielle siempre lo hacía mejor.
El primer golpe contra el saco me sacude hasta el hombro.
El segundo me despeja la cabeza durante medio segundo.
El tercero duele.
Perfecto.
Golpeo hasta que el sudor me cae por la espalda y los nudillos empiezan a arder dentro de los guantes.
No sirve de nada.
Sigo viendo el titular.
Sigo viendo el anillo.
Sigo viendo esa expresión en su cara.
No parecía feliz.
Me aferro a esa idea y enseguida me odio por hacerlo.
Si Brielle quiere a Wesley, debería alegrarme por ella.
Si quiere casarse con él, debería desearle lo mejor.
Si es feliz…
Golpeo otra vez.
—Mientes fatal incluso cuando no estás hablando —dice Naomi desde la puerta.
Me giro.
Mi hermana gemela está allí con Marcus. No sé quién los dejó entrar y no me importa.
—¿Qué hacen aquí?
—Natalie nos llamó —responde Marcus—. Dijo que llevabas media hora intentando arrancar el saco del techo.
Naomi mira mis manos.
—Quítate los guantes.
—Estoy bien.
—La última vez que dijiste eso casi acabaste en un hospital.
La frase me golpea más fuerte que cualquier saco.
Bajo los brazos.
—No voy a hacer ninguna estupidez.
—¿Lo prometes? —pregunta ella.
No respondo.
Naomi se acerca y me quita un guante. Tiene que hacerlo despacio porque ya me duelen los dedos.
—¿Te enteraste por las noticias? —pregunta.
Asiento.
—Yo también. Brielle no tuvo tiempo de avisarnos. Wesley llamó a los paparazzi.
Levanto la cabeza.
—¿Él los llamó?
—Sí.
Algo oscuro se remueve dentro de mí.
Naomi me señala con el guante.
—Ni se te ocurra interpretar eso como una invitación a hacer algo. Está comprometida. Es su decisión.
—No he dicho nada.
—Te conozco.
—Todo el mundo parece conocerme demasiado esta noche.
Marcus me da una palmada en el hombro.
—Porque eres muy fácil de leer cuando se trata de ella.
Los echo una hora después.
Natalie ya se ha ido a su casa cuando salgo del gimnasio.
Me quedo solo en el ático.
Intento ir directo a la ducha.
No lo consigo.
Acabo frente al cajón de mi dormitorio que no debería abrir.
Lo abro.
Dentro hay una caja pequeña.
Dentro de la caja, una pulsera de dijes.
La de Brielle.
La que nunca pude devolverle.
Toco uno de los dijes con el pulgar y cierro los ojos.
Elodie.
No necesito mirar la fecha grabada para recordarla.
Nunca la olvidaré.
Mi teléfono vibra sobre la cama.
Una invitación digital acaba de llegar al grupo familiar.
FIESTA DE COMPROMISO DE BRIELLE MONROE Y WESLEY BEAUMONT.
Dentro de dos semanas.
Miro la pulsera.
Luego la invitación.
Podría rechazarla.
Debería rechazarla.
En lugar de eso, pulso ACEPTAR.